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Actualidad Económica

Hace unos días, en los atareados días previos a la Navidad, sin consenso alguno entre los dos grandes partidos, sin consultar siquiera al Comité Nacional de Bioética, sin apenas debate y votando a galope tendido, el Congreso aprobó la ley de la eutanasia. El problema de estas leyes tan «progres» es que se legisla sobre la emoción causada por casos singulares patéticos, en los que provocar la muerte resulta un acto de compasión. Recuerdo a Betty, una octogenaria holandesa que llevaba un colgante con la inscripción: » No quiero la eutanasia». Al preguntarle por qué portaba ese aviso, me contestó: » No deseo entrar inconsciente en un servicio de urgencias de mi país y toparme con un médico tan caritativo, que viéndome achacosa juzgue que me hace un favor despachándome al otro mundo». Lamentablemente, por muy garantista que sea una ley, la práctica suele distorsionarla y, aunque hagan falta varias voluntades para decretar una muerte, con el tiempo estas deciden de mutuo acuerdo con una rutina sistemática.

Aunque nuestros políticos no han querido escucharles, son mayoría los médicos que respetan el juramento hipocrático formulado 500 años antes de Cristo, que constituye un principio inalienable del derecho natural. La Asociación Médica Mundial lo enuncia así: » Jamás daréis a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna». A diferencia de la eutanasia, la ortotanasia o aceptación de la muerte a su debido tiempo, dejando morir al paciente sin emplear medios desproporcionados para mantener la vida, sí que respeta a Hipócrates.

Alrededor de 25 millones de personas mueren cada año en Europa sin acceso a cuidados paliativos, incluidos 180.000 niños. Esta carencia es dramática porque el envejecimiento de la población es acelerado, lo que implica que son más cada año quienes sufren en el final de su vida.

Fuente: Actualidad Económica

Nuestra primera variable hoy es la provisión de servicios de cuidados paliativos para los pacientes ingresados en los hospitales que proporciona la publicación Palliative Medicine [(2020, Vol 34(8)]. Luxemburgo con 0,84 puntos encabeza el ranking europeo. Le siguen Alemania (0,69), Austria (0,63) y Suiza (0,63). Sorprende que España (0,14) sea el antepenúltimo país en servicios de cuidados paliativos hospitalarios, tras Grecia (0,01) y Estonia (0,8). La media está en 0,37 puntos.

El segundo indicador es el índice de calidad del sistema sanitario publicado por la OMS. Los peores sistemas los sufren los tres países bálticos, mientras que los supuestamente de más calidad son Francia (0,994), Italia (0,991) y España (0,972). Es injustificable que nuestro país, ostentando el tercer mejor sistema sanitario de Europa, muestre la tercera peor puntuación en cuidados paliativos para los pacientes ingresados en hospitales. Es lamentable que Moncloa priorice la eutanasia a la asistencia a quienes sufren en su etapa terminal de la vida.

El genuino progreso no es alardear de que somos el sexto país que legaliza la eutanasia, sino disponer de unos cuidados paliativos, que no solo eviten el dolor, sino que también ofrezcan un entorno afectivo que mejore el ánimo e impida así la ansiedad y la depresión. La urgencia por legalizar la eutanasia revela el auge de una mentalidad utilitarista, para la que cuidar es malgastar el tiempo, porque la vida se valora en clave de rendimiento y éxito, vulnerando así el humanismo cristiano que fundamenta nuestra civilización occidental.


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