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nov
Actualidad Económica

Del 2 al 13 de diciembre, tendrá lugar en Madrid la vigesimoquinta edición de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones de Unidas sobre Cambio Climático (COP25). Esta cumbre iba a tener lugar en Chile, pero se canceló por la violencia que vive el país. Nuestro Gobierno ha arriesgado su prestigio turístico por atreverse a organizar, en un mes, un evento que se suele preparar con un año de antelación.

El objetivo primordial de esta reunión será cerrar el único punto pendiente del Acuerdo de París de 2015: el controvertido artículo 6, que ha venido bloqueando las negociaciones. Actualmente, existe un mercado en el que los países comercian con sus derechos de emisión de CO2, comprando, vendiendo o intercambiando bonos de este gas.

Así, si un país desarrollado invierte en un proyecto de energías renovables en otro estado, puede registrar dicha inversión como parte de sus políticas de lucha contra el cambio climático. Por otra parte, estos resultados se pueden contabilizar, bien como contribuciones al nivel nacional propuesto por Naciones Unidas, bien para otros propósitos. Se trata del caso de las aerolíneas, que deben cumplir con el esquema de compensación y reducción de emisiones que propone la Organización de la Aviación Civil Internacional. Por ello, lo que se pretende con este artículo 6 del acuerdo es evitar la doble contabilidad de los países en el uso de los derechos de emisión a fin de cumplir con sus objetivos climáticos respectivos.

En España, la disminución de emisiones de CO2 en 2018 respecto al año anterior se ha cifrado en un 3,2%, superando al conjunto de la UE (-2,5%). Los estados con mayores descensos han sido Portugal (-9%), Bulgaria (-8,1%) e Irlanda (-6,8%). Los que más las han aumentado, Letonia (8,5%), Estonia (4,5%) y Luxemburgo (3,7%).

Fuente: Actualidad Económica

La cumbre que tendrá lugar en Madrid debiera ir más lejos que la simple regulación de los derechos de emisión, y buscar que los científicos se pusieran de acuerdo sobre cuánto y cómo afecta la contaminación al clima. Hay demasiado profeta de desgracias que vive de prevenir contra el cambio climático y que impone el estereotipo políticamente correcto que más le conviene.

En cambio, nadie habla de lo difícil que resulta descontaminar las baterías de litio de los coches eléctricos, a los que se denomina ecológicos. Ni del hecho científico de que el nocivo efecto invernadero lo produce en mayor proporción el inocente vapor de agua que el malvado CO2. Ni de la evidencia de que, entre 1940 y 1975, este gas aumentó a la par que el planeta se enfriaba. Asimismo, constituye un error interpretar las variaciones de la meteorología local en clave de cambio climático.

Podemos ser firmes partidarios de preservar el planeta, pero hay que basarse en un empirismo sólido, y no dejarse llevar por la propaganda alarmista que refute la ciencia. Como decía el premio Nobel de Física Robert Laughlin: “Por favor, mantengan la calma. No tenemos poder para controlar el clima”.


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