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jul
Expansión

En 1957, se firmó en la ciudad de Roma un tratado que introduciría cambios sustanciales en la economía, la política y la sociedad de la vieja Europa. Con él nacía la Comunidad Económica Europea, cuyo objetivo era, inicialmente, la creación de un mercado común entre seis países, algunos de los cuales habían sido enemigos mortales apenas una docena de años antes: Alemania, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo.

La idea de crear una unión económica, que contribuyera a solucionar problemas políticos muy antiguos en el continente, había, sin embargo, empezado a desarrollarse antes. En 1951, se había establecido la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el primer paso del proceso de integración que, un año antes, había propuesto un gran europeo, Robert Schuman. Pero en 1957 se dio un paso fundamental al sentarse las bases de un mercado común, basado en la libre circulación, entre los países miembros, no sólo de bienes y servicios, sino también de personas y capitales.

Desde el primer momento, surgió en Europa un problema entre Gran Bretaña y el continente que, como hemos visto en los últimos días, sigue sin resolverse sesenta años después de la firma del Tratado de Roma. Reino Unido no se integró inicialmente, en efecto, en la Comunidad Económica Europea. E incluso creó una organización paralela con otros países no miembros de la CEE: la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA). A diferencia del Mercado Común, la EFTA era, técnicamente, un área de libre comercio, con un grado de integración mucho menor, ya que no incluía ni un arancel exterior común ni el libre movimiento de factores de producción.

Tras la entrada en la CEE de Gran Bretaña y otros países miembros, a partir de 1973, la EFTA perdió casi toda su relevancia como organización económica regional. Desde 1957, la Unión Europea se ha ampliado en un doble sentido. Por una parte, el número de miembros ha pasado de 6 a 28, lo que supone que la mayor parte de los países europeos están hoy integrados en la Unión. Por otra, sus competencias han crecido de forma muy significativa. Y ambas formas de ampliación han planteado dudas y problemas.

Transcurridas seis décadas desde aquel año, ¿qué puede decirse de los resultados obtenidos en el proceso de integración europea? Aunque no hay acuerdo a la hora de dar una respuesta a esta pregunta, hay argumentos de peso para afirmar que la Unión Europea es el proceso de integración regional que mayor éxito ha tenido en la segunda mitad del siglo XX. El mercado único ha eliminado fronteras, ha incrementado el comercio y ha permitido elevar de forma significativa el nivel de vida de los ciudadanos europeos. Esto es indudable.

Pero la Unión ha sido también criticada por haber desarrollado una burocracia compleja e intervencionista que ha frenado, en muchos casos, el desarrollo de los principios de un auténtico mercado libre. Y el último de sus grandes proyectos, la unión monetaria, ha cosechado hasta la fecha más fracasos que éxitos y muchos economistas piensan que Europa habría funcionado mejor si el euro no hubiera existido nunca. Pero la solución a estos problemas no es volver atrás, sino buscar fórmulas para corregir los errores, determinar qué competencias debe asumir la Unión y cuáles deben seguir bajo el control de los Estados nacionales. Y para ello sería buena idea volver a reflexionar sobre los principios que se establecieron en Roma el año 1957.


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