10
nov
El Economista

El programa de Donald Trump anunciaba una serie de medidas que suscitan temor: aranceles, barreras comerciales, trabas a la hora de cerrar tratados pendientes. Así, una de las megatendencias más importantes de la economía mundial, la globalización, se encuentra en peligro. 

Lo ponen de manifiesto dos fenómenos diferentes. Por un lado, los últimos datos publicados por la Organización Mundial de Comercio (OMC) muestran cómo los flujos de comercio mundial se deceleran a un ritmo mayor del previsto, mientras que, por otro lado, la mayor parte de los tratados bilaterales de libre comercio o se están paralizando o están sufriendo importantes modificaciones de forma y fondo.

Según la OMC, el volumen de comercio mundial (la suma de exportaciones más importaciones) cerró el primer semestre de este año 2016 con una caída del 0,8% en términos nominales y con una variación del 0% en términos reales. Esto supone que, por primera vez desde el fin de la II Guerra Mundial, el volumen total de comercio a nivel mundial cae o se estanca (en función de si se tienen en cuenta los datos nominales o los reales) sin que la economía mundial esté en recesión. A cierre de junio, el volumen total está por debajo de los 14 billones de dólares, condicionado por el desplome de los precios del petróleo y la reducción del comercio global de China.

Al mismo tiempo, los esfuerzos del G-20 para eliminar las barreras tanto arancelarias como no arancelarias están estancados desde hace varios lustros tras los fracasos de la denominada ronda de Doha, que se abrió por primera vez en 2001. La falta de acuerdo en el seno de la OMC ha llevado a cambiar la estrategia varias veces, hasta desembocar en un método de pactos comerciales bilaterales entre bloques económicos.

Entre los más sobresalientes, los que China ha firmado con países como India o Australia, con los cuales ha creado un orden alternativo al que se consolidó tras la anterior oleada de proteccionismo previa a la II Guerra Mundial. Incluso, se ha colocado como foco emisor de inversiones con bancos capitalizados con más de 100.000 millones de dólares. Es el planteamiento que hizo el presidente chino Xi Jinping en la última Cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) de un mundo globalizado pero multipolar.

La globalización ha continuado extendiéndose por todos los sectores económicos, interconectando cualquier parte del mundo con el resto. Sin embargo, esto ha generado una dinámica de ganadores y perdedores, la cual se ha hecho más poderosa conforme la crisis financiera de 2007 fue convirtiéndose en una profunda recesión. Los Gobiernos empezaron a controlar la inmigración, lanzar eslóganes de promoción del consumo de bienes nacionales frente a los extranjeros o la creación de “barreras no arancelarias” en mercados considerados como “estratégicos” como el industrial, el agrícola o la seguridad.

El auge del paro y el uso mediático de un concepto como el de desigualdad en renta se ha convertido en el arsenal de aquellos sectores que pierden productividad y han perdido el “carro de la globalización”. De hecho, los movimientos antiglobalización que nacieron de la Cumbre de la OMC en Seattle en 1999 provienen en su mayoría de sectores perdedores como la industria pesada, la agricultura tradicional, la minería o el ecologismo.

En este caldo de cultivo y conjugando dos miedos muy poderosos -creer que el desempleo de un nacional es por culpa de que hay un extranjero y la competencia de los productos foráneos frente a los internos- se han configurado los actuales movimientos populistas que están consolidándose en la mayor parte de los países de Europa y también a partir de ahora en Estados Unidos, tanto en la intención de voto como en los resultados electorales efectivos de los últimos meses.

Rasgos del populismo

El movimiento populista es proteccionista por definición, tanto frente al exterior como en el propio territorio nacional, primando aquellos sectores menos competitivos y desplazados por productos extranjeros de mejor precio y calidad. Así se muestra en los diferentes países a los que han llegado Gobiernos de esta naturaleza, sobre todo en Latinoamérica (casos estrella son Argentina o Venezuela) y el sudeste asiático.

Para conseguir este objetivo, no es necesario mostrar una política agresiva de aranceles desde el principio. Basta con diseñar trabas comerciales que, poco a poco, se conviertan en una muralla china tanto para el importador como para el comprador nacional. En este sentido, sistemas de cepo cambiario, depósito previo en frontera o la exigencia de estándares fuera de lugar en materia sanitaria o medioambiental, son barreras eficaces para comenzar el proceso. También son el punto para romper las negociaciones de los actuales Tratados y de los que se están conformando: desde el Tratado de Libre Comercio de América del Norte hasta el TTIP con Europa, entre otros.

Posteriormente, diversos Gobiernos han optado directamente por el ‘cierre de fronteras’ y el establecimiento de aranceles cuyos tipos llegan incluso al 100%. Es el caso de Rusia, un país que recuperará protagonismo en el mandato de Donald Trump, no sólo por la buena relación entre los mandatarios sino sobre todo por el pacto al que pueden llegar en materia petrolera para neutralizar el poder de la OPEP.

La experiencia histórica muestra cómo la ‘exaltación de las virtudes nacionales’ conlleva la denigración de los productos y servicios que provengan del exterior. Pero para ello, previamente debe crearse una industria nacional que sea capaz de sustituir a la extranjera, lo cual va en perjuicio del consumidor, que tendrá que pagar más dinero por un producto generalmente de peor calidad.

Bajo el señuelo de una creación masiva de puestos de trabajo como la que prometieron Trump o Clinton en campaña (10 millones de empleos en una década), cada empleo cuesta un número creciente de unidades de deuda que van directamente contra el valor de la divisa y, por tanto, dispara el riesgo de inflación.

Ya lo hizo Barack Obama, en 2009, cuando estableció que las inversiones de su plan de estímulo de más de 700.000 millones de dólares fueran encargadas a empresas norteamericanas en detrimento de compañías foráneas, incluso vetando la compra de componentes fuera de sus fronteras.

Por consiguiente, el fenómeno proteccionista requiere de una retroalimentación continua para poder mantenerse y, cuanto más agresivo es, mayor es la posibilidad de convencer a los nacionales de sus bondades. Sin embargo, aquí es donde comienza el efecto expansión del proteccionismo: cuando el otro país empieza a tomar las mismas medidas con un plus de mayor agresividad.

Esto es lo que conocemos como guerra comercial: una carrera de medidas de protección dirigidas contra los productos y servicios de otros países susceptibles de desplazar a los nacionales. Este es el riesgo máximo y el cual se ha materializado en varias ocasiones, como fue en plena Gran Depresión. En 1930, la Ley Smoot-Hawley disparó los aranceles que pesaban sobre más de 20.000 productos importados por Estados Unidos.

El fenómeno de la guerra comercial está íntimamente ligado al proteccionismo, también, pero de corte monetario. Por ello, esta puede ser la época en la que se una esta nueva generación de guerras comerciales y la guerra de divisas que estalló en 2010 con el QE2 en Estados Unidos y que se ha ido extendiendo al resto de bloques, como Japón.

Aunque la filosofía es la misma -devaluaciones competitivas- las formas son distintas, ya que no se actúa devaluando la divisa de forma directa sino aplicando políticas monetarias expansivas. Lo que en un primer momento se trató de una política coordinada para evitar el colapso del sistema de pago ha devenido en un instrumento eficaz de comercio en el que cada uno de los integrantes se acusa entre sí de proteccionismo. El caso más flagrante es el de China, la cual durante años ha mantenido una divisa débil para estimular sus exportaciones.

La guerra comercial es el principal peligro en un escenario multi-polar pero a la vez polarizado entre los partidarios de estimular sus economías nacionales a costa del exterior y los que siguen creyendo que la solución está en una economía integrada. Más que una cuestión de talonario, es el convencimiento de que el fenómeno globalizador crea riqueza mientras que el proteccionismo genera pobreza.


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