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sep
Atalayar

Finalmente, entre el día 20 y 21 se celebraron los comicios aplazados por el coronavirus, que afectaban a un total de siete regiones y a unos 1.000 ayuntamientos, así como el “referéndum” sobre el “taglio” o reducción del número de parlamentarios. Y todos estos, sin deparar particulares sorpresas, nos permiten extraer interesantes lecciones que trataremos de analizar a continuación.

Comencemos por el “referéndum” cuyo objetivo era reducir, a partir de la siguiente legislatura, el número de integrantes del actual Parlamento italiano, que no solo es bicameral, sino que tiene la particularidad, no vista en ningún otro país de su entorno, de que las dos Cámaras (la Alta y la Baja) tienen igual capacidad legislativa. Así, cuando a finales de mayo de 2018 el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga firmaron el llamado “contrato de gobierno”, una de las condiciones que impuso la primera formación a la segunda fue que la cámara baja pasara de los actuales 630 miembros a 400, y que a su vez la Alta dejaran de integrarla los 315 que fueron elegidos para la misma para pasar a tener tan solo 200.

A pesar de que la Liga rompió el “contrato de gobierno” en agosto de 2019 con la intención de ir a elecciones anticipadas, como es sabido el PD se ofreció al Movimiento Cinco Estrellas para ser su nuevo compañero de coalición y, aunque hasta ese momento había votado en contra del citado “taglio”, aceptó que este fuera incluido en el nuevo pacto con el que afrontar el resto de legislatura. 

De tal manera que esta reducción del número de parlamentarios nacionales, que tras ser votado cinco veces entre las dos cámaras tenía que ser sometida a “referéndum” al constituir una reforma en toda regla de toda la Constitución (la actual Carta Magna italiana establece, en concreto en sus artículos 56 y 57, el número concreto de miembros que deben integrar ambas cámaras), fue votada por la ciudadanía italiana entre el domingo 20 y el lunes 21. La participación fue elevada (54%) teniendo en cuenta el temor al contagio del coronavirus, y la respuesta de los italianos fue rotunda: sí a la reducción en 345 miembros del actual Parlamento, algo a lo que estuvo a favor casi el 70% de la población.

¿Puede considerarse este “referéndum” como una victoria del Movimiento Cinco Estrellas? Formalmente sí, porque ellos han sido los impulsores del “taglio” desde que llegaran al Gobierno en junio de 2018. Pero, en la práctica, teniendo en cuenta que esta muy peculiar formación volvió a sufrir la enésima debacle electoral en los comicios de las siete regiones, lo que por otra parte no resulta extraño teniendo en cuenta que el partido no tiene siquiera líder (el que lo era, el actual ministro de Asuntos Exteriores Di Maio, presentó su dimisión hace ya más de ocho meses), lo que realmente tuvo lugar fue una muy sonora bofetada de la ciudadanía italiana hacia su clase política por ser, básicamente, muy costosa, bastante ineficaz y tendente a incurrir en casos de corrupción. 

Y todo ello a pesar de que, en las últimas semanas, no obstante, recordando que en la última votación en el Parlamento (octubre de 2019) había habido bastante unanimidad entre sus integrantes para aceptar esta reducción, parte de las fuerzas políticas habían intentando movilizar, de una manera indirecta, el voto en contra del “taglio”: así lo había hecho una parte del PD, y también unos cuantos “pesos pesados” de la Liga. Pero los tres hombres que habían estado en la negociación del “taglio” (primero Luigi di Maio y Matteo Salvini, y luego Nicola Zingaretti) se mantuvieron firmes en el “sí”, a pesar de la tentación que representaba para Salvini hacer posible una derrota en toda regla del Movimiento Cinco Estrellas. Pero da la impresión de que los italianos decidieron actuar por su cuenta y su respuesta no pudo ser más contundente: para ellos, sobran políticos en el país, así que, en cuanto tuvieron ocasión de manifestarlo, lo hicieron con rotundidad.

La principal lección que debe aprenderse es que, por mucho que la ciudadanía italiana se mantenga fiel a su llamada a las urnas, la desafección hacia la clase política se encuentra profundamente instalada entre la población de todos los rincones del país. En lo que se refiere a las lecciones extraídas de las elecciones a los gobiernos de siete regiones, quedaron claras dos cuestiones. La primera, que cuesta mucho romper la tradición política de los feudos electorales: tan complicado está que la izquierda se imponga en Lombardía y Véneto como que la derecha lo haga en Emilia-Romagna, Toscana o Campania.

Cierto es que en el caso tanto de Véneto como de Campania la eficaz gestión del coronavirus por parte de sus gobernadores ha debido tener su efecto, pero también que los candidatos a revalidar mandato en regiones como Puglia (nos referimos a Emiliano, dirigente del PD) se han beneficiado de la tradición electoral en la zona bajo su gobierno. Además, parece claro que no hay nada peor para intentar ganar unas elecciones en Italia que mandar a alguien que viene de las instituciones comunitarias: Fitto, candidato del centroderecha en Puglia, y Ceccardi cabeza de cartel también del centroderecha pero en Toscana, comparten la condición de europarlamentarios, y ambos perdieron con mucha claridad. Y es que la población de ambas regiones ha demostrado que los “paracaidistas” que vienen de la asamblea legislativa de la Unión Europea no son bien recibidos.

Finalmente, una tercera elección de esta triple convocatoria electoral es que la actual coalición de gobierno ha sido capaz de salvar la cara en unos comicios clave para el futuro del país: que el centroderecha solo haya sido capaz de arrebatarle una región (Las Marcas) constituye todo un éxito. Pero esa misma coalición no debe olvidar que, más allá de haber sabido gestionar con mucho éxito la “emergencia sanitaria”, el actual Ejecutivo ha tenido la fortuna de que de estos comicios se han celebrado cuando aún no se han notado realmente los efectos del parón en la economía nacional que tuvo lugar durante meses.

En ese sentido, no sería de extrañar que antes de finalizar su mandato presidencial (lo que tendrá lugar a finales de enero de 2022), el presidente Mattarella encargara al primer ministro Conte la formación de un nuevo Gobierno, en el que, por un lado, estuviera presente lo mejor de que dispone el país para acometer importantes reformas estructurales; y, por otra, la coalición realmente debería terminar de engrasarse en lugar de ser una mera suma de Cinco Estrellas y PD con un LeU poco presente (tan solo tiene un ministro, el titular de Sanidad, Roberto Speranza) y con una Italia Viva de Matteo Renzi funcionando por libre. 

Así, en relación con lo primero, debe ser reforzada el área económica, dando entrada a personas de relevancia en el mundo de las finanzas: sería el caso, por ejemplo, del execonomista-Jefe del Fondo Monetario Internacional Cottarelli, en quien Mattarella ya demostró su confianza al encargarle formar gobierno en mayo de 2018 por si el Movimiento Cinco Estrellas y la Liga no alcanzaban finalmente un pacto (esto no fue necesario porque, como ya hemos señalado antes, el llamado “contrato de gobierno” se acabó firmando entre ambos partidos). Mientras, en relación con lo segundo, Matteo Renzi, que a día de hoy nada tiene que hacer en caso de convocatoria electoral anticipada, debe implicarse de lleno en la acción de gobierno entrando él mismo en el Ejecutivo o aumentando la presencia de miembros de su partido en el nuevo gobierno, como modo de asegurarse de que sus importantísimos votos en el Senado (casi dos decenas en la actualidad) vayan en armonía con los aportados por Cinco Estrellas, PD y LeU, formación esta última donde su hombre más destacado (el exministro y exsecretario general del PD Pierluigi Bersani) debería pensar también en formar parte de un nuevo Ejecutivo.

Y es que, como decimos, el segundo Gobierno Conte ha sido capaz de salvar la cara frente a la ofensiva del centroderecha, pero no pueden ignorarse dos cuestiones fundamentales: Salvini y compañía ya controlan quince de las veinte regiones del país, y encuesta tras encuesta el centroderecha sigue aventajando en casi diez puntos al centroizquierda. Así que basta que la recuperación económica comience a encallar como para que el presidente Mattarella no tenga más remedio que convocar elecciones anticipadas.

Y es que Matteo Salvini, aun estando en sus horas más bajas desde que comenzara a ser el político más popular en el país hace ya dos años, no ha dicho su última palabra, y tratará de sacar rédito, en la medida posible, del malestar social que el coronavirus va a seguir generando, dando rienda suelta al populismo y ultranacionalismo que caracterizan a su acción política. Así que, como decimos, estos comicios pueden considerarse como una tregua para el gobierno: como un momento de respiro para un Ejecutivo que lleva muchos meses de desgaste, pero la legislatura sigue sin tener, para nada, garantizada su finalización a comienzos de 2023. El tiempo dictará sentencia.


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