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En diciembre del año pasado, Andalucía quedó in albis, en blanco; no por las nevadas, sino por el panorama político. Entonces, pocos imaginaban la sorpresa que supondría la irrupción de Vox en los comicios de esta comunidad autónoma. Este partido ha sido, como así lo recuerda su nombre, la voz. Al menos, la que más han divulgado los medios de comunicación, prestándole el servicio que tanto ponderaba Salvador Dalí: “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí”.

Tras casi cuarenta años de gobierno, jalonados con los correspondientes casos de corrupción, los socialistas, aun como primera fuerza electoral, han cosechado los peores resultados de su historia. Sin embargo, poco se ha hablado de un asunto que puede constituir la mayor de las victorias y, paradójicamente, un fracaso estrepitoso: la baja participación. Victoria por la oportunidad que supone. Pocos se han tomado el tiempo necesario para denunciarla. Ahora se abre el momento de reivindicar una democracia más madura. Algo que sólo ocurrirá cuando la sociedad lo sea en igual medida. Y fracaso porque se trata de un rechazo generalizado hacia la clase política. Que un 42% de las personas con capacidad para decidir quién gobernará en Andalucía no lo haga es un signo de la poca confianza que producen nuestros políticos y sus respectivos programas; posturas frente a los distintos problemas del país que no generan una esperanza palpable. Así, los socialistas, a pesar de reunir el mayor número de escaños, han sucumbido frente al alzamiento de la derecha. Pero los populares y Ciudadanos no convencen. Y aunque el resultado de Vox pueda parecer un triunfo, su mensaje ha concitado demasiados enemigos.

Ante una abstención tan extendida, es menester aclarar y diferenciar los diversos comportamientos del votante cuando ninguna opción le parece buena. En términos puramente teóricos, por el voto en blanco se decantaría la persona comprometida con la política del país, que, por desacuerdo o desagrado, no casa con ningún partido. Por otro lado, el que se abstiene sería el que no tiene interés en la política. Tras esta generalización, se esconde un gran misterio: los que hoy se abstienen no son necesariamente los desinteresados. Visto que el voto en blanco no sirve de nada – con algún pequeño matiz–, la abstención aumenta. Se llega así a un punto en el que se confunden desinteresados y disconformes, y esto constituye un problema para la sociedad y la democracia: aunque el resultado sea el mismo, la causa es muy distinta. Por tanto, hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de llevar a cabo una reforma en el sistema electoral.

Creer en el cambio es algo que prácticamente todo compartimos; creer en la democracia es algo que todos deberíamos hacer y, por supuesto, trabajar. Una representación adecuada del voto en blanco, con escaños debidamente asignados – entiéndase que vacíos– en el Congreso, así como en los distintos parlamentos autonómicos, lograría crear una clara diferenciación entre los que no votan por desinterés y los discordantes pero comprometidos con el país. Votar en blanco debería tratarse de una opción más para el elector, una tan justa y legítima como el resto. Además, presenciar un tercio del Congreso vacío tal vez sea uno de los tantos pasos necesarios para que el país próspero que echó raíces en la Constitución del 78 siga evolucionando.

Se le atribuye a Winston Churchill la afirmación de que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Pese a no contradecirle, podemos reducir esa maldad y convencernos de que hay margen de mejora. Quizá, entonces, los políticos se pregunten cómo llegar a más gente, extiendan la mano, dialoguen más, y distiendan sus posturas. No necesitamos gallineros y tampoco palmeros. Sí parlamento, rigor y seriedad. Apostemos por el futuro y el bien común, por la sociedad y por una democracia aún por pulir. Aunque eso implique, en ocasiones, ceder en ciertos asuntos.


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