29
abr

Son varias las lecturas que se pueden extraer de los resultados de estas elecciones generales. Una de ellas, cómo repercutirán en dos cuestiones fundamentales: el fortalecimiento de los partidos nacionalistas vasco y catalán, y la crisis económica que acecha a España. Al hilo de esto, surge la pregunta de si la izquierda –PSOE y Unidas Podemos— se perfilará como una alternativa suficiente para afrontar esos dos flancos abiertos, teniendo en cuenta la fragmentación de la derecha.

En un análisis previo, la matemática electoral señala el triunfo de la movilización de la izquierda ante el miedo a Vox. Así, el partido de Santiago Abascal les ha hecho la campaña, al sentar las bases de la fragmentación de la derecha. A ello se suma que la izquierda, históricamente, tiene una capacidad de movilización superior, principalmente por lo que se conoce como el ‘uso del lenguaje’. A diferencia de la derecha, que apela a su ego como herramienta, utiliza el factor miedo para poner en marcha a su electorado. Claro está, el miedo mueve mucho más que el ego.

También hay que subrayar que Vox no ha tenido el tirón que sí demostró Unidas Podemos en su primera irrupción parlamentaria —70 escaños frente a los 24 de la formación verde—, y esto ha infligido muchísimo daño a la derecha. En ese sentido, el partido de Abascal, como él mismo reconoció tras conocerse los resultados, “ha pasado de la reconquista a la resistencia”. Se quedan, pues, con el síndrome de aquello que pudo ser y no fue;una posición que contagian al Partido Popular, y que les resta puntos de cara a convertirse en líderes de la oposición.

En cuanto al PSOE, se abre la posibilidad de que una sus fuerzas con Ciudadanos. Una empresa que, sin embargo, no se antoja fácil, dado que la formación naranja, en su declaración de intenciones, afirmó no querer pactar con amigos de los anticonstitucionalistas. Por su parte, el PSOE tiene complicado explicar a sus electores esta posible coalición, por el cordón sanitario con el que, a su juicio, Ciudadanos tiene atados a los españoles. Por tanto, un Gobierno de centro-izquierda parece una opción, sí, pero muy espinosa.

Visto este panorama, ahora hay que volver a la cuestión inicial. ¿Tendrá la izquierda argumentos sólidos y eficaces para abordar el auge de los partidos nacionalistas y la crisis económica? Cierto es que la pregunta está planteada en términos futuribles, ya que resulta imposible saber con certeza qué ocurrirá. Aun así, existen precedentes que permiten poner en tela de juicio la capacidad de estos partidos respecto a los problemas mencionados.


¿Tendrá la izquierda argumentos sólidos y eficaces para abordar el auge de los partidos nacionalistas y la crisis económica?


Ni PSOE ni Unidas Podemos han mantenido una postura firme sobre el independentismo, ya sea catalán o vasco, más allá de la especulación electoral. Una estrategia que, al menos hasta la noche del 28-A, les ha funcionado. Y de qué manera. Pero, a partir de ahora, pasan a un nuevo estadio, en el que tendrán que especificarles a sus votantes, y a todos los españoles, qué soluciones aportan.

Por otro lado, basándonos en el laberinto fiscal que ambos partidos entretejieron durante sus campañas, se puede albergar la casi total seguridad de que apuestan por un aumento de ingresos vía subida de impuestos. Como bien dijo Alexis de Tocqueville, tanto en una revolución como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final. La lógica económica en este país indica que, ante un escenario similar, la creación de empleo —la gran preocupación actual de los españoles— no suele tirar precisamente al alza. En varios campus universitarios, ya se está escuchando el lamento y la queja de los estudiantes que se gradúan este año: “Justo cuando estábamos empezando a buscar trabajo, nos viene esto”.

En fin, El PSOE ha ganado las elecciones generales, y se ha impuesto la España que no quieren los españoles. La izquierda suma lo suficiente para gobernar, posibilidad que queda fuera del alcance de la derecha por el efecto Vox. Se trata, por ello, de un triunfo con sabor a inestabilidad, a causa de la crisis económica que ya asoma, de la que está por venir, y del fortalecimiento de los partidos nacionalistas vasco y catalán. El final de una novela o de una revolución siempre es muy difícil de inventar.


Deja un comentario