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abr
Expansión

La dimisión de Esperanza Aguirre supone la desaparición de una de las figuras más relevantes de la política española de los últimos tiempos. Si algo ha caracterizado su larga carrera en el sector público ha sido que siempre defendió la idea de que el gobierno y la administración deben respetar la iniciativa de los particulares y estar a su servicio. En pocas palabras, supo llevar los principios liberales a un mundo político como el español, en el que tales ideas han encontrado muchas dificultades para echar raíces. Y el resultado de esta forma de entender la acción de gobierno fue que Madrid se convirtió, con ella, en la región más próspera y, al mismo tiempo, más libre del país.

Quienes creemos en las personas individuales y en la iniciativa privada estamos convencidos de que el sector público debe ser pequeño, pero eficiente; y debe dejar a los ciudadanos y a las empresas un ámbito de acción lo más amplio posible. Por ejemplo, dar a sus hijos el tipo de educación que consideren más conveniente. Lo que debe hacer el político no es impedir que los colegios privados compitan con los públicos, sino que éstos ofrezcan los mejores servicios con el menor coste para los contribuyentes. Cuando cesó en el cargo de presidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre dijo que se sentía especialmente orgullosa de haber implantado en Madrid la educación bilingüe. Y tiene motivos para ello. El liberal, al aceptar la competencia como algo fundamental en la economía y en la sociedad, no se encierra en su pueblo. Mira al exterior y se da cuenta de que hoy el mundo es global; y de que, si nuestros estudiantes no hablan inglés, su horizonte vital es, necesariamente, limitado.

Pero si volvemos la vista atrás y analizamos lo que en la Comunidad de Madrid se hizo en los años de gobierno de Esperanza Aguirre veremos que tiene motivos para estar también orgullosa de otras muchas cosas; y que quienes, dentro de nuestras posibilidades, colaboramos con aquellas políticas podemos estarlo también. En Madrid se bajaron impuestos y se suprimieron –de facto– algunos tributos, como el Impuesto sobre el Patrimonio y el Impuesto de Sucesiones en el seno de la unidad familiar; se controló la deuda pública; se supo frenar el crecimiento del gasto en los primeros momentos de la crisis, cuando otras regiones continuaban con un gasto cada vez mayor sin saber o querer ver lo que podía ocurrir. Se permitió algo tan básico como que la gente pudiera comprar el día que quisiera si había un establecimiento abierto dispuesto a vendérselo.

Estas reflexiones resultan hoy especialmente relevantes. No son éstos buenos tiempos para el pensamiento liberal. Es cierto que cabe argumentar que, en realidad, es difícil encontrar en la historia de España momentos históricos de un mínimo de entidad en los que el liberalismo haya triunfado en nuestro país en el mundo de las ideas o de la política real. Pero me temo que no exagero si afirmo que los principios liberales prácticamente han desaparecido hoy de nuestra vida política, en la que domina un claro consenso socialdemócrata del que sólo disienten con claridad aquellos que, desde la izquierda radical, se colocan en posiciones abiertamente contrarias a cualquier tipo de liberalismo. Sólo un ejemplo. El esfuerzo fiscal que soportan las clases medias españolas ha crecido hasta unos niveles que no sólo reducen su capacidad de gasto sino que, también, desaniman claramente la actividad creativa o expansiva de las empresas y a las personas más dinámicas de nuestra sociedad. A pesar de ello, prevalece la idea de la conveniencia de una tributación más elevada y de más gasto público. En muchos casos se plantea abiertamente la subida de impuestos. En otros no se dice tal cosa, pero se defienden políticas de gasto que acabarán haciendo inevitable una presión fiscal aún mayor.

Oponerse a las ideas dominantes nunca es fácil. Y Esperanza Aguirre lo hizo a menudo; y por ello fue criticada, en muchas ocasiones, de forma tan desmesurada como injusta. Hace no mucho tiempo dedicó uno de sus artículos de prensa a una persona por la que tanto ella como yo sentimos gran admiración: Margaret Thatcher. Al releerlo me vinieron a la memoria varias conversaciones que tuve con Esperanza Aguirre sobre el sentido de los términos medios y los consensos en la vida política. Y es buen momento para recordar las palabras de la primera ministra británica, que creo que ella y yo compartimos. Afirmaba Thatcher: “El consenso implica el abandono de toda creencia, principio, valor o política en aras de encontrar algo en lo que nadie cree, pero a lo que nadie plantea objeciones; supone dejar de lado las cuestiones que hay que resolver, con el argumento de que no se puede llegar a un acuerdo en ellas. ¿Ha habido alguna vez una gran causa que se haya perseguido y ganado bajo la bandera yo estoy por el consenso?”.

Es posible que, con estas ideas, resulte más difícil sobrevivir en política. Pero para los que pensamos que los principios importan y estamos convencidos de que un político debe comprometerse a hacer aquello en lo que cree, estas palabras marcan el camino a seguir. Aguirre siempre fue una mujer de principios. Somos muchos los que la echaremos de menos. 


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