17
oct
Expansión

Al llegar a Estados Unidos hace unos días pude comprobar que tiene mucho de cierta la idea de que las elecciones a la Presidencia se parecen cada vez a un programa de cotilleo, de los que tanto abundan en las televisiones españolas. No se trata sólo de que estemos, seguramente, ante los comicios presidenciales de menor nivel en muchos años, protagonizadas por dos candidatos bastante lamentables. Resulta también que los temas que centran el debate público poco tienen que ver con las políticas que pueda desarrollar el próximo inquilino de la Casa Blanca. El votante se siente, por la general, perplejo entre las mentiras e intrigas de la señora Clinton y la desmedida afición del señor Trump por visitar vestuarios de modelos, especialmente cuando éstas no tienen la ropa puesta. Entiendo que ir a votar el próximo día 8 de noviembre no resulte en absoluto atractivo para muchos millones de estadounidenses.

Todos los pronósticos se inclinan, con claridad, a favor de Clinton; no por sus propios méritos, ciertamente, sino por los deméritos del contrario. Y es previsible, por tanto, que la política estadounidense, en el futuro próximo, sea similar a la que tenemos ahora. Pero hagamos, por un momento, política ficción y pensemos que es Trump quien gana las elecciones. ¿Qué ocurriría? Hay mucha gente –dentro y fuera de Estados Unidos– que piensa, y afirma abiertamente, que el país iría al desastre si esto sucediera.

Creo que tal idea es equivocada. Las instituciones estadounidenses y su complejo sistema de contrapesos son, afortunadamente, muy sólidas; y parece difícil que un presidente –aunque sea un tipo tan particular como Trump– pueda dañarlas de forma significativa. Y tampoco tiene sentido pensar que su política internacional vaya a ser peor que la de Obama y –como he leído en algún sitio– que acabe metiendo a su país, y al mundo entero, en una guerra; entre otras cosas porque quienes hicieron que EEUU fuera beligerante en todas las grandes guerras en las que participó a lo largo del último siglo –Primera y Segunda Guerras Mundiales, Corea y Vietnam– fueron siempre los demócratas. Trump estaría, en cambio, en la vieja tradición aislacionista republicana que defiende que su país debería concentrarse en lo que ocurre dentro de sus fronteras y ocuparse menos de los problemas internacionales.

¿No habría ningún motivo de preocupación, entonces? Me temo que no es así. Hay un sector muy importante en el que Trump puede intervenir y causar serios daños a la economía mundial: el comercio exterior. En la peor tradición del populismo estadounidense, el candidato se muestra claro partidario de proteger la industria nacional con restricciones a las importaciones; y ya ha amenazado a China con establecer elevados aranceles a los productos provenientes de aquel país.

Vieja tradición

Esta actitud, por completo absurda en la segunda década del siglo XXI, tiene, al menos, dos fuentes importantes que merecen ser destacadas. La primera es la vieja tradición proteccionista estadounidense. Una de las cosas que aprendí hace ya muchos años en aquel país fue a distinguir entre la economía de mercado, por una parte, y el denominado sistema estadounidense de libre empresa. Éste defiende la libertad de empresa en el interior del país, pero no integra en su concepto de libertad económica el derecho que todos tenemos a comprar allí donde resulta más barato y vender allí donde nuestro producto es más caro. Las ideas de Trump parecen bastante de acuerdo con este principio.

La segunda razón es, naturalmente, el populismo que impregna gran parte de su mensaje electoral. En su oposición al libre comercio internacional, las ideas de Trump coinciden con las de numerosos partidos de extrema izquierda y extrema derecha en muchos países. Aquí sí podría el candidato crear problemas serios a su propio país y al conjunto de la economía del mundo. Atacar las importaciones provenientes de China, frenar las negociaciones del TTIP o poner obstáculos a los logros ya alcanzados en el Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio son propuestas planteadas por Trump. Y que me temo que no encontrarían demasiada oposición entre los congresistas –representantes o senadores–. En EEUU, las iniciativas liberalizadoras en materia de comercio exterior tienen que partir siempre del poder ejecutivo, ya que hay muy pocas probabilidades de que nazcan en el Congreso. Los numerosos lobbies representantes de grupos de interés y las políticas de “vota Sí al proyecto de mi estado y yo haré lo mismo con el próximo proyecto de ley que presentes en la Cámara” hacen que el Congreso sea una institución en la que tienden a dominar las tendencias proteccionistas.

Lo más probable es que Trump nunca llegue a la Presidencia de Estados Unidos. Pero no está de más reflexionar sobre estos temas, porque sus ideas gozan de amplia aceptación entre la gente. Y esto sucede en EEUU, ciertamente… pero también en muchos otros países.


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