26
feb
Mercados

El volumen de ahorro de una economía es uno de los elementos fundamentales para determinar su evolución a largo plazo. De él dependen en ese horizonte temporal la acumulación de capital que impulsa la inversión, el crecimiento económico, la productividad y, por tanto, el nivel de vida de los ciudadanos. Aunque resulte paradójico, lo preocupante no es el acusado descenso de la tasa de ahorro experimentada por España desde el inicio de la recuperación, sino el riesgo de que esa situación se consolide. Desde esta perspectiva, es básico analizar el comportamiento de esa variable en los años de la Gran Recesión, en la actualidad y sus perspectivas. En este sentido, hay que decir que la actitud de los individuos en los últimos años responde a sólidos criterios de racionalidad.

Imaginen que, durante una fase expansiva, un individuo o una familia adquieren un nivel de deuda X que deben repagar. Cuando se desencadena una recesión tan profunda y larga como la española, la renta permanente, esto es, los flujos de ingresos que esperan percibir en los años venideros, léase los procedentes de los salarios o de su riqueza financiera o inmobiliaria, cae.

Ante este panorama, los agentes económicos incrementan su aversión al riesgo y tienden a reducir su endeudamiento; esto es, ahorran más e invierten y consumen menos. Si a ello se une la fuerte restricción crediticia registrada durante el ciclo recesivo y, con ella, la incapacidad de endeudarse para mantener su patrón deseado de gasto, la propensión a ahorrar de las economías domésticas se fortalece. En la salida de la crisis y con expectativas de que la recuperación se mantenga, el ingreso permanente crezca y el crédito vuelva a fluir, la gente propende a endeudarse de nuevo y a elevar su gasto. En términos estilizados, éste ha sido el comportamiento de los hogares en la recesión –aumento del ahorro– y en la presente expansión –reducción del ahorro–.

La Hipótesis del ciclo vital es un instrumento útil para entender la conducta de los hogares y de los individuos porque proporciona la conexión entre la microeconomía –el racional comportamiento de los individuos– y la tasa de ahorro agregada, esto es, su expresión macroeconómica. Su proposición fundamental, ceteris paribus, es que los jóvenes-activos tienen mayor propensión a ahorrar que los mayores o los jubilados por una sencilla razón: quieren acumular capital para financiar potenciales contingencias a las que pueden enfrentarse y asegurarse un razonable estándar de consumo de cara al retiro.

Ahora bien, esa decisión no opera en el vacío. Depende de los incentivos generados por el marco institucional y por la política económica. Ambos pueden alterar el patrón ahorro-consumo al modificar la restricción presupuestaria intertemporal de las familias. Este enfoque es básico para distinguir las fluctuaciones coyunturales del ahorro de su tendencia a largo plazo.

En ese marco analítico, la reacción de los individuos ante los incentivos o desincentivos generados por el sistema tributario tiene una importancia fundamental. Si la renta disponible después de impuestos se reduce porque la fiscalidad es muy elevada, la capacidad de ahorro de un contribuyente medio, con por ejemplo dos hijos, léase el español, es muy reducida. Si los tipos impositivos que recaen sobre las rentas del capital son altos disminuyen los incentivos al ahorro privado porque las tasas de retorno de los ahorradores descienden. Esto significa que el marco tributario es un elemento crucial para aumentar o reducir la tasa de ahorro de los individuos y de las familias. En España, la tributación sobre las personas físicas es en promedio excesiva y la que recae sobre las diversas formas de capital, también. En consecuencia, la propensión a ahorrar es baja. Pero ahí no termina la historia.

El vigente modelo de pensiones tiene también un impacto negativo sobre el ahorro individual y familiar. Por un lado, las cotizaciones a la Seguridad Social son un impuesto que de facto reduce la riqueza personal atesorada antes de la jubilación por el valor actuarial presente de los futuros beneficios esperados, recortando así la posibilidad de que los hogares acumulen capital; por otro, la financiación de las pensiones es soportada por la población que trabaja con la esperanza de que las generaciones venideras hagan lo mismo con ella. Con independencia de su sostenibilidad financiera, este esquema, basado en el reparto, reduce la necesidad de que la gente ahorre para su propia jubilación. Por añadidura, como el sistema de pensiones no está capitalizado, no acopia los activos precisos para atender sus obligaciones futuras. Por ello, la caída de la tasa de ahorro individual se traduce en un descenso de la tasa de ahorro agregada, es decir, nacional.

En la práctica, la combinación de una fiscalidad penalizadora de la acumulación de capital con un modelo de jubilación asentado en el reparto hace que, salvo en situaciones extremas, como las vividas durante la dura y larga recesión pasada, sólo tengan capacidad real de ahorrar los segmentos de la población con ingresos medio-altos y altos. Incluso estos tienen serias dificultades para hacerlo dada la fuerte progresividad del IRPF y la tributación soportada por otras fuentes de renta diferentes a las percibidas a través de las nóminas que, por cierto, son marginales en todos los tramos de renta, incluidos los superiores. Así pues, se está ante un verdadero círculo vicioso.

La apelación del presidente del Gobierno a las familias españolas para que ahorren más es loable no sólo por razones económicas sino políticas. El ahorro aumenta la independencia de los ciudadanos, les proporciona seguridad financiera y les hace menos dependientes del Estado. Sin embargo, esa proclama no es compatible con el entorno fiscal reinante en España ni con un Estado de Bienestar que desincentiva la asunción de las responsabilidades individuales en aspectos básicos de su vida. Una sociedad con estímulos suficientes para acumular capital para atender a sus riesgos presentes y futuros nunca podrá ser una sociedad en la que de la cuna a la tumba el Estado funciona como un pater familias, un pésimo camino para crear un orden social de seres adultos y libres.


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