17
jul
Expansión

Desde que la humanidad existe, las guerras han sido una de las mayores plagas de la civilización que han llevado la muerte y la miseria prácticamente a todos los rincones del mundo. La imagen que todos tenemos de una guerra es la de dos grupos de hombres combatiendo uno contra otro, con el resultado de que buena parte de ellos mueren en el campo de batalla. Pero, si se analizan con cuidado los datos, se observa que los caídos en combate suponen sólo una parte -y no la principal- de los fallecidos en un conflicto bélico. La mayor parte de éstos mueren -y, sobre todo, morían en el pasado- a causa de enfermedades e infecciones de todo tipo, que son mucho más peligrosas que las balas de los enemigos.

Siempre ha existido una cierta conciencia de este hecho. Pero es sorprendente cuánto tardaron los cuerpos sanitarios de los ejércitos en adoptar medidas adecuadas en sus campamentos y hospitales. Un conflicto bélico que ha pasado a la historia, entre otras cosas, por haber visto el nacimiento de la enfermería moderna fue la Guerra de Crimea. Y en ella desempeñó un papel muy relevante una mujer que, con un equipo de 38 enfermeras voluntarias a su cargo, llegó al frente el año 1854. Su nombre era Florence Nightingale. Pero ¿quién era esta señora que tantas vidas contribuyó a salvar, tanto por su actuación directa como por la gran influencia que, con posterioridad, ejerció su obra? Nacida en 1820, en Italia, en el seno de una familia británica de la clase alta y con abundantes medios económicos todo parecía orientarla hacia la vida de una acomodada dama victoriana.

Pero una profunda fe religiosa y el deseo de dedicar su vida a ayudar a los enfermos y a los heridos la llevaron a trabajar como enfermera desde muy joven, a pesar de la explicable oposición familiar. El año 1853 había comenzado una guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, con muy malos resultados para los turcos. Preocupados por la expansión rusa en los Balcanes, Gran Bretaña y Francia acudieron en ayuda de Turquía y declararon la guerra a Rusia, lo que dio origen a un enfrentamiento militar cuyo principal escenario fue la península de Crimea. Aunque el campo de batalla estaba muy lejos, los efectos de la guerra preocuparon mucho en Inglaterra por la gran cantidad de soldados que estaban muriendo en la campaña, la gran mayoría de ellos de cólera, tifus, disentería e infecciones de todo tipo. Y tanto la llegada del equipo de Nightingale como la creación de una comisión por el gobierno británico cambiaron la situación de manera radical. La higiene y la asistencia sanitaria redujeron la mortalidad de forma significativa en muy poco tiempo. Florence Nightingale se convirtió en urna figura muy popular que despertaba la simpatía y la admiración de mucha gente.

Y las ayudas de todo tipo empezaron a llegar, lo que le permitió crear en 1860 la primera escuela de enfermería, cuya influencia se extendería pronto por todo el país. Y fuera de Gran Bretaña su obra sirvió de modelo a mucha gente, entre ellos a Henri Dunant, el fundador de la Cruz Roja. Cuando falleció, muy, anciana para la época, en el año 1910, el gobierno ofreció a la familia una sepultura para ella en la Abadía de Westminster, junto a los grandes personajes de la historia de Inglaterra. Pero la oferta no fue aceptada y nuestra enfermera reposa en un cementerio rural, donde, seguramente, se encuentra más a gusto.


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