02
jul
Vozpópuli

Durante la manifestación contaminante del 8-M una feminista radical de buen ver portó una pancarta providencial en la que se podía leer: «El machismo mata más que el coronavirus«. Luego hubo 45.000 fallecidos de los que el Gobierno sólo reconoce poco más de la mitad, pero así se malversa la historia. La semana pasada, el día de San Juan, fui a hacer la declaración de la Renta como todos los años. Este día febril, en el que, hasta la pandemia, se celebraba con hogueras el solsticio de verano, es el día más triste de mi vida. Naturalmente, la declaración de la renta me salió a pagar una cantidad considerable. Pero según mis amigos incorregibles de la izquierda tendría que estar muy contento. Sacramento, socialista recalcitrante, dice que ojalá a ella le saliera a pagar lo mismo, porque esto lo que demuestra es que gano mucho dinero. ¡Ojalá fuera cierto! Pero ya se sabe que los datos están reñidos con la izquierda, que vive de la fabulación y del resentimiento. Otro amigo periodista suele escribir por estas fechas que pagar impuestos es el signo más distintivo de la civilización. Así es este país delirante.

Todos los años, la Institución Civismo, que dirige mi también amigo Julio Pomés, celebra el ‘Día de la Liberación Fiscal’. La iniciativa es el producto de un estudio muy sencillo. Consiste en calcular el número de días al año que trabajamos exclusivamente para Hacienda. En 2019, cada español dedicó 178 días a esta tarea tan desagradable con la que casi todo el mundo cumple bajo coacción. Sólo a partir del 26 de junio lo que ha empezado a ganar cada ciudadano es renta neta disponible. A mi me parece una salvajada, hasta el punto de que dudo que merezca la pena seguir trabajando para que gracias a mi esfuerzo algunas instituciones se lo gasten en droga y prostitución, el PER siga funcionando perfectamente engrasado y ahora hayamos inventado un sistema de subvención a gran escala como el Ingreso Mínimo Vital por el que muchas familias perderán, con causa razonable, cualquier estímulo para integrarse en el mercado laboral legal. Yo pago los altos impuestos de España por obligación y con gran desaliento porque soy una perita en dulce. Tengo un seguro sanitario privado, no cuesto un duro a la Seguridad Social; no uso el transporte público porque lo detesto y porque todavía me lo puedo permitir, aunque lo costeo religiosamente para que el resto de la humanidad viaje ignorantemente subvencionada. Es decir, que, a efectos del Estado, soy un cuñado o un suegro perfecto. Me bajo los pantalones a diario.

Lo que no soy es tonto del todo. Si ya la situación presente es un drama en toda regla, el futuro es mucho más sombrío. Los socialistas que nos gobiernan y los medios adictos que les dan oxígeno a diario están empeñados en hacernos creer que hay que subir los impuestos de manera imperiosa porque nuestra recaudación fiscal está todavía siete puntos por debajo de la media de la Unión Europea, o sea que todavía hay mucha más madera que quemar. Este argumento, que a simple vista parece plausible, es sin embargo un despropósito colosal. Nuestra renta per cápita, que es el elemento clave de comparación con el resto del mundo, está entre un 20% y un 40% por debajo de los países de referencia como Alemania, como Francia, como el Reino Unido, como Holanda o como Dinamarca, por no seguir. Cuando tienes más renta per cápita, la recaudación fiscal es más alta por una simple cuestión de fuerza mayor que escapa a la capacidad de raciocinio de Adriana Lastra o de Echenique, que son los perros de presa de Sánchez y de Iglesias.

Presión fiscal efectiva

Lo último que hay que hacer en España es subir los impuestos. En ningún caso. No hay argumento económico que lo justifique. Y la razón es que los impuestos en España ya son muy altos. El que grava el patrimonio, que no existe en ningún país de la UE, es realmente salvaje. Los impuestos de Sucesiones y de Donaciones que todavía mantienen algunas autonomías inasequibles al expolio rozan la delincuencia. Tenemos un tipo marginal del Impuesto sobre la Renta de los más elevados de Europa, que además empieza a operar desde niveles de ingresos mucho más bajos que los de nuestros socios. A partir de 60.000 euros. Es verdad que hay muchas deducciones y desgravaciones que atenúan el tipo neto con el que finalmente contribuimos, y que probablemente deberían, algunas desaparecer, y la mayoría ser mucho más eficientes. Pero es completamente falso que nuestra presión fiscal efectiva sea menor si nos atenemos a lo que pagan los individuos como yo, las empresas del Ibex 35 -teniendo en cuenta lo que aportan a las haciendas de otros países donde ejercen su actividad-, y el gravamen correspondiente a las rentas del capital que genera una gran parte de los ciudadanos que por desgracia no han llegado a ser todavía ricos.

Por mucho que enoje a la izquierda, a los sindicatos viles y a los comunistas que están en el Gobierno, el sistema fiscal español se diferencia del de la media de la UE en que las clases medias bajas y de las de menos ingresos pagan muchos menos impuestos que en el resto de Europa. El IVA es un caso sangrante, porque no hay país comparable en el que tantos productos estén gravados a los tipos reducidos o mínimos. Y lo mismo pasa con los impuestos especiales que penalizan el consumo de combustibles. En pura lógica económica, estos son los que deberían elevarse en el futuro -jamás ahora-. Pero la izquierda se opone porque sostiene que son impuestos regresivos que pagan igual ricos y pobres. Completamente falso. Los ricos siempre pagan más impuestos que los pobres porque consumen más y porque consumen productos más caros con su IVA correspondiente, pero ¿cuándo le ha importado la verdad a la izquierda?

La crisis del virus ha suscitado la necesidad inexcusable de allegar recursos para costear los innumerables gastos que se necesitan para evitar que quiebre el mayor número posible de empresas y se sostenga el mayor número posible de empleos. Estos objetivos son loables, pero siguen siendo intelectualmente extraños a este Gobierno, que tiene poco aprecio por el sector privado y demasiado interés espurio en la subvención. No será fácil que acierte. Subir los impuestos equivale a condenar a muerte a las empresas que todavía están en condiciones de sobrevivir, matará las expectativas de la gente más productiva y emprendedora, y expulsará la inversión que podría llegar a nuestro país. Subir impuestos matará más que el coronavirus.

Los recursos que necesita un país tan sucio fiscalmente como España, por mor de los socialistas, deben llegar de Europa, pero esto exige una absoluta recomposición programática del actual Gobierno. Demanda una forma de pensar radicalmente distinta. Cada vez es más evidente que los recursos no van a girarse sin condiciones y que estas deben ser un plan de ajuste a medio plazo para reconducir los niveles criminales de déficit y de deuda pública en los que vamos a incurrir, así como un plan de reformas estructurales que empiece por hacer viable el sistema de pensiones, que flexibilice todavía más el mercado laboral y que introduzca mayor competencia en el sistema productivo. Esta es la única manera de que volvamos a atraer inversiones y de que los mercados vuelvan a confiarnos su dinero.

¿Turismo o industria?

Algunos ineptos, entre los que naturalmente está siempre la izquierda, pero también los empresarios interesados, dicen que ha llegado la hora de cambiar el modelo económico de la nación, desembarazándonos del peso notable del turismo para nutrirlo de más industria. Y bien amigos: ¿cómo se hace esto con un país que tiene el mayor fracaso escolar de la Unión Europea -producto del monopolio socialista de la educación- y en el que la nueva ministra ha aprobado una ley ideológica que va contra el sentido común, que castigará a los más desfavorecidos, y que está imposibilitada de raíz para suministrar los recursos laborales que precisaría un país más industrial? Que no, que no. Con este Gobierno no llegaremos jamás a buen puerto. Cuanto antes lo entiendan los del Ibex 35 que exigen consensos imposibles y fútiles, cuanto antes lo entiendan los melifluos que contaminan el Partido Popular, mejor. Los de Vox son los primeros que han interpretado bien el destino siniestro que cabe esperar de este Gobierno ruin.

La prensa progre ahora fabula. Como a veces hasta las hienas se muestran sensibles si tienen alimento suficiente, simulan estar alegres por este nuevo tono del PP, que parece dispuesto a apoyar la nueva normalidad y demás monsergas. Ahora alaban que ya no esgriman con intolerable insistencia los 45.000 muertos, ni que vayamos a padecer la mayor crisis económica del mundo porque hemos sufrido el confinamiento y el cierre empresarial más brutal, y porque es una evidencia empírica que este gobierno lo ha hecho el peor del planeta. Haría muy mal la derecha en confiarse, por mucho que la mayoría miserable del país reclame un consenso que es imposible con un Gobierno de carácter básicamente delincuencial. La prensa progre, las televisiones adictas, las cloacas del sistema perseguirán a la derecha hasta el final de los días, y no tendrán clemencia ni cuando la encuentren completamente sumisa y arrodillada.


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