12
sep
Murcia Plaza

El otoño se acerca inexorable y los últimos turistas abandonan la Región poniendo rumbo a sus países y a sus preceptivas cuarentenas; el peaje por pasar sus vacaciones en uno de los países más azotados por la pandemia. No porque los españoles seamos biológicamente más frágiles que nuestros vecinos europeos o nos abracemos más que el resto, sino porque la peor de las tormentas se ha desatado con la tripulación más inexperta y mezquina imaginable, capitaneada por un Sánchez cuya capacidad de supervivencia se ha convertido ya en motivo de elogio por parte de afines y rivales sin distinción.

Del desastre sanitario no hubiésemos tenido tanta constancia, pese a la magnitud de la tragedia, sin el incansable conteo por parte de los medios de comunicación que, eso sí, no nos regalaron a los lectores y televidentes una sola imagen de la catástrofe. Por el contrario, en lo relativo a la debacle económica, no necesitamos la mediación de las pantallas para palparla. Carteles de ‘cerrado’, ‘se vende’ o ‘se alquila’ colapsan las ventanas, balcones y portales de nuestras calles, y el saldo de la cuenta corriente de muchos españoles mengua rápidamente sin que parezca haber solución. A esto se suma la hecatombe sanitaria, que se halla hoy en su pico más alto desde que comenzase la pandemia: en las últimas horas, se ha alcanzado el máximo histórico de contagios en la Región, así como de hospitalizados en planta y en la UCI en un solo día hasta la fecha. El panorama resulta ciertamente desolador.

Sin embargo, hay quienes parecen ajenos a la situación de extrema gravedad que afronta nuestro país en tantos frentes. Sin ir más lejos, ayer, nuestros primos del noreste peninsular se vistieron de fiesta para su rito tribal anual, la Diada. El coronavirus redujo de forma considerable las concentraciones de personas y las autoridades prohibieron las manifestaciones multitudinarias. Sin embargo, las costumbres no se pierden del todo, y el vandalismo volvió a protagonizar un 11 de septiembre en Cataluña.

El problema principal de un día como el de ayer radica en su pretensión. Y es que, la Diada es a la independencia lo que la danza de la lluvia a la precipitación. Un ojalá. Pese a ello, los independentistas catalanes (o, mejor dicho, sus élites) se toman muy en serio esta grotesca puesta en escena (o lo aparentan con gran habilidad), lo que no deja de transmitir una sensación de patetismo. El agravante a este festejo estelado permanente en el que está instalado el catalanismo más recalcitrante se cifra en el abandono de sus responsabilidades de gobierno, la fractura interna de la sociedad catalana, y el declive institucional característico de su nueva normalidad, que dura ya casi una década. Sin embargo, Torra es feliz viendo las sombras de la independencia en su caverna, como si del mito platónico se tratase. Y no parece que nada vaya a romper sus cadenas y a sacarlo al exterior. Nada salvo, quizá, una inhabilitación que puede hallarse a la vuelta de la esquina.


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