04
mar
El Mundo

Empieza la cuenta atrás. La extrema izquierda ya está en el Gobierno. Cada semana que pasa, el social-comunismo español teje más intereses y toma más control sobre el Estado. No son temas banales, por mucho que se disfracen de ensueños «del pueblo» tutelados por papá Estado. Ay de aquellos socialistas moderados, ya diluidos bajo su líder a los pies del camarada morado, mucho más espabilado y peligroso.

El efecto rebote no iba a ser menos: de extrema izquierda a extrema derecha y tiran porque les toca. Los turbios años de la Europa convulsa empiezan a vislumbrarse de nuevo; Orban, Le Pen, Salvini, Andrzej Duda, grupos como Ley y Justicia, el Brasil de Bolsonaro. Todos ellos aliados de Vox. Esa es la línea dorada: partidos nacional-populistas, identitarios y ultracatólicos. Ay de los falsos liberales que han confundido emoción con razón y rabia con solución. Vox no es un partido liberal. De hecho, son un «movimiento patriótico y social», definición dada por ellos mismos recientemente.

La izquierda ya está definida pero quizá falta explicar la derecha. El liberalismo de verdad no le corresponde a quien ha querido disfrazarse con él en tímidas declaraciones o en recientes fotografías en tierras americanas. Vox había tratado de hacer creer al electorado que eran un partido liberal-conservador, pero eso no era más que un trampantojo para atraer a un amplio grupo de votantes descontentos. A día de hoy, Vox ya se ha decidido por consumar el peligroso viraje que tanto tiempo llevábamos advirtiendo algunos, fijando su mutación definitiva el próximo 8 de marzo, en el congreso de reafirmación.

Ante este escenario, se ha estado cometiendo el error de confiar en que el antiliberalismo sólo podía provenir de la izquierda radical. Con la irrupción institucional de un partido que se autocalifica de «extrema necesidad», a mucha gente le ha costado y le sigue costando observar el carácter estrictamente antiliberal de Vox.

Recientemente, en el contexto político español han surgido multitud de temas que han partido el Congreso de los Diputados en dos. Algunos de estos asuntos son la legalización de la eutanasia, la gestación subrogada o las modificaciones de la política agraria frente a las nuevas reivindicaciones para el control de precios. En todas estas votaciones, Vox ha actuado en contra de los principios del liberalismo, concediendo mayor relevancia a la hora de desarrollar políticas públicas al moralismo y a los valores tradicionalmente católicos por encima de la libertad individual. Es decir, han votado en todo momento para imponer sus creencias particulares al conjunto de la población española.

En la cuestión de la gestación subrogada, Vox desarrolló un argumentario idéntico al de Unidas Podemos, alegando que una gestación altruista de una tercera persona supondría la «cosificación de la mujer». Respecto de la eutanasia, llegaron a hacer mención al «valor sagrado de la vida» y dijeron que el actual Gobierno sería capaz de emplear indiscriminadamente la eutanasia sobre la población envejecida, algo que cualquiera que haya leído la proposición de ley completa sabe que no es cierto, y que de hecho sería una ley bastante garantista. Finalmente, respecto al sector agrícola, Vox se ha presentado en las manifestaciones con pancartas que rezaban: «Lo primero, el producto nacional», llegando incluso a reclamar la rescisión de múltiples acuerdos de libre comercio de la Unión Europea, la imposición de mayores aranceles a productos foráneos y un duro control de precios sobre algunos bienes.

Por otra parte, han llegado a afirmar estar en contra de una libertad tan básica como es la del matrimonio homosexual, con todas las garantías legales que este tipo de unión supone, por considerarlos de condición no natural, apostando incluso por la ayudas del Estado a mujeres embarazadas o (únicamente) a la familia tradicional.

Y ciertamente, por mucho que les suenen las tripas con emociones, o con propuestas que parecen maravillosas recetas contra ciertos dogmatismos de la izquierda, probablemente las soluciones no se correspondan con la realidad. Y esto la izquierda lo sabe. O qué creen, ¿que la estrategia de Iván Redondo no es meticulosa? Se necesitan por un tiempo, y ambas partes lo saben.

En consecuencia, hoy en día es más que necesario hacer una férrea defensa de los valores del liberalismo: de la libertad social y económica. Que son pilares esenciales del progreso, que no de la progresía, alejándonos de catecismos extremistas y estatistas que incluso comparten en ocasiones los dos extremos del espectro político. Recordemos que la verdadera revolución por la libertad y la igualdad ante la ley tiene su origen y su sentido más pleno en el liberalismo. Se debe recordar que fue el primer rival del tradicionalismo más rancio, habiendo precedido al marxismo o al utopismo francés. El liberalismo ha sido siempre una corriente de progreso para superar viejos estamentos, defender al individuo, la libertad y la propiedad privada. Su base es la razón y la libertad del individuo, oponiéndose a dogmatismos ideológicos de cualquier tipo y a la colectivización de la sociedad, tanto en el plano filosófico como en el práctico. Recordemos que el liberalismo es la filosofía en la que se basaron las primeras luchas por la tolerancia religiosa y los primeros opositores al absolutismo; es la ideología que inspiró a las feministas de primera ola, a los abolicionistas de la esclavitud, a los opositores del colonialismo y a los combatientes del fascismo y del comunismo.

Ser liberales es el verdadero aceite de libertad en aguas de comunistas o de conservadores. Por eso conviene no olvidar esta palabras de Arturo Pérez-Reverte: «A veces los errores de la izquierda, la estupidez, los excesos y la demagogia provocan el efecto de que la gente harta de tonterías se pase al otro bando. Eso es un peligro. A veces nosotros traemos al lobo por nuestra propia estupidez».


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