24
abr
El Mundo

“Los gobiernos tienen que dejar de mirar hacia otro lado”, “Europa debe parar ya esta catástrofe humanitaria”, “los políticos permiten que el Mediterráneo se convierta en un cementerio”….Las pías frases de indignación ante la catástrofe marítima de días pasados  abundan.

Las soluciones abundan menos y la espontánea reacción pública parece ignorar el costo que solucionar de verdad el problema tendría para el propio ciudadano de a pie.

 A corto plazo, se propugna alegremente que se vuelva al sistema de tener más barcos de acogida y salvamento y que se combata seriamente a las mafias que introducen a los emigrantes. Ahí empiezan las divisiones y los escollos. Muchos gobiernos estiman que garantizar la seguridad de los que con riesgos se embarcan para Europa multiplicará el efecto llamada. La certeza de que no corren excesivos riesgos multiplicará el número de emigrantes clandestinos. La solicitada lucha contra la mafia es adecuada y encomiable pero tiene obvias limitaciones. Se puede y se tiene que  perseguir a las ramificaciones de los traficantes en Europa, pero ¿cómo se neutraliza a los que operan desde Libia un país sumido en una guerra civil? ¿ Se envía un contingente armado a ese país? ¿ Con la autorización de la ONU? Dudoso. ¿ Con la de las autoridades libias? ¿ Con la de cual facción libia? ¿ No se verá el contingente europeo inmediatamente hostigado, atentados, golpes de mano…, por una u otra facción libia?  ¿ Estamos preparados a ver un par de docenas de soldados europeos   decapitados por este o aquel grupo islámico?       

Esto nos lleva a lo que se califica pomposa y precipitadamente “atajar las raíces del problema”. Los que se juegan la vida vienen a Europa por tres razones, huyen del hambre, de una guerra o son refugiados políticos. Solventar cualquiera de estas situaciones entraña un costo que no es seguro que el buen hombre de la calle quiera asumir.   Aunque el hambre ha disminuido sensiblemente en bastantes países africanos extirparla del todo implica cantidades ingentes de ayuda de los gobiernos ricos. A lo largo de varios años. ¿ Quiere el ciudadano de Murcia, de Sabadell o de Córdoba( u otro europeo) , en época de crisis, que se congele la construcción de diez hospitales, que se detenga la llegada del Ave a su provincia, que se reduzca sustancialmente el número de becas… o que se le suban seriamente los impuestos porque hay que ayudar de verdad al desarrollo africano? Tengo dudas.

Vayamos a la guerra que produce un éxodo masivo del que recibimos una parte. Parar la de Siria, Libia o Yemen implica, aparte de un cuantioso gasto en material militar,  mandar varios miles de soldados, ¿ sesenta, setenta mil para la de Libia, por ejemplo, y con éxito cuestionable?   Esos soldados no serían mercenarios marcianos sino jóvenes de Valencia, Málaga, Burdeos, Manchester o Florencia? A nosotros nos podrían tocar, digamos, cuatro, cinco mil  que se van a jugar la vida para intentar que haya paz en un país que no saben exactamente donde está. Tendríamos inevitablemente un goteo de ataúdes ¿Están esas almas buenas que se quejan de la pasividad de los gobiernos dispuestas a asumirlo?  También lo cuestiono.

 Vayamos a la acogida de refugiados políticos. Algunos países son reacios a recibirlos por razones domésticas( En Francia, se teme que la acogida pueda darle más votos al partido de Le Pen) Luego,  ¿ cómo se procesa la admisión? ¿ Se nos colarán terroristas entre ellos? Por otra parte, algunos países se ven inundados de peticiones( Alemania tiene unos 200,000) y otros tienen muchas menos. Los “invadidos” quieren repartir entre otros europeos a los que llegan. Varios se niegan por las implicaciones políticas aludidas o por otras razones. ¿Estamos dispuestos en Celtiberia a quedarnos no con dos docenas sino con varios miles?. Tampoco es seguro.

Una vez más, una cosa es predicar y otra dar trigo.


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