03
mar
El Español

En 2011, el World Economic Forum bautizó a la época presente, con cierta previsión, como la ‘web of the world’, la web del mundo, refiriéndose con ello a que nuestra sociedad estaría más conectada que nunca gracias a las nuevas tecnologías e internet. En aquel momento, las GAFAs (Google, Amazon, Facebook y Apple) todavía no se habían transformado en los gigantes digitales que son hoy.

El uso de datos personales y la unicidad de este mercado han permitido que estas plataformas se hayan erigido en intermediarios clave para los individuos, las empresas y los mismos gobiernos. Su crecimiento ha ido sacando a la palestra algunos temas críticos, que están provocando profundas transformaciones en diferentes aspectos de nuestra sociedad: el ecosistema de la información y, en consecuencia, el de la política; la dimensión competitiva de los mercados y, por tanto, de los procesos de innovación; o el respeto de los datos personales y la privacidad, que deben considerarse una conquista de la sociedad liberal.

En este contexto, la Fundación Civismo, a través del informe Gigantes digitales ha querido poner en primer plano el debate sobre la privacidad y su protección, dadas las graves consecuencias que entraña para nuestra libertad. Para comprenderlo, hay que remontarse a la propia estructura del mercado de los datos, que presenta una configuración muy singular y un modelo de negocio que ha permitido a las Big Tech alcanzar, en solo 20 años, importantísimos niveles de cotización.

Unos niveles alcanzados gracias a un uso masivo de los datos de sus usuarios, conseguidos a través de nuevos servicios y productos. Este mecanismo de incentivos, por el cual las plataformas digitales buscan formas de que sus consumidores publiquen una cantidad creciente de información a cambio de servicios “gratuitos”, ha llevado a la consolidación de una verdadera “paradoja de la privacidad”.

Aunque los internautas reconocen estar preocupados por la difusión de sus datos, es cierto que cada vez los comparten más. Esta contradicción se refleja en encuestas realizadas a ciudadanos estadounidenses y europeos, cuyas respuestas hacen dudar sobre su voluntad real a la hora de publicar estas informaciones.

En este sentido, si sus decisiones a este respecto están marcadas por la ignorancia, difícilmente podrán considerarse libres. Por eso, en un escenario en el que cada día afloran más noticias sobre abusos perpetrados por gobiernos y empresas, se hace perentorio enriquecer el debate público con una diversidad de propuestas que aborden la compleja cuestión de la privacidad.

A nivel de legislación, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) constituye una tentativa clara de defender mejor la intimidad individual frente a políticas particularmente agresivas de las plataformas digitales, dando a los usuarios un mayor control sobre sus informaciones, bajo el principio de “privacidad por defecto”.

Este reglamento ha introducido varias distorsiones en el mercado de los datos. Las empresas han tenido que soportar unos costes de compliance tan altos que, en particular, las pequeñas y medianas no han conseguido cubrir todos los aspectos de la nueva regulación, por lo que han acabado recibiendo más sanciones que las Big Techs a las que se pretendía refrenar.

La connivencia que se está generando entre esas grandes corporaciones y el Big Government no puede dejarnos indiferentes, dado que se corre el riesgo de comprometer seriamente la libertad del ciudadano. De hecho, ésta quedaría comprimida entre, por un lado, los mecanismos de control de la autoridad pública, y, por otro, los intentos de las compañías de capturar información.

Ante este panorama poco halagüeño, el mundo académico está avanzando algunas ideas que merece la pena valorar de cara a futuro.

La recomendación que parece estar más en línea con el respeto a la persona, de modo que esta cobre protagonismo, pasa por el concepto de Data as Labor, es decir, entender los datos como factor trabajo y no como capital. En virtud de este modelo, las plataformas pagarían a los usuarios para recoger más información.

Así, los datos se transformarían en posibles ingresos para los consumidores, y permitirían una mayor competición dentro del mercado. Además, el internauta abandonaría su rol de sujeto pasivo, para convertirse en actor central de este negocio, incluso como pieza clave en el futuro de la inteligencia artificial.

Aunque esta propuesta presente todavía algunas incógnitas, puede tratarse de un paso importante hacia un mercado digital que está por construirse, pero que deberá ser más competitivo y otorgar un mayor protagonismo a las personas.


Deja un comentario