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sep
La Verdad de Murcia

El progreso tecnológico, económico, la imparable conquista de derechos y libertades… Todo ello es fruto de constantes comparaciones con el pasado, pues, como especie, los seres humanos cada vez damos mayores saltos, en un avance más logarítmico que lineal. Sin embargo, hay otros rasgos que caracterizan nuestro tiempo, igual que lo hicieron en otros siglos, como el pensamiento tribal. La pertenencia a un grupo, la defensa de una ideología, la práctica de una religión, etc. dotan de sentido las vidas de muchos, que ven corroborados sus planteamientos vitales por parte de la caja de resonancia en la que habitan. Así, observan cómo su legado (patrimonial, biológico, etc.) continúa rodeado de las mismas señas de identidad, en una homeostasis quizá conformista, pero sin duda efectiva si la perpetuación es el objetivo. La tribu, al margen de la definición que de esta se adopte, hace la vida más sencilla. El número de fracciones en las que puede dividirse la humanidad resulta incontable y la pertenencia a una o muchas de ellas resulta un instrumento eficacísimo para una vida sin sobresaltos.

Todo ello no es sino una consecuencia natural de la dimensión social del hombre, a la que se unen posteriormente las estructuras de poder tanto verticales (jerarquías) como horizontales, y que dan lugar a un no tan natural colectivismo, el cual trae consigo numerosos inconvenientes para el pensamiento y la libertad personal. El pensamiento individual tiene cabida dentro del grupo en función de cuán férreo sea este y el fervor con que defienda sus ideas e intereses. Así, la tribu puede resultar peligrosa, pero el pensamiento tribal siempre lo es, pues limita nuestra libertad gravemente.

La tribu es capaz de convertir concepciones erróneas en aceptables, cayendo en una suerte de argumento ‘ad populum’ de lo más mundano, pues ni tan siquiera se trata de una opinión generalizada, sino de apariencia generalizada, que no llega más allá de los lindes de la tribu. Así, hay ciertas convicciones que tan solo tendrían cabida dentro de esta, mientras que, esgrimidas en solitario, harían que su propulsor fuese catalogado de enajenado o se le sometiera al castigo de la irrelevancia. Sin embargo, la tribu puede obrar milagros al crear, blindar y exportar con un afán expansionista, no carente de agresividad, un pensamiento, por ejemplo, carente de cualquier rigor científico. Así lo desgrana magistralmente Douglas Murray en su último libro, ‘The Madness of Crowds’, en el que explora la preocupante deriva de las tribus que han abrazado, en un colectivismo monolítico, tres de las corrientes más prominentes en el presente siglo: la raza, el género, y la política identitaria, examinando algunas de las principales líneas de falla de la actualidad como el feminismo o la raza, estandartes de la guerra cultural en la que estamos inmersos independientemente de nuestro alistamiento en cualquiera de los bandos contendientes.

Lo importante son las ideas, no las etiquetas o tribus. Estas últimas cambian tras sucesiones en su liderazgo, que acostumbran a moldear a los acólitos a su imagen y semejanza. En eso se traduce la doble victoria de los relevos de las cúpulas: el acceso al poder, y la reconfiguración por diferentes vías de la estructura, lo que, a su vez, contribuye a la posterior protección de la renovada tribu.

A menudo, es tal la lealtad de sus seguidores, que las modificaciones sufridas por el ideario siempre resultan justificables o, como poco, excusables. Y la lealtad, donde no llega, se suple con la ignorancia (recurso nacional inagotable) de aquellos que ni siquiera se percatan de la deriva del partido al que apoyan. De vez en cuando, quienes han desarrollado un poco frecuente pensamiento individual y batallan, sin ningún tipo de rubor, por sus convicciones personales, que no tribales, quedan atrás cuando el grupo se desplaza a otra parte en busca de réditos. Esta firmeza, sin embargo, lejos de recibir el premio de la tribu, sufre el castigo y el descrédito interno (y, a veces, atrae la loa externa). La destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso constituye el ejemplo más reciente de este fenómeno.

Ante este clima, preocupante no por nuevo, sino quizá precisamente por antiguo, se requiere una profunda honestidad intelectual, con el fin de que nosotros mismos cuestionemos nuestras propias ideas con rigor y escuchemos las críticas de otros, de modo que podamos llegar a la mejor versión de nuestro argumento y desechemos aquellos que no se sostienen fuera de la circunscripción de la tribu. De lo contrario, nos hallaremos siempre rehenes del pensamiento tribal, ese que impide que España plante cara como un bloque unido a los retos a los que nos enfrentamos. Un mínimo común denominador que siempre ha sido importante, pero que ahora también es urgente.


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