26
sep

Tras el terrible suceso en el que fallecieron dos miembros del Ejército del Aire, el tema de la inversión en Defensa vuelve a la palestra. Desde Civismo llevamos tiempo advirtiendo de la situación crítica en la que se encuentran nuestras Fuerzas Armadas (FAS). Después de un extenuante proceso de continuos recortes a lo largo de más de una década, sus capacidades están al límite.

Hasta tal punto ha llegado la situación, que se halla en juego la credibilidad de España como socio y aliado fiable. Todo el prestigio ganado laboriosamente por nuestras FAS (tanto en el exterior como en suelo propio) está a punto de tirarse por la borda. Un buen ejemplo es la retirada unilateral de la Méndez Núñez (F-104) del grupo de combate estadounidense. Pese a los tecnicismos argüidos por el Gobierno, lo cierto es que supuso una tremenda humillación para la tripulación española, al dejar la sensación de que abandonaba a su aliado en el momento de mayor necesidad.

Además, estos desplantes tienen su coste. Cuando el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero decidió retirar nuestras tropas de Irak, las relaciones bilaterales con EE.UU. quedaron severamente dañadas. Nuestro embajador en Washington, Jorge Dezcallar, señala en su libro Valió la pena cómo se le relegaba a esperar horas ante la puerta del presidente norteamericano. En el caso de la Méndez Núñez, el agravio se hizo patente en la cumbre del G-20. Pero no son estos actos “simbólicos” las únicas consecuencias.


España no debe tomar a la ligera estas decisiones, ya que pueden dañar las exportaciones de la castigada industria de Defensa


Actualmente, Navantia está compitiendo por un contrato para la Marina de EE.UU. valorado en más de 16.000 millones de euros. Dicho programa, conocido como FFG(X), tiene como objetivo la construcción de 20 fragatas multipropósito. Este era el motivo, entre otros, de la integración de la fragata española en el grupo estadounidense. De hecho, la Méndez Núñez se trata del modelo en el que se basa la propuesta de Navantia. Esta, perteneciente a la clase Álvaro de Bazán (F-100), ha sido uno de los primeros buques de guerra europeos en incorporar el sistema de combate AEGIS, lo que le permite integrarse con cualquier grupo estadounidense y actuar en igualdad de condiciones. Estas características, junto a la experiencia que acumulan las F-100, constituyen el mejor aval para Navantia. Además, para subrayar el interés estadounidense en el proyecto, el propio secretario de Marina de este país visitó el buque durante su periodo de instrucción en Norfolk (Virginia).

Este caso, si bien el más conocido por el monto de la operación, no es el único. Las nuevas fragatas (F-110) incluirán el sistema AEGIS, misiles ESSM de la empresa estadounidense Raytheon (ya usados en las F-100), y se está negociando la incorporación del AESA, un radar de barrido electrónico en banda S que se tratará de uno de los más avanzados del mundo cuando se instale, y que fabricará conjuntamente la empresa española Indra y la estadounidense Lockheed Martin. Y no solo la Armada se ve afectada por el peligro de que estas oportunidades se frustren. En lo que respecta al Ejército del Aire, el avión de entrenamiento Textron T6C (EE.UU) representa una de las opciones preferentes para ocupar a corto plazo el puesto del C-101. Este modelo, con más de cuarenta años como avión de entrenamiento y que se ha hecho tristemente conocido por el luctuoso suceso en el que falleció el comandante Francisco Marín Núñez el pasado agosto, ya está en el final de su vida útil.

Así pues, existe un interés mutuo (que no recíproco), en el mantenimiento de buenas relaciones entre ambas industrias. Por tanto, España no debe tomar a la ligera estas decisiones, ya que acarrean unas consecuencias que pueden dañar las exportaciones de nuestra tan castigada industria de Defensa.

Por otro lado, el futuro gobierno habrá de hacer frente a la realidad: la falta de inversión en Defensa cuesta vidas. Sin querer caer en la demagogia, lo cierto es que las carencias a las que hacen frente nuestras FAS resultan brutales. No solo está en riesgo la pérdida de capacidades cruciales, como la aeronaval (el caso de los Harrier-II), sino la propia supervivencia de nuestros profesionales.

Por ello, los decisores públicos deberán poner en primer plano la adecuación de las herramientas que nuestras FAS necesitan frente a la política. Esto es, anteponer los intereses nacionales. Probablemente, nos encontremos ante una utopía, pero no podemos dejar de considerarla una meta.

En consecuencia, los programas electorales que van a presentar los principales partidos políticos tendrían que plasmar la necesidad de una mayor inversión en Defensa entre sus prioridades. Si no fuese así, como todo apunta, se demostraría el desconocimiento, o peor, la falta de voluntad de nuestros representantes de defender los intereses del país. Pues, tal y como se señala en el documento Entorno Operativo 2035, “la importancia del bien protegido (soberanía nacional) es tal que exige que las FAS se doten de las capacidades militares necesarias para poder realizar con éxito esos cometidos.”[1]

El tiempo dirá.


[1] P. 48, punto nº 90.


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