08
sep
Civismo

El Kremlin ha violado sus contratos internacionales al decretar las interrupciones de los suministros rusos de petróleo, carbón y gas a Europa. Al nuevo Zar no le ha importado las pérdidas que ocasiona a su país la suspensión de sus exportaciones, porque puede aguantar más que Occidente, especialmente si el invierno se presentase duro y largo. ¿Es esta provocación una tentativa de negociación o es un ultimátum irrenunciable? Mucho me temo que no sea un farol. Es muy fácil provocar un miedo pavoroso a congelarse cuando llegue el frío polar. Si, con fundamento o no, se dispara el pánico, la Unión Europea correrá el riesgo de romper la unanimidad ante Putin.

El caos se ha desatado en Europa después de que el viernes por la tarde Gazprom cerrase por tiempo indefinido el suministro energético de Europa occidental. La sorpresa era evidente ya que, horas antes, esta empresa gasística había insistido en que el sábado se reanudaría el flujo total, tras un parón por mantenimiento de 3 días.

El cierre “indefinido” del gaseoducto ejerce una gran presión en los líderes políticos, en cuanto que necesitan estar totalmente de acuerdo, porque saben que unidos encontrarán mejores alternativas para responder a Putin, que divididos. Sólo una posición monolítica de los dirigentes europeos, respaldada con garantías por el conjunto de países exportadores de hidrocarburos, puede plantar cara al presidente ruso. Tal como apuntaba un editorial del Wall Street Journal, los numerosos cierres y reducciones de capacidad de Nord Stream 1, a lo largo de este verano, han formado parte de la estrategia rusa para disuadir a Europa de su apoyo a Ucrania.

Europa tiene claro que, si renunciara a sus sanciones, el suministro de gas al Continente a través del Nord Stream 1 llegaría en un par de días, con lo que… ¡tema resuelto! ¿Cederá Europa al chantaje de Putin? El ‘buenismo’ de Merkel no quiso nunca enterarse que Rusia, como todo país humillado por haber perdido poder en el mundo, no era fiable. La canciller alemana hizo mal en anticipar, sin motivo suficiente, por puro populismo ecológico, el apagón nuclear, para depender casi exclusivamente del gas ruso.

¿Fueron los tiempos pasados mejores para Rusia, que para Europa? Mijaíl Gorbachov, fallecido la semana pasada, tenía ideas muy diferentes acerca del modelo de convivencia que debiera existir dentro de Rusia y de ésta con el resto del mundo. Para Gorbachov, la grandeza nacional se definía más por la dignidad de los simples ciudadanos que por la de sus dirigentes. En una entrevista de 2001, con el historiador Daniel Yergin, señaló la inconsistencia del régimen bolchevique: “¡Imagínese un país que vuela al espacio, lanza Sputniks, crea un sistema de defensa de este tipo…! Pero para sus ciudadanos no hay pasta de dientes, ni jabón en polvo, ni se aprovisionan bien las necesidades básicas de la vida. Fue humillante trabajar en un gobierno así”

Para Putin, la grandeza nacional se define por la extensión del país, el poderío militar y la capacidad de aterrorizar o subyugar a los vecinos. El líder ruso cree que su nación tiene derecho a ser una de las grandes potencias del mundo, porque lo fue en el pasado. Esta nostalgia es compartida por la población y está en la raíz del actual nacionalismo ruso. Muchos ciudadanos piensan que su nación fue “espoliada” cuando Ucrania se permitió independizarse. Son muchos los rusos que consideran que la reconstrucción de poder y la grandeza nacional exige la recuperación del territorio perdido. La trágica decisión de invadir Ucrania fue la culminación de esta rancia obsesión.

El hecho de que los ciudadanos rusos actuales ya no tengan que soportar las privaciones pasadas se debe en parte a las reformas económicas de Gorbachov, por vacilantes e incipientes que fueran. Aquellos que le culpan por arruinar una economía soviética en funcionamiento deberían recordarlo, tal como reclama Gideon Rachman en Financial Times. La idea del expresidente soviético sobre la dignidad, los valores y los derechos humanos, se extendió a la libertad de expresión. También fue una pesadilla insufrible y humillante que, bajo el sistema soviético, tantos ciudadanos cultos y con criterio propio tuvieran que vivir en un mundo de mentiras oficiales, consignas y censura. Gorbachov eliminó esa crispación al permitir la prensa libre, el emprendimiento de negocios por los particulares y la liberación de los opositores al insostenible comunismo imperante, avances que promovieron un largo período de paz.

Putin está devolviendo a Rusia a la represión y ruina al estilo soviético, mientras aplasta a los últimos medios de información independientes, suprime a la oposición y convierte en delito el reconocer que Rusia está en guerra u oponerse a la versión oficial. El sensor más sensible del descontento ante la tiranía de Putin lo refleja la huida creciente y silenciosa a Occidente de muchos de sus mejores científicos, expertos e intelectuales.


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