18
sep

La izquierda moderna es una enfermedad que trata de extenderse en todos los ámbitos de la vida, no solo en el de la política. Intenta convertir cada uno de ellos en una batalla ideológica en la que ostentar la superioridad moral. Lo hemos visto en el ecologismo y en el feminismo, y ahora, asistimos a cómo pretenden, a través de ideas cotidianas, modificar nuestros comportamientos: cómo nos duchamos, qué comemos, cuántos hijos tenemos, cómo los criamos…

Y todo ello con la presión añadida de “si no haces lo que yo y mis expertos te decimos, eres un fascista, racista, xenófobo y machista”. Se da alas a batallas que creíamos ganadas, como la del libre mercado. ¿Pero sabéis qué? El crecimiento económico que el mundo ha experimentado en los últimos 200 años no se debe a ninguna de esas ideas viejas, recicladas por ideólogos que representan todo lo que dicen odiar. Se debe, únicamente, al libre mercado, a ese capitalismo que, sin duda, nos ha hecho más humanos, entendiendo por tal la defensa del individuo y que nada esté por encima de él.

Pero volvamos a esos ideólogos, esos padres de la izquierda que todos los “abogados de lo correcto” dicen defender. ¿Son ellos ejemplos a seguir? Al fin y al cabo, hemos visto durante los últimos años cómo los nuevos moralistas han estado, poco a poco, eliminando a las figuras históricas que han servido como referente ético a la sociedad, hasta dejarla coja, y con una única intención subyacente: reemplazar ese vacío con sus ideas antilibertad. Por eso llevamos tiempo escuchando que todo aquel que ha contribuido a algo en el mundo occidental es racista, machista y xenófobo. Al final, ellos sí pueden juzgar a personas de hace 1.000 años bajo los estándares actuales.

Ahora bien, ¿quiénes son los racistas de verdad?, ¿y los xenófobos de verdad?, ¿los machistas?, y ¿quiénes los más antisemitas? Igual alguien se sorprende, pero la izquierda se lleva la puntuación más alta en todas las preguntas. Sus padres fundadores, allá por todos los rincones del mundo, no son más que personas resentidas, con mucho odio en su interior y hacia los demás, que es lo que ha movido a la izquierda. Sobre eso, Karl Marx sabía mucho.


¿Por qué Marx es adorado por los defensores de este nuevo paradigma ético?


Primero, tenemos que hablar de su cruzada contra los judíos. Esa aversión que sentía por los suyos propios puede incluso afirmarse que inspiró al mismo Hitler, ya que, al final, este copió su estilo. No olvidemos que Marx, en su libro La cuestión judía, ya los atacaba de manera frontal, convirtiéndolos en el chivo expiatorio de cualquier conflicto. Pero no se quedó en ese antisemitismo; su odio racial se extendía también hacia los negros, y su percepción del rol de la mujer creo que no gustaría a las feministas de hoy.

Y, sin embargo, ¿habéis visto a alguien criticar a Marx por sus ideas últimamente? Es más, hemos presenciado todo lo contrario; mientras grupos de moralistas de izquierdas retiran estatuas o los nombres de las calles que homenajean a personas que, sin duda, han contribuido a crear una sociedad mejor, líderes europeos inauguran estatuas del creador de la ideología más asesina de la historia del ser humano. ¿A qué se debe esta doble moral? ¿Por qué Karl Marx u otros son adorados como dioses por los defensores de ese nuevo paradigma ético? Pues porque es un socialista como ellos, y todas las barbaridades pueden perdonarse si ayudan a expandir la visión de esa ideología totalitaria que pretende acabar con el individuo. No permitamos que alguien que venera a un racista como Karl Marx o a un homófobo como el Che Guevara nos dé lecciones de moral. La próxima vez que un socialista te adoctrine, déjale claro lo hipócrita que resulta con su doble rasero, aplicado solo a quienes no piensan como él.


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