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jul
Expansión

La idea de que el progreso técnico genera desempleo es tan antigua como la propia revolución industrial. Uno de los primeros sectores en los que se introdujo maquinaria de forma generalizada fue el textil. La utilización de la máquina de vapor permitió aumentar en un grado muy elevado la producción de tejidos y reducir, al mismo tiempo, el número de empleados que se dedicaban a esta actividad. El resultado fue, evidentemente, que muchos tejedores perdieron su puesto de trabajo. Pero no que el nivel de paro aumentara de forma global, a pesar de que las máquinas fueron introducidas en otros muchos sectores, en los que se registró un proceso similar. De hecho, en Gran Bretaña, que fue la primera nación industrial de la historia, el número de personas empleadas creció de forma sustancial en el siglo XIX a medida que el proceso de modernización de su economía se consolidaba. Y lo mismo ocurrió con los restantes países que, con el tiempo, fueron siguiendo el camino que había abierto Reino Unido.

La preocupación por los efectos que sobre el paro puede tener el progreso técnico han sido, sin embargo, permanentes a lo largo de los dos últimos siglos. Y se ha acentuado en las últimas décadas como consecuencia del desarrollo de la informática y la robótica. El argumento parece bastante claro: si para producir un número determinado de coches en una planta de montaje hacen falta muchas menos personas que antes; o si el uso de ordenadores permite tramitar más expedientes con menos personal en una oficina, ¿no es lógico que el desempleo aumente? ¿Y qué puede suceder cuando estos procesos de innovación se aceleren?

Comparativa

Lo cierto es que no sabemos cómo será la economía en el futuro. Pero tenemos datos claros que nos indican que, en el momento actual, cuando el desarrollo tecnológico ha alcanzado niveles inimaginables sólo hace algunos años, el número de personas empleadas en las economías avanzadas es cada vez mayor. La mujer se ha incorporado masivamente a actividades productivas fuera del hogar. Y, a pesar de todo, las tasas de paro en los países punteros de la economía mundial son extraordinariamente bajas -por debajo del 4% en EEUU, Alemania o Gran Bretaña- lo que significa, en la práctica, pleno empleo, ya que unas cifras tan reducidas son el reflejo de las personas que están en el proceso de cambio de ocupación, algo consustancial a las economías dinámicas. La gente que quiere trabajar, puede hacerlo, a pesar de los ordenadores, los robots y el resto de tecnologías.

¿Cómo es esto posible? La respuesta es bastante sencilla. Los análisis que se limitan a comparar el número de trabajadores en una determinada planta industrial o en un sector de la economía antes y después de la incorporación de nuevas tecnologías a la producción, presuponiendo que el resto de las circunstancias permanecen estables, son erróneos. Se limitan a lo que se percibe a primera vista; pero son incapaces de captar los cambios que las nuevas tecnologías están generando en el conjunto del proceso productivo en una sociedad moderna.

El desarrollo tecnológico tiene, al menos, dos efectos positivos en la creación de empleo. El primero, la generación de sectores y nichos de mercado que antes no existían, en los que nuevas empresas pueden obtener beneficios y elevan la demanda de trabajo. El segundo, el crecimiento de la productividad de la mano de obra, que va indisolublemente unido al progreso técnico. Esta mayor productividad tiene como efecto un alza de salarios, lo que implica un mayor poder de compra para los trabajadores. Y esto supone, a su vez, un gasto en consumo más elevado, que genera nuevos puestos de trabajo.

En resumen, la tecnología tiene un doble efecto sobre la creación de empleo. El primero, negativo, en cuanto permite realizar las mismas actividades con menos personal. El segundo, positivo, gracias a la creación de nuevos sectores y al crecimiento de la productividad. No es posible determinar, a priori, cuál de los dos tienen mayor peso; por lo que hay que analizar los datos y ver cuál es el resultado neto de dos fuerzas que actúan en sentidos contrarios. Y el resultado es claro: los efectos de creación de empleo son más importantes que los de destrucción de puestos de trabajo. Y es por ello por lo que hoy tenemos, al mismo tiempo, una tecnología más avanzada y un mayor número de ocupados.


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