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En esta época se multiplican las afecciones del cuerpo y del espíritu, lo cual podría resultar extraño dado que son días familiares y de descanso, instalados en el buen comer y beber. Es una época de paz y felicidad. O de eso tratan de persuadirnos —o intentan imponernos— el ambiente, la empresa, los comercios, los anuncios, extraños y conocidos… ¿Por qué, entonces, aumentan de tal manera las depresiones estos días y la soledad acecha en cada esquina? Entre otros factores, dos son especialmente importantes. Por un lado, la nostalgia de lo que siempre debió ser. Y, por otro, lo impostado de la Navidad actual.

La nostalgia se predica de una suerte de reminiscencia en lo material y en lo sobrenatural. En lo material, la Navidad nos remonta a tiempos pasados de prosperidad y de abundancia. Sin embargo, lo verdaderamente relevante es el segundo plano, pues la Navidad nos traslada también a una época anterior de inocencia y felicidad que, en la amplia mayoría de los casos, se corresponde con los años de la infancia. Inocencia y nostalgia que tienen su razón de ser espiritual, pues podría argumentarse que la infancia se trata de un estadio donde el alma permanece más cerca de la divinidad. Así, estos días son como una puerta que se abre mostrando una calidez, amor y paz infinitos, pero que rápidamente se cierra, impidiendo acceder a tan agradable estancia, que tan sólo podemos vislumbrar fugazmente. Ni tan siquiera llegamos a traspasar el umbral.

A esta nostalgia le acompaña el artificial ambiente festivo, vacío por completo de su esencia, y en el que parecemos conformarnos con un sinfín de sucedáneos. Esta artificialidad del continente, carente de contenido, es de por sí agotadora, y se vuelve del todo insoportable ante tamaña impostura, pues no hay mayor afrenta que tratar de revestir la vileza de nobleza, el vicio de virtud. Y es que, en la Navidad actual, la soledad y el egoísmo no se transforman en caridad, sino en bullicio; la pobreza no se convierte en generosidad, sino en derroche… Todo ello indicativo de una degeneración inevitable, pues, como señaló G.K. Chesterton célebremente: “Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”. Nada hay que quebrante más el cuerpo, el ánimo y el espíritu.

Esta impostura se aprecia en la esencia de la Navidad, pero no con carácter excluyente. Obsérvese de qué manera nos vamos felizmente de vacaciones y festejamos haciendo oídos sordos al panorama asolador que se nos plantea ante la inminente formación del futuro Ejecutivo, o las dificultades económicas que a buen seguro atravesaremos si la política económica de quien nos gobierna se implanta a placer. Este último asunto pone a su vez de relieve un elemento muy característico también de estas fechas. La envidia. Envidia entre impostores, que compiten en vanidad; y envidia entre éstos y quienes celebran estas fechas de forma auténtica (que también los hay), pues nada detesta más la copia que al original; quien le recuerda todo aquello que pretende ser y no es. No es casualidad que bajo los valores que enarbola la izquierda dominante subyazca la envidia que opera disfrazada de (falsa) igualdad y redistribución —previa confiscación.

No obstante, la inevitabilidad de este estado de las cosas no es óbice para que sea remediable, pues las características espurias de la navidad que nos rodea son corregibles. Lo son ad intra, personalmente; así como ad extra, entre nuestros familiares, amigos, comunidad y país. Y esta noche es una magnífica ocasión para realizar este ejercicio corrector, disfrutando de una velada familiar que no sólo nos demuestra todo aquello a lo que habitualmente renunciamos, sino que también trae consigo la esperanza, pues pone de manifiesto una alternativa; un modo de vida infinitamente mejor que la desesperada rutina en la que muchos creemos vivir, cuando apenas logramos sobrevivir. Una alternativa encarnada esta noche por el Niño Dios que ha nacido. Feliz Nochebuena a todos y feliz Navidad.


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