10
feb
La Razón

Artículo escrito por Juan Ramón Rallo

Los costes de una posible independencia de Cataluña son inciertos porque las condiciones y los términos en los que podría producirse también lo son. A día de hoy sólo cabe especular cómo tendría lugar esa separación y, en este sentido, un escenario bastante probable es que ésta se produjera a cara de perro, por tanto, con enormes pérdidas para ambas partes. Al respecto, la red de «think tanks» europeos Epicenter ha tratado de estimar cuáles serían los costes de este divorcio inamistoso para Cataluña, y los principales problemas de acuerdo con esta institución serían los siguientes. Primero, una alta deuda pública inicial para el Estado catalán recién constituido, del 126% del PIB. Es verdad que ese nivel de pasivos estatales sería muy similar al que ahora mismo exhibe España, pero existen dos diferencias cruciales. Por un lado, que España ya posee una estructura de recaudación impositiva funcional y relativamente estable, mientras que, al menos en un comienzo, la capacidad recaudatoria de una hacienda catalana sería como poco cuestionable. Por otro, que España cuenta con acceso directo al BCE, lo que permite que éste ayude a refinanciar a bajos tipos nuestra deuda. En cambio, una Cataluña independiente, aun cuando mantuviera el euro como moneda, no tendría acceso al BCE, lo que complicaría enormemente su viabilidad.

Algunos líderes independentistas han sugerido que una secesión no pactada conllevaría por su parte el repudio de la deuda pública que pudiesen heredar de España, pero si ello fuera así resultaría muy complicado que Cataluña mantuviera como moneda el euro (dado que su capacidad para endeudarse, en euros, en los mercados se vería seriamente limitada), de manera que tendría que adoptar una divisa propia que, al menos en un principio y tras un default previo de esas magnitudes, es muy probable que sufriera una importante depreciación. Con la depreciación, las importaciones de Cataluña se encarecerían mucho y, tratándose de un país pequeño, su capacidad para autoabastecerse de muchos bienes sería limitada. Y, en tercer lugar, si bien cabe pensar que la depreciación también estimularía sus exportaciones, lo más probable en una secesión no amistosa es que, durante un tiempo, el resto de países europeos impusieran elevados aranceles a las exportaciones catalanas, lo que dañaría su tejido productivo.


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