30
sep
Actualidad Económica

La desaceleración del crecimiento ha cogido a la economía española en una situación delicada. No se trata solo de que sigamos con una tasa de paro muy alta (en torno al 14%) tras un período de expansión que dura ya seis años. Resulta que tampoco se ha utilizado este crecimiento para equilibrar las cuentas públicas, que cerraron 2018 con un déficit del 2,48% del PIB y una deuda pública que se resiste a bajar del entorno del 100 % del PIB (98,5% el pasado mes de julio).

Si consideramos que desde 2014 crecemos a unas tasas superiores a las de la mayor parte de los países europeos, lo razonable habría sido una reducción drástica del déficit (o incluso un ligero superávit, como el que consiguieron el pasado año países como Alemania, Holanda o Luxemburgo) y una caída significativa de la deuda pública, que sigue siendo aproximadamente el triple de la que teníamos en 2007, al comienzo de la crisis.

Estos datos harían difícil poner en marcha un programa de relanzamiento si la tasa de crecimiento siguiera cayendo y el paro empezara a aumentar de forma significativa. Pero estamos en campaña electoral y hay que comprar votos a cualquier precio. Me ha llamado la atención especialmente la posición del Gobierno, que defiende que, si se sigue deteriorando la situación de la economía, será necesario adoptar nuevas medidas, y que estas deberían ser “progresistas”.

Y por ello defiende políticas dirigidas a subir aún más los costes laborales, aumentar el gasto público y elevar las pensiones de acuerdo con la tasa de inflación. Cualquier persona sensata (por muy progresista que sea) pensaría que con un paro tan alto como el que tenemos, una deuda y un déficit tan elevados y un sistema de seguridad social en quiebra, estas medidas podrían resultar muy perjudiciales para nuestra economía. Es cierto que la teoría dice que, en momentos de bajo crecimiento, tales propuestas cobran sentido.

Pero, por desgracia, hemos dejado pasar los mejores momentos para sanear las cuentas y ahora poco podemos hacer. Porque, cuando nos acercamos a un barranco, la estrategia de dar otro paso al frente no parece la más recomendable.


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