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Cayetana Álvarez de Toledo fue fulminada este lunes por la dirección del Partido Popular como su portavoz en el Congreso, tras unos meses en los que cada vez resultaba más patente la ruptura entre ella y una cúpula del partido airada por la presencia y creciente poderío mediático de un verso suelto que rara vez se ha acoplado al molde que le imponía Pablo Casado.

Pero todo esto no era sino la crónica de una destitución anunciada. Lo verdaderamente relevante de este hecho radica en la concatenación de sucesos que ha supuesto. En concreto, destacan dos. En primer lugar, que esta destitución no se haya llevado a cabo de forma silenciosa, sino a bombo y platillo, y siendo la principal percusionista la propia Álvarez de Toledo, con sus fuertes declaraciones públicas contra la decisión que ha adoptado el PP. “Casado cree que mi concepción de la libertad es incompatible con su autoridad”, ha señalado. O “la discrepancia no es sinónimo de deslealtad, la libertad no es indisciplina y el pensamiento propio nunca es un ataque”. Estas palabras, aunque ciertas, reflejan una ingenuidad inusitada por parte de la diputada popular, quien, a estas alturas, ya catalogará de error haberse metido en política por segunda vez, pudiendo ser libre desde las páginas de un periódico.

La actual estructura de los partidos españoles y la disciplina (no sólo de voto, sino de palabra, acción y omisión) que imponen a sus miembros convierte en enemigo público número uno a todo aquel que rezume libertad, o tan siquiera inseguridad en lo que se refiere a conocer de carrerilla el manual de instrucciones. Sencillamente, constituye un riesgo que ninguna formación está dispuesta a asumir. Tan sólo hubo un breve periodo en el que Podemos, que venía a cambiar la política española, quiso hacernos creer que sus diputados eran libres. Pero, en este caso también, tan sólo fue una ficción. El férreo control que ejerce la dirección de los partidos figura entre los grandes problemas de la política española, y Álvarez de Toledo se trata de la más reciente víctima de unas reglas del juego que, deban ser o no ser, son.

No cabe duda, por otra parte, de que este control y autoridad intestina poseen una lógica instrumental para facilitar la coherencia interna entre los miembros del partido, y la externa hacia el electorado, blindar la pureza del ideario y asegurar la armonía de voto en las Cortes. No es casualidad que un modelo parlamentario como el español no cuente con la figura del whip en el Congreso, a diferencia de las democracias del sistema Westminster. Su papel resultaría redundante, pues la dirección del partido, con mayor o menor presencia en las cámaras, tiene siempre la primera y la última palabra.

El segundo hecho reseñable, y ampliando la vista, estriba en que este movimiento por parte de la dirección pone de relieve una contrarreforma (la tercera, por lo menos, en la era Casado). Una que tiende hacia la consolidación de un PP de corte moderado y centrado, a imagen y semejanza del virreinato de Feijóo en el noroeste peninsular, y de inspiración quizá ‘sorayista’. El tiempo dirá si este interminable proceso de autodefinición no termina por despistar al electorado que le queda a la formación azul. Lo que sí parece evidente es que los principios de los que hace gala el PP difícilmente pondrán en aprietos a Vox, ya que se acercan más al centrismo casi siempre insípido de Ciudadanos o a la asepsia ideológica de Rajoy. Y todos recordamos cómo acabó aquello.


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