¿Freno a la globalización?
10 de febrero de 2023
Por Fundación Civismo

Nunca han sido los períodos de crisis momentos propicios para el crecimiento del comercio exterior. Y la historia del último siglo ofrece buenos ejemplos de ello. El episodio más importante –y lamentable, al mismo tiempo– fue la fuerte caída que el comercio internacional experimentó en la década de 1930 cuando numerosos naciones –con Estados Unidos a la cabeza– intentaron reducir los efectos de la depresión reservando el mercado interior de cada país a sus propias empresas; con el resultado, bien conocido, de que estas estrategias agravaron la situación de estancamiento y recesión a lo largo de varios años. Esta experiencia hizo que, al estallar la crisis de 2007-2008 (la más grave en el mundo occidental en tiempos de paz desde la Gran Depresión) no pocos economistas temiéramos una fuerte reacción proteccionista que empeorara aún más las cosas. Afortunadamente no fue así, aunque algunos años después empezaron a aplicarse por algunos gobiernos –como la Administración republicana de Donald Trump en Estados Unidos– políticas nacionalistas dirigidas a la protección de las empresas del propio país frente a la competencia exterior.

Ahora la situación es diferente. Nos enfrentamos también a una crisis. Pero las amenazas a una economía abierta presentan ciertas peculiaridades, que han llevado a algunos analistas a predecir el final de una época basada en el desarrollo de la integración económica internacional y el comienzo de un período en el que cada nación vuelva a mirar más hacia sí misma y reduzca su comercio exterior. Lo que está ocurriendo en nuestros días tiene rasgos diferenciales con respecto a experiencias del pasado al menos por dos razones. La primera, la pandemia del Covid, que generó distorsiones, graves en muchos casos, en las cadenas de suministros, en especial en lo referido a las materias primas y los bienes de consumo no final que las empresas utilizan en sus procesos productivos. Y, en segundo lugar, la guerra en Ucrania, que ha tenido como uno de sus muchos efectos indeseables la reducción de la oferta de determinados bienes, que se ha visto agravadas por las políticas de numerosos países, que han tratado de utilizar sus exportaciones o importaciones como armas de presión en el conflicto.

El resultado es que estrategias referidas a la división internacional del trabajo, que se consideraban razonables y eficientes hace apenas unos meses, hoy se ven como soluciones equivocadas que pueden poner en riesgo suministros básicos tanto para la industria como para los consumidores. Un caso evidente es el de Alemania. Este país fue organizando, a lo largo de las últimas décadas, su economía en torno a un modelo energético cuya dependencia de Rusia ha planteado problemas muy graves cuando el proveedor ha desencadenado una guerra de agresión contra una nación vecina. Si un país renuncia tanto a las centrales nucleares como a explotar en su territorio minas y otros yacimientos energéticos, y pasa a obtener la mayor parte de sus suministros de un proveedor cercano y barato pero tan poco fiable como Rusia, está asumiendo un riesgo serio que debería haberse incluido en un análisis completo de los costes y beneficios de su política energética.

Seguridad nacional

La idea de que hay que tomar en consideración en este tipo de decisiones algo más que los costes y beneficios a corto plazo es casi tan antigua como la propia ciencia económica. Ya Adam Smith, gran defensor del libre comercio internacional, aceptaba como excepción determinadas medidas proteccionistas si éstas eran necesarias para garantizar la seguridad de la nación, ya que, aunque su existencia generara costes a productores y consumidores, deberían ser aceptadas porque “la defensa –afirmaba– es mucho más importante que la opulencia”.

Una política mal diseñada, como la que acabo de comentar y otras muchas que podrían mencionarse, no pueden, sin embargo, ser excusa para hacer retroceder la globalización y defender estrategias nacionalistas. Principalmente porque éstas podrían causar serios daños, cuya cuantía pueden estar algunos infravalorando hoy, a la mayor parte de población del mundo. No se debería olvidar que la internacionalización de las últimas décadas ha tenido unos efectos muy positivos en la economía mundial, generando modelos más eficientes de división del trabajo y elevando el bienestar de la gente. Y hay que insistir en que los principales beneficiados han sido numerosos países en vías desarrollo, en los que se ha elevado de forma significativa el nivel de vida de la población y la pobreza se ha reducido de una manera notable.

Los riesgos a los que nos enfrentamos hoy no son pequeños. Es muy posible que haya que reformar determinados modelos de crecimiento y pensar en cómo diversificar las fuentes de suministros en un marco global, que debería ser lo más competitivo posible. Pero caer en los errores del nacionalismo económico para compensar desaciertos del pasado sería una gran equivocación por la que todos acabaríamos pagando un precio muy alto.

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