13
jun
Atalayar

Como es sabido, nuestros vecinos italianos ya han realizado una “ripartenza” de su país en toda regla como manera de tratar de recuperar la normalidad previa a la llegada del coronavirus, pero cada vez comienza a verse más claro que dicha vuelta a la situación iniciada ya tres meses va a resultar más que costosa. Tanto va a ser que resulta cada vez más previsible un cambio de gobierno con el que afrontar no solo la segunda parte de la legislatura iniciada en abril de 2018, sino, sobre todo, de poder paliar los tremendos efectos derivados del hecho de haber paralizado buena parte del país durante tanto tiempo. No olvidemos que la economía transalpina no iba precisamente bien antes de comenzar la epidemia, ya que su Producto Interior Bruto había decrecido un -0.3% en el último trimestre del año 2019, dato que será empeorado de manera muy sustancial a lo largo de los meses venideros. Hasta el punto de que la caída del PIB prevista para el año 2020 podría ser de más once puntos negativos, con lo que se doblaría el peor dato conocido este siglo, que fue el de 2009 (-5.3%).

En ese sentido, parece claro que, en un sistema parlamentario como el italiano, para poder llevar a cabo una completa agenda reformista con medidas de mucho calado resulta necesario contar con una amplia mayoría en las dos cámaras legislativas. Pero la realidad es que ni la actual coalición de gobierno (Movimiento Cinco Estrellas, PD, Italia Viva y LeU), ni la coalición alternativa (la de centroderecha), disponen en este momento siquiera de una mayoría absoluta (aunque fuera por la mínima) en el Senado, que es la cámara clave para la estabilidad política. En efecto, si el Segundo Gobierno Conte, nacido en septiembre del año pasado, aún sigue en pie, es no sólo porque el pequeño partido del ex primer ministro Renzi lo sigue sosteniendo, sino porque el centroderecha no dispone de apoyos suficientes para derribar al Ejecutivo a través de una moción de censura. Y convocar elecciones anticipadas es algo que tampoco se contempla, toda vez que supondría poner en bandeja a la Lega de Salvini la presidencia del Consejo de Ministros, con lo que el antieuropeísmo se impondría en la vida política italiana, haciendo peor el remedio que la enfermedad.

Así, el asunto queda en manos del presidente de la República, Sergio Mattarella, a quien la Constitución concede el derecho tanto de disolver cámaras y convocar elecciones, como de encargar formar gobierno. Y Mattarella sabe mejor que nadie que la situación que ahora vive el país recuerda mucho a la de 2011, cuando el anterior Jefe del Estado y ahora senador vitalicio Napolitano hubo de exigir a Berlusconi que presentara su dimisión para nombrar un gobierno no político encabezado por el prestigioso economista Mario Monti. Lo que, por otra parte, suponía recurrir por tercera vez en menos de dos décadas a un gobierno no político, tras el Gobierno Ciampi (1993-94) y el Gobierno Dini (1995-96).

En aquella ocasión, el nombramiento presidencial de Monti tuvo lugar a mediados de noviembre de 2011, pero la pregunta es si el país va a poder esperar medio año hasta que este hecho tenga lugar. Téngase en cuenta que el cuadro macroeconómico es ahora sensiblemente peor que hace nueve años: si por aquel entonces el país acabó creciendo un 0.7%, este año la caída de diez puntos mínimo parece inevitable; y si la deuda nacional en 2011 era del 119.7% sobre PIB nacional, ya 2019 finalizó con un 134.8% y las autoridades comunitarias han estimado que esta misma deuda se pueda ir en 2020 al 159%, una cifra realmente preocupante que, además, hipotecaría el futuro de las nuevas generaciones de italianos.

Como es sabido, la medida más drástica tomada por el Gobierno Monti (noviembre de 2011-abril de 2013) fue la aprobación de la llamada Ley Fornero, por el que la edad de jubilación se retrasaba a los 67 años de edad (la reforma laboral quedó postergada hasta que el Gobierno Renzi la hizo aprobar en diciembre de 2014). Ello no evitó que en el conjunto del año 2012 (el único completo bajo el Gobierno Monti) la deuda siguiera aumentando (pasó al 126.5% sobre PIB nacional) ni que el país siguiera sumido en una fuerte recesión (la economía decreció un -3.0%). 

Pero lo más preocupante de todo es que los datos que van llegando son más que preocupantes: el último que hemos conocido es que solo entre dos países (España e Italia) se ha perdido casi la mitad del empleo de la eurozona (el 46%, para ser exactos). Ahora, a la espera de que el verano pueda mejorar esos escalofriantes datos y de que lleguen las ayudas a la Unión Europea, el Presidente de la República tiene que pensar en la conformación de un nuevo Ejecutivo, denominados por algunos “de unidad nacional”, con el que afrontar una durísima recesión que el Segundo Gobierno Conte, muy débil en muchos sentidos, muy seguramente no podrá superar. En ese sentido, algunos medios de comunicación ya han informado de que Mattarella ya ha puesto en funcionamiento un grupo de trabajo, en el que están incluidos tanto empresarios como economistas del máximo prestigio, que vaya diseñando la nueva agenda económica y social con la que tratar de salir de una situación seguramente no vivida desde la posguerra mundial. Con la diferencia de que ahora no va a haber “Plan Marshall” por medio, sino ayudas comunitarias que llegarán bajo fuertes exigencias de reducción del gasto público.

Ya hemos comentado en más de una ocasión que en la mente de Mattarella, un hombre muy curtido en la alta política, seguramente ocupe el primer lugar el exgobernador del Banco de Italia y expresidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, quien hasta el inicio de la epidemia del coronavirus lideraba todas las quinielas para ser el siguiente Presidente de la República pero que pueda que deba renunciar a ello para ponerse al frente de la presidencia del Consejo de Ministros. Pensemos que, dentro del arco político, Mattarella no cuenta con ningún político de envergadura: Salvini no le vale por antieuropeísta, Renzi tampoco porque cuenta con un bajísimo nivel de apoyo entre la población italiana y Conte igual porque, a pesar de ser altamente valorado por los italianos, no controla el partido que le hizo Primer Ministro (el Movimiento Cinco Estrellas).

Y, puestos a no recurrir a un político, Monti ya está en retirada (además de haber quedado muy tocado por su tiempo como “premier”) y el hombre al que ya recurrió para un posible gobierno no político en mayo de 2018 (el execonomista-Jefe del FMI Cottarelli) no tiene el suficiente tirón ni presencia entre los italianos, frente a un Draghi que es con diferencia la figura de más prestigio tanto nacional como internacional con la que cuenta Italia. 

Veremos cuánto aguanta el segundo Gobierno Conte y cuándo realiza Mattarella los movimientos clave: en el caso de Monti en 2011, lo primero que hizo el Presidente Napolitano fue nombrarle senador vitalicio para días después encargarle formar gobierno. Pero lo que sí parece cada día más claro es que, dada la envergadura de la recesión que el país tendrá que afrontar, y con casi tres años de legislatura por delante (esta debe finalizar en marzo de 2023), es que debe estar ya negociándose una nueva “Operación Monti” con la que dar el impulso claro, fuerte y contundente que necesita un país de la importancia de Italia.


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