24
may
El Economista

Los tambores de guerra comercial entre EEUU y China son el elemento principal de preocupación internacional, más aún estando detrás de todo ello la poderosa geopolítica de las materias primas. Parafraseando a los economistas Reinhart y Rogoff, esta vez tampoco está siendo diferente. En este momento, el mundo es un tablero en el cual los dos players más importantes confrontan su poder, sabiendo de la importancia que tiene utilizar un doble lenguaje: por un lado, gestos de tensión de cara a la galería para causar adhesiones y rechazos tanto en los sectores económicos como en la opinión pública y, por otro lado, una dialéctica constructiva poniendo encima de la mesa los puntos fuertes y escondiendo debajo de ella sus debilidades y flaquezas. Por ello, no debe sorprender que la tan anunciada guerra comercial EEUU-China no solo no esté teniendo lugar, sino que, además, estas dos potencias podrían estar a un paso de firmar un pacto histórico de libre comercio que probablemente descoloque a una buena parte del escenario político internacional que apostaba por una cruenta disputa comercial, el avance del proteccionismo y la vuelta de los dos bloques. La probabilidad de que esto no sea así, condicionada a la información disponible, es sensiblemente baja.

Tanto el presidente Xi como Trump son gobernantes pragmáticos y ambos conocen de sobra una de las frases más importantes de la política internacional de las últimas décadas pronunciada a principios de los noventa por el viejo mandatario chino Deng Xiaoping: “mientras cace ratones, lo mismo da gato negro que gato blanco”. Por no decir aquella otra “cruzar el río tocando las piedras” en la que Deng resumía el proceso de apertura y reforma política tras la muerte de Mao en 1978. La revolución digital también está cambiando la diplomacia, hasta tal punto que los exabruptos y comentarios fuera de tono que los negociadores y gobernantes hacían antes en privado, ahora pueden acceder a ellos millones de personas de forma automática a golpe de tuit.

Por ello, se hace más necesario que nunca discernir entre la realidad y la ficción de cara a la galería, cuestión sin duda compleja en un mundo como el actual de reacciones inmediatas, cortoplacista y donde el coste de la información es asintótico a cero. Y más en este asunto puro de economía política de futuro, donde la realidad es tozuda como dijo Lenin en cierta ocasión. La evidencia empírica, basada en los datos de balanza corriente Estados Unidos-China como en el flujo de inversiones de China a la economía norteamericana, indica hasta qué punto las amenazas tanto de Pekín como de Washington no son creíbles a medio plazo. Otra cosa es que cada día los distintos agentes ofrezcan versiones contradictorias y haya movimientos reales que busquen “tensar la cuerda”.

Véase la realidad. Con los últimos datos de 2017 publicados por el Departamento de Comercio de Estados Unidos, el déficit comercial más abultado (asciende a 134.863 millones) para EEUU corresponde al segmento de componentes electrónicos, seguido de material auxiliar para la fabricación de reactores nucleares (-96.761 millones), justo dos de los cuatro principales destinos de inversión china en EEUU: componentes electrónicos e informáticos (29 por ciento), sector inmobiliario (13 por ciento), sector financiero y asegurador (11 por ciento) e industria del automóvil (8 por ciento).

Pero al mismo tiempo, la posición de China frente a EEUU en materia de inversión es justo la contraria. Si bien China acumuló activos frente a EEUU en 2016 por valor de 27.500 millones de dólares, EEUU en el mismo período incrementó sus inversiones en China por un importe de 92.500 millones de dólares. Por tanto, EEUU ha acumulado en 2016, 65.000 millones de dólares adicionales en activos netos frente a China, lo cual refleja, entre otras cuestiones, la deslocalización de empresas americanas en China (la inversión americana en China es más rentable que la china en Estados Unidos). Además, de los 6,92 billones de activos totales chinos frente al exterior, más de la mitad corresponden a las reservas de divisa extranjera controladas por el Banco Central (3,14 billones) y materializadas en su mayoría en bonos del Tesoro americano (1,16 billones).

A la luz de estos datos, ¿se podría dar un escenario de confrontación económica total entre EEUU y China? No parece razonable: mientras China tiene posición de fuerza en materia comercial frente a EEUU, este último domina las relaciones de inversión directa. En este sentido, no puede haber conflicto serio alguno puesto que el juego terminaría siendo de suma negativa. Dicho de otra forma: todos pierden si adoptan estrategias agresivas de cierre de fronteras e imposición de aranceles. Pero no sólo estos países, también los aliados comerciales y de inversión de los respectivos, causando un serio revés al proceso de globalización. 

Es evidente la información asimétrica entre las partes. Uno sabe cuánto daño puede causarle al otro y viceversa. Por ello, se busca un equilibrio geopolítico nuevo distinto al modelo agotado de la posguerra de los años 50 que sirva como marco favorable para desarrollar a gran escala cuestiones vitales como la inteligencia artificial, el blockchain o el aprendizaje de las máquinas. Una vez más, en suma, se hace necesaria la prudencia en un escenario geopolítico nuevo que irá basculando hacia otro equilibrio probablemente basado en pactos bilaterales entrelazados unos con otros. Aquél que se enroque en sus posiciones nacionalistas y excluyentes quedará apartado de la nueva economía global.


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