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Les Mureaux, una pequeña ciudad dormitorio a 35 kilómetros de París, es un suburbio francés sin encanto donde coexisten 32.000 habitantes de 100 nacionalidades distintas, donde el presidente Emmanuel Macron dio un discurso el pasado 4 de octubre. La intervención, que marcará un hito, se trató de un diagnóstico lúcido, valiente y alarmante del impacto corrosivo del islamismo radical en Francia. Y, por una vez, Macron se refirió al «separatismo islamista», no como un eufemismo, sino como un nombre que se hace eco perfectamente de la magnitud del desafío al que se enfrentan Francia y otros países de Europa Occidental (aunque algunos todavía no lo reconozcan). El presidente francés, esta vez, no lo hizo.

En palabras de Macron, el separatismo islamista es un proyecto político y religioso deliberado y fundamentalmente contrario a los valores de la República Francesa. Una ideología que pretende imponer sus propias reglas y cuyo objetivo final pasa por crear sociedades paralelas y, en última instancia, tomar el control político.

Además, subrayó que el tráfico de drogas está estrechamente relacionado con el separatismo islamista, ya que el primero a menudo financia y complementa al segundo. Más allá de estas cuestiones de seguridad, Macron admitió que las redes islamistas se han infiltrado ampliamente en la sociedad civil, los servicios públicos y la educación. Los ejemplos están por todas partes: los alcaldes locales reciben presiones para imponer la comida halal en las escuelas. Los conductores de autobús se han negado a llevar a las mujeres que se consideran «indecentemente» vestidas. Los niños han abandonado las escuelas para apuntarse a pisos clandestinos donde solo aprenden el Corán. E incluso las asociaciones deportivas han comenzado a difundir el radicalismo islamista. Hay muchos más ejemplos.

Para hacer frente a estos problemas, el presidente francés anunció medidas drásticas y sin precedentes. Algunos ejemplos: la prohibición de la escolarización en casa (solo justificada por razones de salud), el refuerzo de los controles sobre la actividad de las mezquitas, la creación de un sistema de imanes franceses certificados que hablen francés y enseñen los valores franceses, y la enseñanza del árabe (y de otras lenguas autóctonas) en las escuelas para evitar que las difundan solo los extremistas.

El discurso de Macron dejó asombrados a muchos oyentes. En primer lugar, porque fue sincero y honesto, algo notable en un país que lleva décadas negando la realidad y en el que las élites políticas y culturales han amordazado a la descontenta clase media gala acusándola de racismo y xenofobia. Sin embargo, el diagnóstico de Macron es, ante todo, la crónica de un suicidio anunciado, el siniestro retrato de una nación fracturada y desgarrada por años de negligencia y ceguera ideológica. Esos «territorios perdidos de la República» (Territoires perdus de la République, título de uno de los primeros libros que dieron la voz de alarma en 2002, de Georges Bensoussan) no son una alucinación de la extrema derecha ni un complot xenófobo. No, son nada más y nada menos, que la pura realidad de la Francia actual, contada por miles de profesores, alcaldes, médicos y enfermeras, e ignorada por las autoridades y los medios de comunicación.

¿Y ahora qué? ¿Podrá Francia invertir esta tendencia, cambiar su «software de integración» y reconquistar esos «territorios perdidos»? ¿Logrará erradicar el islamismo radical de los cientos de suburbios franceses que esta ideología ya ha conquistado? No está claro.

Uno duda de que la determinación de Macron y la severidad de sus medidas basten. Suponiendo que estas sean lo suficientemente firmes para abordar el problema, todavía se enfrentan a innumerables obstáculos para lograr su objetivo y reforzar la cohesión social en Francia. La primera dificultad consistirá en pasar esas medidas por el filtro de los órganos consultivos que evaluarán su impacto en las libertades civiles y los derechos fundamentales. El siguiente paso resulta mucho más arriesgado: Macron tendrá probablemente una intensa lucha en el Parlamento con los miembros de su propio partido, un mosaico de antiguos socialistas y recién llegados dotados de la superficial conciencia política de los activistas adolescentes. Aunque el presidente francés habla a veces con voz «conservadora» y mira a su país con perspicacia, sigue estando bastante solo en la cúpula del aparato del Estado, e incluso dentro de sus propios círculos. Lo que Macron pone sobre la mesa a menudo difiere mucho de lo que finalmente aprueba la Asamblea Nacional francesa.

Siempre que las tan anunciadas medidas superen esos obstáculos, Macron seguirá enfrentándose a una aplicación desigual de su paquete legislativo. Esto se debe a una serie de factores, como la desmotivación de las fuerzas policiales, de los profesores, la permisividad de las autoridades locales, la inercia administrativa y las resistencias políticas dentro del Estado, por nombrar solo algunos. En el mejor de los casos, estos impedimentos retrasarán y diluirán el paquete legislativo; en el peor, lo sabotearán. Por si hace falta un ejemplo emblemático, no hay que olvidar que las autoridades francesas siguen siendo incapaces de aplicar sobre el terreno la prohibición del burka votada en el Parlamento en 2010. 

Macron también puede contar con la hostilidad de los medios de comunicación. De hecho, el presidente envió una llamada de atención explícita y algunas palabras de cautela a los periodistas, subrayando que no solo es su responsabilidad invertir estas tendencias, sino también la de la nación. ¿Fue en vano? Esperemos que no. Pero, dado que la información de los medios de comunicación sobre temas como la migración, la identidad nacional o el terrorismo se ha visto sistemáticamente empañada por la parcialidad y la autocensura, resulta poco probable. En realidad, los medios de comunicación franceses tienen una gran responsabilidad en la negación colectiva del islamismo en Europa, ya que se han pasado años desacreditando a las pocas y atrevidas voces que se han levantado contra la islamización, e incluso han ridiculizado a quienes defendían la cultura y la identidad nacionales.

La reacción de los musulmanes franceses encierra una incógnita importante en la compleja ecuación política de Macron. Ya sea la minoría radical o la mayoría moderada, la mayoría de ellos se sentirán probablemente señalados y «estigmatizados» por el tono y el fondo del mensaje del presidente. Esto se debe en parte al elevado sentimiento de agravio que han desarrollado en las últimas décadas, muy alimentado por la política de identidad de los partidos de izquierda y las organizaciones de la sociedad civil. Estos grupos les susurran constantemente al oído que son una minoría y, por tanto, «víctimas», víctimas del «racismo sistémico» de una sociedad que los trata como ciudadanos de segunda clase. Así, se les ha dicho durante años que no tienen deberes, solo derechos; que no necesitan asimilarse a la cultura francesa, sino que Francia debe adaptarse a su cultura.


El concepto del ‘victimismo’ impide que los migrantes se integren, y conduce al aislamiento y el desapego


Además, el concepto de «victimismo» (un veneno mental además de un arma política letal) impide que los migrantes se integren, y conduce al aislamiento y al desapego, incluso al odio, hacia el país que los acogió, al país en el que nacieron. Este fenómeno resulta especialmente visible entre la tercera o cuarta generación de inmigrantes que, paradójicamente, suelen estar menos integrados que sus abuelos, que emigraron a Francia hace 60 años. A la sombra de las políticas identitarias y de los conflictos de Oriente Próximo, estos jóvenes se consideran víctimas del colonialismo, alimentan opiniones antisemitas, y solo esperan una cosa de Francia: disculpas y compensaciones. Apenas hablan árabe, apenas conocen el Corán, pero profesan abiertamente su religión más como símbolo de rebeldía que como signo de fe.

Es difícil decirlo. Pero, según un informe de 2016 del muy respetado Institut Montaigne, el 37% de ellos se cree víctima de un «complot», mientras que el 28% ha adoptado de corazón un sistema de valores opuesto al francés.

El mayor reto de Macron reside en convencer a la sociedad francesa de la magnitud de la amenaza y transmitirle la gravedad de la situación. Él lo llama un «despertar republicano». ¿Es esto posible en una sociedad ya adormecida por el sentimiento de culpa y el odio a sí misma? ¿Es realista, sobre todo en un país que no ha conseguido crear entre sus nuevas generaciones, incluidos los inmigrantes, un sentimiento de «pertenencia» basado en su glorioso pasado y su brillante cultura?

Lamentablemente, el legado tóxico del mayo del 68 ha penetrado en todos los estratos de la sociedad francesa (especialmente en la educación y los medios de comunicación), y ha minado gravemente la autoestima de una de las naciones más grandes de Europa. En medio siglo, Francia sufrió una revolución cultural silenciosa que la apartó de su pasado, la separó de sus raíces y la empujó a la vanguardia de las políticas progresistas y ultraliberales. Como resultado, la sociedad gala actual está aturdida, confundida y fragmentada. Sufre una crisis de identidad de la que se aprovechan los separatistas islamistas, que ofrecen una ideología radical simplista pero estructurada sobre miles de jóvenes desencantados, llenando así el vacío dejado por el nihilismo de las élites francesas. La naturaleza, como se dice, aborrece el vacío.

El reto al que se enfrentan Macron y Francia (y quizá incluso Europa Occidental) es realmente colosal. Este diagnóstico puede aplicarse fácilmente tal cual a varias ciudades de Bélgica, Reino Unido, Países Bajos, Suecia, Alemania, Dinamarca, Austria y, en menor medida, Italia y España, con una diferencia: el presidente francés ha mirado a los ojos del enemigo y parece haber cogido el toro por los cuernos. En cambio, la mayoría de sus homólogos europeos siguen negando la realidad. Cegados por los dogmas e incapacitados por las ideologías progresistas, esperan que la tormenta pase, mientras sus sociedades se gangrenan por el separatismo islamista.

La magnitud del desafío parece no tener precedentes. Y tengo serias dudas sobre la capacidad de Francia para retomar el control. El bárbaro asesinato de un profesor, decapitado en la calle por mostrar caricaturas ofensivas a sus alumnos, se trata simplemente del último ejemplo de una larga lista. ¿Es demasiado poco y demasiado tarde? Esperemos que no; pero probablemente, sí. Sin embargo, ni Francia ni Europa pueden permitirse perder esta lucha crucial de la que depende el futuro de nuestra civilización. Por ello, le deseo al presidente Macron el mayor de los éxitos en este nuevo empeño. Que su determinación dé sus frutos. Buena suerte, señor presidente.


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