02
oct

Hace unas semanas, un estudio traducía a datos y medidas algo que ya sabemos todos, aunque nos dé vergüenza reconocerlo: la mayoría de los humanos no elige una opción política que encaje con su ética, sino al revés. Es decir, primero adoptan una bandera, y luego, defienden las posturas éticas de los que la enarbolan.

En una época en la que la política cada vez versa más sobre “identidades”, sobre pertenencia a un grupo u otro, esto tiene consecuencias especialmente graves. Basta ver a los nacionalistas catalanes clamar por la presunción de inocencia de siete radicales, aunque dos ya hayan confesado haber fabricado y probado bombas para causar “estragos” como arma política. Ya lo habíamos presenciado en Alsasua, donde los supuestamente moderados nacionalistas vascos de Navarra han estado arropando a unos agresores confesos, azuzados por el sectarismo identitario local. ¿Cómo van a ser malos si son de los nuestros?

Lo que queda del Partido Socialista resulta aún más ilustrativo. La proporción de su electorado que vota por reflejo es enorme. “Yo soy de izquierdas”, “yo soy del PSOE”, y el resto de la foto pierde importancia. Con quién pacten, qué programa tengan, qué candidatos traigan, no importa. Estas personas votan al candidato de su tribu o se quedan en casa. Pero lo llamativo reside en que se muestran capaces de defenderlo pese a giros copernicanos como el del PSN, que, antes de las elecciones, quería un gobierno progresista sin nacionalismos, y después de estas, forma coalición con los nacionalistas conservadores. Este partido hace lo contrario de lo que prometió casi en cada mensaje de campaña, pero para muchos de sus votantes la nueva actitud resulta éticamente correcta, porque es la de su partido. Así, la elección política precede a la decisión ética. O, de hecho, la sustituye.

Solo de este modo se explican casos como el del ministro Grande-Marlaska. Una persona de cuya trayectoria profesional cabía esperar unos principios éticos sólidos de respeto a la ley, las libertades y opiniones ajenas. Y, sin embargo, lleva, desde que fue investido, dando muestras de que sus valores van muy por detrás de las conveniencias de su partido, si es que, directamente, no dependen de ellas. 

Marlaska se trata (no lo olvidemos) del responsable último de la seguridad ciudadana en toda España, y, si lo necesita, tiene la capacidad de intervenir para asegurarla. Pese a ello, en Cataluña ha permitido que se consolide el control político (y profundamente sectario) de los Mossos d’Esquadra, a través de un Departamento de Asuntos Internos abiertamente supremacista que maltrata a los agentes constitucionalistas. Esto pone en peligro nada menos que la neutralidad de las fuerzas de seguridad del Estado en Cataluña. Pero el PSOE ha decidido no remover el avispero. En consecuencia, para Marlaska no pasa nada, pese a que debería evitar que se extienda la radicalización.


Grande-Marlaska lleva, desde que fue investido, dando muestras de que sus principios van muy por detrás de las conveniencias de su partido, si es que no dependen de ellas


Un cometido puesto en entredicho, dado que la normalización de los homenajes a etarras (en su tierra y fuera de ella) representa justo lo contrario. También le correspondería vigilar la aparición de nuevos riesgos terroristas. Y siete de ellos han sido atrapados ya con las manos en la masa. Para colmo, su reacción no ha sido felicitarse por ello, sino abroncar a la Guardia Civil (que ha actuado todo el tiempo bajo dirección judicial). ¿La explicación a semejante comportamiento? Que a su partido no le conviene que la realidad interrumpa un buen argumento electoral.

Por otro lado, Marlaska pertenece al colectivo LGTBI, y se le supone criterio e información suficientes. Pero antes de la celebración del Orgullo Gay de este año, afirmó que el apoyo de Ciudadanos a Vox en esos temas (algo que no ha existido nunca) “tendría consecuencias”. Y justificó la encerrona y agresiones por parte de un grupo de manifestantes, muchos de ellos militantes socialistas, a la comitiva de Ciudadanos. Esto es, a un partido que defiende los derechos de ese colectivo a vivir en completa igualdad, pero que no es el suyo. La verdad, el respeto a los demás, la convivencia, la dignidad de su puesto, importan menos que intentar manchar de verde a Ciudadanos.

De este modo, Marlaska se convirtió en el ministro que encargó, aceptó y citó un falso informe policial sobre los incidentes del Orgullo Gay. Tan falso que los sindicatos han tenido que intervenir y denunciarlo para que lo dejara de usar. Sin embargo, esta falsificación no ha tenido repercusiones. Porque se hizo para justificar los actos y palabras del ministro. Porque se puso la lealtad al partido por delante de la ética.

Marlaska es, para terminar, el ministro que vuelve a las andadas cuando culpa al diputado Carrizosa por su expulsión de un Parlament en el que se estaba pidiendo la libertad de detenidos por preparar explosiones y la impunidad de presos por intentar una secesión ilegal. Para Marlaska, el problema no se halla en el sectarismo (la ética partidista, tribal) de los que expulsan, sino en los modales del expulsado. Porque los separatistas catalanes constituyen, para la agenda del PSOE, gente pacífica hagan lo que hagan, y los de Ciudadanos, por definición, crispadores, aunque tengan razón.

Hay mucha gente, por desgracia, que actúa igual. Esto afecta a votantes del PSOE, del PP, de Cs, de Podemos, de Geroa y de todos los demás. Los míos son los buenos a cualquier trance, precisamente porque son los míos. Y lo que hacen los otros es malo, se trate de lo que se trate, porque no lo son. Una pendiente por la que resulta fácil deslizarse hacia comportamientos sectarios. Este fenómeno explica la movilización de votantes alarmados porque “viene la derecha”, ese monigote oscuro al que llevamos más de 40 años demonizando.

Por supuesto, no siempre es así. Hay una parte de la población que no se siente atada a ninguna sigla, bandera o colectivo. Personas que escogen su voto en función de la ética que demuestran los actos y programa de los partidos. Gente que no permite a nadie taparse con su bandera, sea ikurriña, estelada, roja, rojigualda, morada o arcoíris.

Estos ciudadanos lo tienen difícil para conocer la realidad, a tenor de la calidad de los medios de comunicación y la escenografía opaca de los partidos, pero al menos, lo intentan. No simplifican. Se esfuerzan. Merecen todo el respeto, voten lo que voten. Brindemos por ellos.


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