13
jul
Expansión

La economía es, sin duda, una de las disciplinas científicas que más han influido en el desarrollo del mundo occidental de los últimos siglos. Aunque las reflexiones sobre problemas relacionados con la creación y la distribución de la riqueza son tan antiguas como la propia humanidad, se acepta, por lo general, que la ciencia económica moderna nació y se consolidó en el siglo XVIII. Y si un economista destacó en el proceso de formación de la nueva disciplina fue, ciertamente, Adam Smith.

Nacido en Kirkcaldy el año 1723, estudió en Glasgow y en Oxford. Tras ejercer como profesor en Escocia durante algunos años, fue contratado para acompañar al joven duque de Buccleugh en su largo tour por el continente europeo. Esto le permitió, entre otras cosas, tomar contacto en Francia con algunos de los economistas más relevantes de la época. Y ya de vuelta en Gran Bretaña en 1766, se dedicó a trabajar en lo que sería su gran obra, La riqueza de las naciones, el libro de economía más importante que se haya escrito nunca. Muchos fueron los campos en los que la obra de Smith sentó las bases de la economía moderna. Pero si una de sus contribuciones debe ser destacada ésta es la teoría que explica cómo la búsqueda del propio interés puede llevar a un resultado óptimo desde el punto de vista social mediante el mecanismo del mercado. Es su famosa parábola de la mano invisible. Y esta idea tan simple permite explicar de forma convincente algunos de los problemas económicos fundamentales de nuestro tiempo. 

Por poner sólo un ejemplo, si la teoría de la mano invisible es cierta, el papel que le corresponde desempeñar al sector público, tanto en su función de regulador como en su función de suministrador de bienes públicos, es, necesariamente, reducido. Y el modelo se puede aplicar también a otra de las cuestiones más discutidas en economía en los dos últimos siglos: el papel que desempeña el comercio internacional libre en el desarrollo y la prosperidad de las naciones. Frente a la tradición mercantilista que consideraba que el comercio entre países es un juego de suma cero, en el que lo que uno gana supone necesariamente una pérdida para el otro, Smith demostró que las restricciones al comercio suponen costes relevantes al mismo país que las establece y frenan su crecimiento económico. 

Pese a la gran importancia de esta idea, nuestro economista tenía tan poca fe en el triunfo del libre comercio internacional en su propio país, que llegó a afirmar que lo consideraba tan alejado de la realidad británica como el establecimiento de una Océana o de una Utopía, en referencia a las conocidas obras de Harrington y Moro. Pero no hubo que esperar tanto tiempo para que sus ideas alcanzaran un éxito mucho mayor que el que él mismo había imaginado.

Setenta años después de la publicación de La riqueza de las naciones, Gran Bretaña daba el gran paso hacia el librecambio, que constituiría una de las bases de su prosperidad en la segunda mitad del siglo XIX. En momentos como los actuales, en los que nos enfrentamos a un renacimiento del nacionalismo y a un nuevo auge de las críticas al comercio internacional libre, tanto en la izquierda como en la derecha política, este ejemplo histórico resulta estimulante. Los pueblos -y, desde luego, los políticos- hacen, a menudo, cosas absurdas. Pero las buenas ideas no mueren y, con el tiempo, se volverá a aceptar que era Adam Smith quien tenía razón.


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