28
jul
El País

Puede que el fluido español de Juergen Donges lleve a una primera impresión errónea. El hecho de que este catedrático de Macroeconomía de la Universidad de Colonia naciera en Sevilla, en 1940, no interfiere en su germanidad económica: sin presión, las reformas y los ajustes se relajan. Es la receta alemana que cree necesario imponer en Europa.

Pregunta. ¿No nos estamos equivocando con las recetas para la crisis? Portugal es ensalzado como alumno ejemplar y…

Respuesta. No sé cuál podría ser la alternativa. Los presupuestos se nos han ido de las manos, hemos llegado a unos niveles de anquilosamiento de las economías tremendo. Es lo que hizo el canciller Schróder con la agenda de 2010, reconocer los problemas, cambiar completamente de estrategia y reformar la economía desde el lado de la oferta. Es así, no hay otra opción.

P. ¿Y, desde ese punto de vista, qué falta en España?

R. Contundencia. En Alemania solemos decir que el trabajo impopular hay que hacerlo en los primeros cien días de Gobierno y aquí no se ha hecho. Se discutió durante mucho tiempo la herencia del anterior Gobierno, el programa electoral… Esa tibieza e indecisión provoca que los inversores prefieran esperar y ver. Por eso la economía sigue en recesión. Schrbder se jugó su cargo mientras que aquí tengo la impresión de que se actúa así para ver si ganan las siguientes elecciones. El objetivo no puede ser ese, sino arreglar el país y no dejarse intimidar por reacciones críticas, que las tiene que haber por necesidad porque hay muchos intereses creados. Las protestas son lo normal en una democracia.

P. ¿Y eso no provocará una fatiga reformista en los Gobiernos y las poblaciones?

R. A veces, viene bien la influencia de afuera. El presidente Zapatero no hubiera hecho ni la mitad de lo que hizo si no hubiera subido la prima de riesgo posiblemente antes ni siquiera sabría lo que era eso-. Pero, de repente, se encarece la financiación del Estado y debe reaccionar. Al final del día, a los Gobiernos les viene bien poder echar la culpa a Alemania o a Bruselas. Sin ese mecanismo, sería dificil que los Gobiernos cambien de estrategias e, incluso, que los ciudadanos cambien de hábitos.

P. Perdone pero eso suena a que hay que purgar y pagar por nuestros pecados.

R. Mi discurso suena a que tenemos que limpiar de verdad.

P. Pero hay otros caminos. Estados Unidos se ha planteado los ajustes una vez que la economía ha vuelto a crecer…

R. La situación de EE UU es otra porque es una economía con un elevado grado de flexibilidad y es una unión política. Pero también ha permitido la quiebra de algunas Administraciones públicas, que no es la forma de pensar que tenemos en Europa. Respecto a la austeridad pura, podía referirme a [Joseph] Schumpeter y decir que lo que abordamos es una “destrucción productiva”. Toda crisis tiene un efecto colateral positivo, aunque suene cínico, pero que implica una limpieza, del mercado, de los presupuestos… y desde ahí podemos volver a hacer las cosas de una manera más sostenible. Es una de las ventajas, no la única, de una crisis como la que estamos viviendo. Son aprendizajes patológicos. El que mejor funciona, sin duda, es el que se observa después de una guerra que se haya perdido, como fue el caso de Alemania en 1945. Pero no hace falta tanto, los choques exógenos pacíficos también son buenos. España los ha tenido varias veces: la primera intervención del Banco Mundial en 1959, que propició el plan de estabilización; la entrada en la Unión Europea, primero, y en la unión monetaria, después, porque eliminó el tipo de cambio como válvula fácil de escape para devaluar. Solo que entonces fuimos todos un poco ingenuos y pensamos que todo el mundo iba a jugar a estas reglas.

P. ¿Piensa que el futuro del euro está en riesgo?

R. Creo que en Europa debiéramos aprovechar esta crisis para limpiar nuestras casas, y en buena medida lo estamos haciendo. Todavía no vemos la luz al final del túnel, aunque algunos ya la anuncian, porque está un poco lejos. Pero si a mí me hubiera dicho alguien hace diez años que aquí se podía hacer una reforma laboral como la que se ha hecho, o la famosa ley educativa que se está discutiendo, o un saneamiento del sistema financiero, yo hubiera dicho que era imposible. Pero de repente ha sido posible y lo ha sido por las presiones de fuera. En tres o cuatro años los españoles se darán cuenta de que es un país que ha cambiado radicalmente. En su día un político socialista dijo que a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió. No es cierto, aquí apenas había cambiado nada, salvo alguna cosa, hasta los últimos tres o cuatro años. El debate sobre las reformas que se está produciendo en España es un avance conceptual enorme.

P. Volvamos a Europa. ¿No cree que el Banco Central Europeo (BCE) podría hacer más para poner fin a la crisis?

R. Yo creo que la eficacia de la política monetaria para estimular la economía es limitada, todo lo contrario si hay que frenar una economía boyante. Pero si hablamos de las medidas no convencionales, ahí soy muy crítico con las operaciones monetarias directas (OMT, en sus siglas en inglés). El BCE empieza a adoptar un papel que no es el suyo y que supone, de hecho, financiar a Estados soberanos. Tampoco es la función del presidente de la entidad, Mario Draghi, decir que está dispuesto a mantener la unidad del euro a cualquier precio porque esa es una decisión política. La consecuencia de su intervención verbal en el mercado, hace ahora un año, es que todo el mundo cree que el nivel actual de riesgo es el normal y que resulta manejable. Por eso ahora se plantea dejar de ser tan tajantes con los ajustes. Ese es el riesgo que implica esa política. El tema del IVA es característico. Lo más que el presidente del Gobierno ha comprometido es que lo mismo considera subir alguna partida del IVA, cuando todo el mundo sabe que los impuestos indirectos tienen una capacidad recaudatoria notable y son los que menos afectan a la inversión, a las exportaciones, fomentan el ahorro… Pero no se tocan porque se piensa siempre en el consumo y como ahora el coste de financiación está reducido artificialmente, no hay presión.

P. ¿Cree que Alemania es la gran incomprendida de la crisis?

R. Creo que estamos en una situación de germanofobia, como yo lo llamo, donde se sobreestima lo que Alemania realmente está imponiendo. Con la excepción de los eurobonos, no ha habido ninguna medida que no haya salido adelante por unanimidad, a pesar de que se decía que Alemania se oponía a todo. Esas acusaciones no se corresponden con la realidad. Sí me sorprenden algunos discursos que apuntan que los alemanes estamos donde estamos gracias a los esfuerzos de los demás o que haya algunos periódicos italianos o griegos que ponen el uniforme nazi a la canciller Merkel. Entonces yo me pregunto si el euro va a ser el instrumento para la paz definitiva de Europa como se nos dijo.