17
may

El pasado 18 de abril, el humorista David Suárez escribía en las redes sociales una muy desagradable “broma” que no reproduciré en estas líneas. Y, como no podía ser de otra forma, el humorista fue despedido de su lugar de trabajo por el polémico chiste; en parte por la presión social y las denuncias interpuestas por los usuarios de las redes y telespectadores. Situaciones similares muy sonadas fueron las vividas por el actor Willy Toledo y el rapero Valtònyc. En ambas ocasiones, se desató una importante reacción social y mediática que criticaba que sus casos fueran judicializados. Por tanto, sigue abierto y totalmente vigente el debate sobre qué es libertad de expresión y qué no, si puede resultar ofensiva, y, más complejo todavía, quién define esto último.

En efecto, hablar de la libertad de expresión equivale siempre a adentrarse en un maremágnum de explicaciones y justificaciones, con las que se trata de aclarar una cuestión que, así, paradójicamente, no sólo se vuelve más confusa, sino también insatisfactoria. Para poder abordar correctamente la libertad de expresión, no es posible obviar sus límites. En este sentido, parece lógico que éstos estuvieran castigados, pero lo cierto es que resultan excesivos en no pocas ocasiones. Más aún cuando estamos hablando de “humor”. En este punto, el territorio firme se vuelve pantanoso. Por tanto, una ley sancionadora jamás debería poder actuar en contra de una persona únicamente porque ésta hubiera realizado burdos comentarios.


En vez de recurrir a la ley para poner barreras a la libertad de expresión, lo sensato sería un reproche generalizado hacia quienes faltan al respeto de una manera gravosa


Por ello, en vez de recurrir a la ley para poner barreras a la libertad de expresión, con todo lo que esto entraña de peligroso y delicado, quizá lo sensato sería preguntarse por qué no existe un reproche generalizado hacia quienes faltan al respeto de forma gravosa. Aquellos que son incapaces de comunicarse con los demás cortésmente deberían ser ignorados y apartados de toda consideración. Sin embargo, si esta condena social no se produce, se debe a que, en su momento, abandonamos toda obligación ética y moral, para sustituirla, sin reparo alguno, por paupérrimos sucedáneos; por un falso correccionismo político aplicable únicamente a casos concretos. Así, se ha suplantado lo trascendental de la convivencia en sociedad por un voluntarismo relativista y miope que tiende al más pútrido individualismo, a cuyo favor rema la política de hoy.

Esta vez, el cómico ha sido reprendido por su salida de tono, en gran parte por la sensibilidad que despierta el asunto (pues ya vimos cómo actuaban los vendedores del templo cuando Campeones se llevó el Goya a mejor película); pero esta sensibilidad hipócrita desaparece en el momento en el que, precisamente, es lo trascendental lo que se ataca. Habría que cambiar el enfoque y que la máxima a seguir no fuera «no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran», sino «haz por los demás lo que te gustaría que hicieran por ti»; dos extremos que, aunque parecen iguales, son radicalmente distintos. Mientras el primero tiende a la mediocridad, el segundo aspira a lo más bello, bueno y verdadero.


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