03
nov
El Economista

El Fondo de Reserva de la Seguridad Social se creó en el año 2000 como una hucha que sirviera para garantizar el sistema público de Seguridad Social. En sus primeros once años de vida no hizo otra cosa que crecer hasta alcanzar el máximo de 66.815 millones de euros. Pero llegó la crisis de la deuda de la eurozona y con ella las cifras de paro en España alcanzaron cotas máximas que superaron el 20 por ciento, lo que llevó al Gobierno a recurrir a ese excedente que se había generado en los años anteriores para poder seguir pagando, ya no solo las pensiones de una población cada vez más envejecida, sino también las pagas de los funcionarios.

Esto explica que la llamada hucha de la pensiones cerrara el año pasado con un patrimonio de 15.020 millones de euros, lo que le ha hecho caer hasta el puesto 252 en el ránking de grandes fondos de pensiones que elabora la consultora Willis Towards Watson, cuando hace apenas un año se situaba en el puesto número 103. Y eso que el ránking no tiene en cuenta los 3.514 millones de los que echó mano el Ministerio de Empleo en verano para pagar, junto con un préstamo de Hacienda, las pagas extra de verano de los funcionarios.

¿Llegará a 2018?

La negativa evolución que ha tenido el Fondo de Reserva en el pasado y la proyección de que la sangría siga produciéndose en el futuro –es de esperar que se vuelva a recurrir a la hucha para pagar las extras de Navidad– ha llevado a la consultora a pronosticar su extinción tan pronto como el año que viene. “La situación es ciertamente preocupante, por lo que es necesario tomar medidas correctivas con urgencia, no ya para la supervivencia del Fondo de Reserva, para lo que quizá sea tarde, sino centradas en la sostenibilidad del propio sistema de Seguridad Social”, apunta Gregorio Gil de Rozas, responsable de jubilación de Willis Towers Watson España. Una idea con la que coincide Miguel Ángel Bernal, profesor del IEB: “Yo no creo ni que llegue a diciembre de 2018 y dudo de que sobreviva tras el verano, con la paga extra de los funcionarios. La Seguridad Social debe realizar medidas y reformarse porque el traje ya no le da para más”.

Pero, ¿qué implicaría la extinción de la hucha de las pensiones? Básicamente, que a partir de ese momento habría que buscar una financiación diferente. “No poder recurrir a esta caja implicará que aumente el déficit (ahora es del 0,5 por ciento del PIB), salvo sorpresa de que empiecen a aumentar las cotizaciones salariales. Eso o que se pidan créditos contra la propia caja de la Seguridad Social para evitar que se quede a cero”, afirma el economista Javier Santacruz. De hecho, a esta segunda variable es a la que se recurrió ya en el mes de verano, cuando el Tesoro prestó a la Seguridad Social 5.986 millones. Además, en esta negativa proyección que manejan para el Fondo de la Seguridad Social también influye la poca diversificación en la inversión que tiene el mismo que está invertido en un cien por cien en deuda pública española. Un tipo de inversión que en los últimos años ha funcionado gracias sobre todo al “whatever it takes” de Mario Draghi pero que ahora, en el inicio del fin del programa de estímulos, puede volverse en contra. De hecho, el 0,90 por ciento de rentabilidad interanual que obtuvo el Fondo en el año 2016 dista mucho de parecerse al 11,85 por ciento que consiguió en 2014, en pleno rally de la deuda soberana.

Y el aviso que hacen los expertos a los inversores conservadores puede trasladarse también a los gestores del fondo. “Las únicas opciones que tienen hoy los conservadores es asumir rentabilidades del 0 por ciento o incluso negativas o irte a riesgo”, apuntaba recientemente Santiago Satrústegui desde Abante Asesores. “Si uno es un inversor conservador debe saber que sin asumir nada de riesgo es imposible obtener una rentabilidad decente de la cartera”, confirma Stefan Scheurer, analista de mercados de capitales de Allianz Global Investors. Invertir el 100% en deuda pública, y española, puede empezar a volvérsele en contra.

Esto explica por qué los grandes fondos de pensiones no han hecho otra cosa en los útimos años que reducir su exposición a bonos para aumentarlo en renta variable y activos alternativos hasta el punto que hoy los veinte mayores del mundo invierten en bonos el 37 por ciento de su cartera frente al 41 por ciento que destinan a renta variable y el 21 por ciento a los activos alternativos. En España este aumento de la diversificación también ha llegado a los planes de pensiones privados: hoy destinan un 24,6 por ciento de la cartera a deuda pública española frente al 35,3 por ciento que suponía en sus carteras de media hace apenas tres años.