05
feb
Huffington Post

En las últimas semanas se ha hablado mucho del crecimiento de la economía española. Los datos a cierre del cuarto trimestre, publicados hace tan solo unos días por el Instituto Nacional de Estadística (INE), proyectaban ese 2% decrecimiento con el que la economía española ponía el broche de cierre al 2019. Un crecimiento que sigue siendo muy superior a nuestros homólogos europeos, pero que muestra una clara insuficiencia para una economía española en clara desaceleración.

Como digo, estamos hablando de un 2% que, en contraste con el promedio de crecimiento de los países europeos, sitúa a España en un lugar destacado, al desmarcarse de la media europea. De acuerdo con las previsiones, hablamos de un crecimiento medio del 1,2%, que se acentúa a la baja cuando miramos a países como Alemania, el cual ha cerrado con un crecimiento del 0,6%. España, ante los datos, sí muestra un mayor dinamismo en su PIB, situándonos como el país con mayor crecimiento de la totalidad de integrantes del bloque comunitario.

Sin embargo, a diferencia de Alemania, también, España fue de los países peor calificados en los últimos informes publicados por Eurostat. La oficina de estadísitica europea resaltó la mala situación que atraviesa España en determinadas particularidades, como el empleo. Mientras alardeamos de un mayor crecimiento, en contraste con nuestros homólogos, por otro lado, también podríamos resaltar otras cifras -más llamativas incluso- como el desempleo o los niveles de déficit. En esas variables, aunque poco interesantes para un recién estrenado Gobierno, también vemos una clara diferencia con los homólogos europeos.

Y, dicho sea de paso, Europa ha avisado de la mala situación a España en numerosas ocasiones. Unos avisos que han ido muy enfocados a ejercer presión a España para que se solventen aspectos como los excesivos niveles de déficit, o el insostenible desempleo estructural que posee el país. Hablamos de la segunda mayor tasa de desempleo de la Unión Europea -la mayor en desempleo juvenil-, así como un ratio de deuda/PIB que se acerca muchísimo al 100%, esperando alcanzarlo tras la aprobación de unos Presupuestos en los que se contempla un fuerte incremento de gasto público.

Esta situación para España no es novedosa. El empleo está sufriendo un gran enfriamiento, en línea con la desaceleración económica que vive el país. Pese a los crecimientos registrados, las previsiones que pronostica el Fondo Monetario Internacional (FMI) nos muestran una mayor desaceleración para los años próximos, donde el organismo fijaba el crecimiento para 2020 y 2021 en el 1,6%. Si contrastamos estos registros de crecimiento con las tasas que registraba España hace unos años, antes del deterioro del ciclo expansivo en el que estábamos inmersos, hablamos de un crecimiento superior al 3%.

Cuando sale una cifra que podemos considerar óptima, al poco tiempo sale otra que destruye todas las esperanzas fundadas.

Esta desaceleración está provocando fuertes ajustes en determinadas variables, especialmente en el empleo. Alemania, con un 0,6% de crecimiento, y tras enfrentarse a la dura situación que vive su sector exterior y su industria -del que depende gran parte de su PIB-, ha conseguido generar empleo dentro de los parámetros de pleno empleo que ya registraba. España, sin embargo, con un crecimiento del 2%, no ha sido capaz de reducir su empleo por debajo del 13,8%. Los niveles siguen siendo desorbitados, en un escenario en el que hemos atravesado un ciclo expansivo sin conseguir reducir los niveles a cifras óptimas.

El crecimiento se agota y nuestro país sigue registrando un gran número de parados en su sociedad. Para más inri, la reforma laboral que pretendía impulsar la creación de empleo, en su día, y que, de acuerdo con las previsiones de BBVA Research, salvó la destrucción de cerca de un millón de empleos, pende de un hilo tras los reiterados deseos del nuevo Ejecutivo de suprimir la flexibilidad que esta aportaba. Ante ello, la situación con el empleo se vuelve pesimista, pues es un riesgo acabar con una flexibilidad que ha salvado al país de una tasa media de paro del 17%.

Además, esa misma flexibilidad de la que hablamos, en estos momento y a costa de un empleo más precario -todo sea dicho-, era uno de los principales generadores de empleo, como hemos estado viendo. La dualidad en los contratos y la posibilidad de conformar contratos temporales estaba impulsando una creación de empleo que, aun siendo de menor calidad, modificaba a la baja nuestros elevados niveles de desempleo. Unos niveles que, tras las amenazas, vuelven a mostrarse agitados y con un fuerte empuje al alza.

Contando con la estacionalidad del empleo, los datos que nos ofrecen los registros de empleo durante el mes de enero muestran ese claro enfriamiento en el empleo del que hablábamos. De acuerdo con el Ministerio de Seguridad Social, un enfriamiento que ha provocado la destrucción de 244.000 empleos, aproximadamente. Estamos hablando de una fuerte destrucción impulsada por el fin de una descafeinada época navideña, con retrocesos más intensos en determinados sectores. Para hacernos una idea, hablamos del peor dato desde 2013.

España sigue soportando muchas vulnerabilidades. Cuando sale una cifra que podemos considerar óptima, al poco tiempo sale otra que destruye todas las esperanzas fundadas. Dentro de la racionalidad económica, debemos dejar de lado esa autocomplacencia que nos lleva a conformarnos con tasas de crecimiento en el PIB y comenzar a trabajar por otras variables que, a diferencia de esta, sí afectan a la sociedad civil. De nada sirve crecer al 2% si ello no lleva a crear más empleo y aumentar el número de trabajadores en activo.


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