13
jul
Expansión

Cualquier observador imparcial de los problemas de la Europa de hoy es consciente de que la unión monetaria no funciona bien y de que Grecia no es la única responsable. Es evidente que los griegos son los culpables de la actual crisis. Pero si las cosas están tan mal es porque el sistema, en su día, no fue bien diseñado. Si los dirigentes europeos reconocieran, por fin, este hecho, habríamos dado un paso importante para salir del impasse en el que nos encontramos.

En los primeros años, con una coyuntura favorable, la moneda única funcionó bien. Podemos preguntarnos cómo habría sido la evolución de la economía española –o la de las economías de otros países– si el euro nunca hubiera existido. Es razonable pensar, por una parte, que el crecimiento habría sido, en el período 2000-2007, más reducido del que en realidad tuvimos. Pero poca duda cabe, por otra, de que sin el euro habrían sido imposibles algunas de las burbujas que se produjeron en Europa y no se habría llegado al elevadísimo nivel de endeudamiento público que hoy tenemos. Lo más probable es que, vistos los antecedentes y la forma de gestionar la economía de muchos gobiernos, algunas de las antiguas divisas se habrían devaluado frente al marco alemán y a otras monedas fuertes, los tipos de interés habrían sido significativamente más altos y la especulación en inmuebles habría sido mucho menor. En otras palabras, las economías europeas habrían continuado por su senda habitual, consistente en generar periodos de crecimiento que los propios mercados financieros terminaban ahogando y devaluaciones que por un lado nos empobrecían, pero por otro hacían caer los precios y los salarios internos en relación con los precios internacionales; lo que, a su vez, permitía equilibrar el sector exterior y sentar las bases de un nuevo período de crecimiento. Parecía que, con el euro, muchos de estos problemas habían sido superados. Pero bastó la llegada de una fuerte crisis económica para que se pusieran de manifiesto algunos de los errores en el diseño de la moneda única.

Allá por el año 1999, poco antes de que el euro empezara a circular en los países que acababan de crear la unión monetaria europea, fui invitado a un seminario que se celebró en el Banco de España sobre este tema. Recuerdo bien que, en aquellos momentos, desde el Banco se apoyaba a la unión monetaria de forma incondicional y cuantas objeciones se presentaron en aquella reunión fueron rechazadas por irrelevantes o poco preocupantes. Yo planteé una. Supongamos –dije– que las empresas de un país pierden competitividad y, por razones de política interna, resulta imposible la reducción necesaria de los precios internos y de los salarios, y que su Gobierno, además, mantiene un gasto público elevado que genera déficits presupuestarios; ¿no se encontraría ese país con un problema muy grave y de difícil solución? La respuesta que se me dio fue la siguiente: el argumento es válido, pero tal cosa nunca ocurrirá. Y la razón es clara: el desastre al que se enfrentaría un país que aplicara estas políticas, tras haber perdido la capacidad de devaluar su moneda, sería tal que todos se guardarán muy bien de hacerlo. La idea de que el país iría al desastre resultó ser correcta, como sabíamos. Pero lo que sucedió en la realidad fue que, a pesar de ello, se aplicaron políticas irresponsables y la Unión no ha sabido, o no ha podido, ponerles freno.

MONEDA PARALELA

En los años ochenta y noventa se discutió ampliamente sobre posibles formas de diseñar la unión monetaria europea. El modelo por el que se optó finalmente fue uno basado en tipos de cambio irrevocablemente fijos de las divisas nacionales, que desparecerían al ponerse en circulación el euro, y se excluyó la vía de crear una moneda paralela que circulara simultáneamente con las divisas nacionales. Fui de los economistas que, en su día, defendieron esta posibilidad. Hoy, muchos años después, pienso que un modelo así habría permitido que Europa capeara mejor la crisis económica y, desde luego, habría reducido la gravedad del problema griego. Y es posible, por cierto, que éste encuentre una solución de emergencia en algún tipo de moneda paralela.

Uno de los peores efectos de la actual crisis es que los políticos y los ciudadanos griegos –y los políticos y los ciudadanos de otros países– se han envuelto en la bandera y reivindican de nuevo la soberanía nacional. Y esto es especialmente preocupante no sólo porque ha surgido una nueva ola del peor nacionalismo, sino también porque es absurdo tratar de mantener la soberanía nacional en política económica y, al mismo tiempo, formar parte de una unión monetaria. El euro –no lo olvidemos– se presentó como un paso decisivo en el proceso de unificación política de Europa, que llevaría a una mayor integración entre los pueblos que la forman. Pero lo que ha sucedido es, justamente, lo contrario.

Pocas veces las instituciones europeas han estado tan cerca de la ruptura, y nunca en mi vida había visto un enfrentamiento entre los pueblos del continente, con apelaciones incluso a los enfrentamientos del pasado, como el que ha surgido en los últimos años. Esta no es, me temo, la mejor forma de construir Europa.


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