08
jul
Expansión

Si los conflictos armados han estado presentes en nuestro mundo desde los orígenes mismos de la civilización, la existencia de guerras en las que interviene un número elevado de contendientes y que llega a afectar a territorios muy amplios es, lógicamente, un fenómeno mucho más reciente. A lo largo de su historia, Europa ha tenido cuatro grandes conflictos de esta naturaleza. El primero fue la denominada Guerra de los Treinta Años, que devastó buena parte del continente entre los años 1618 y 1648.

Su origen inmediato, como en tantos casos, fue un hecho bastante absurdo que ha pasado a la historia como la «defenestración de Praga». El término se explica por sí mismo: en 1618 un grupo de protestantes opuestos a la política procatólica de Fernando II, rey de Bohemia y emperador de Austria, tiraron por la ventana del castillo de Praga a dos de sus representantes. Parece que estos señores, afortunadamente, en vez de caer en el duro suelo lo hicieron sobre un montón de estiércol, lo que les permitió salvar sus vidas. Pero no es sorprendente que a Fernando II le sentara muy mal tal ataque y decidiera tomar represalias. El que se convertiría en el mayor conflicto de la Europa del antiguo régimen había comenzado. El mero hecho de hablar de católicos y protestantes en aquella época indica, de una forma bastante clara, cuál era el sustrato del problema. Desde la Reforma, Europa central había sufrido diversas guerras y enfrentamientos religiosos que, un siglo más tarde, estaban lejos de haber encontrado una solución.

Podría haber sido una guerra de religión más en Bohemia. Pero el conflicto se extendió a muchas otras naciones más allá de Europa central. Y España, Francia, las Provincias Unidas de Holanda, Suecia y Dinamarca fueron también beligerantes. Y, en menor grado, Inglaterra y Escocia fueron también, durante unos años, parte del conflicto. Lo que parecía un enfrentamiento por motivos religiosos se convirtió pronto en algo niuy diferente y las alianzas que empezaron a forjarse obedecieron a criterios puramente políticos. La católica Francia, por ejemplo, no dudó en aliarse con Suecia y con Prusia, ambas naciones de religión protestante, para combatir a Austria y a España, país al que en estos años acabaría sustituyendo congo potencia hegemónica en el continente.

Los daños causados por esta larga contienda fueron terribles y se calcula que el número de muertos pudo estar cerca de los ocho millones. Pero no todo el continente sufrió por igual sus efectos. Copio tantas veces ha ocurrido en nuestras guerras, los países del centro de Europa experimentaron el mayor número de fallecidos y las mayores desgracias de todo tipo para la población civil. Bohemia y buena parte de Alemania quedaron devastadas. Se estima que la población de Bohemia era a mediados del siglo XVII apenas un tercio de lo que había sido en 1618. Y las hambres y las matanzas abundaron por toda la región.

El conflicto terminó con dos tratados que han pasado a la historia con el nombre de Paz de Westfalia. Estos acuerdos han sido considerados por diversos historiadores de forma muy positiva, ya que en ellos se establecieron algunos principios muy importantes, como el de la tolerancia religiosa y el de la integridad territorial y el respeto a las fronteras. El problema de este último punto era que mantenía, de facto, la complejísima estructura de estados que existía en Alemania; y que de la idea del «Estado-nación» -que suele considerarse que se consolidó en Westfalia- quedaron excluidos los alemanes.

En su esfuerzo por debilitar al imperio austriaco, los franceses reforzaron la posición de Prusia, lo que tendría en el futuro efectos inesperados para ellos. Desde el siglo XVI, la política europea había tenido corno uno de sus ejes la rivalidad entre las dos principales casas reales del continente: los Habsburgo -que controlaban los imperios austriaco y español- y los borbones -que eran los reyes de Francia-. Ya en el siglo XVIII, Prusia surgiría como una nueva gran potencia. Y Federico II sería capaz de luchar simultáneamente contra las dos poderosas dinastías que gobernaban Austria y Francia, y derrotarlas a ambas. De hecho, a pesar de los acuerdos de Westfalia, los ciento cincuenta años que transcurrieron desde la firma de los tratados de paz hasta la Revolución Francesa no fueron especialmente pacíficos en Europa Aunque, desde luego, ninguno de los numerosos conflictos de aquellos años se aproximó remotamente a lo que la Guerra de los Treinta años había representado para nuestro continente.


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