02
sep
Republica.com

Las cifras siguen conmoviéndonos: el fin de semana pasado, 2.100 personas entraron en Alemania pidiendo asilo político, Viena ha recibido 3.675 emigrantes en una jornada… La tragedia de los congelados en un camión o los que perecen lastimosamente en el Mediterráneo es conocida.

Se repite, una y otra vez, que los dirigentes europeos están dando una impresión penosa ante una catástrofe que tiene algo de apocalíptico. Los europeos, lo que es de lamentar después de varias semanas, están divididos sobre cómo abordar el asunto pero no pocos comentaristas bien intencionados y una parte de la opinión pública no parecen establecer una diferencia entre la actitud que debemos adoptar ante un refugiado político, por ejemplo el que huye de una guerra, y ante los que quieren dar el salto a la próspera Europa en busca de mejores condiciones de vida.

En el primer caso, la cicatería es condenable y no es coherente con la tradición europea e incluso con nuestra legislación. Una persona que teme razonablemente por su vida porque vive en medio de un conflicto violento (Siria o Libia), aquellos que escapan de un país porque su pertenencia a una religión implica el serio peligro de ser decapitado o esclavizado (caso de los cristianos en las zonas controladas por los islamistas del ISIS) tiene derecho a ser acogido en nuestras naciones. Lo recoge así la Convención de Ginebra de 1951, de la que casi todos los europeos somos signatarios, e incluso bastantes legislaciones internas de los países de la Unión Europea. Ningún país debería negarse, ninguno, cuando se le asigna una determinada cuota en función de su población, nivel de vida, estado del desempleo etc… Intentar que sólo los acoja Alemania o Suecia, adonde quieren dirigirse la mayor parte de ellos, no es justo. Hay que abrir las puertas.

Ahora bien pedir insistentemente que se abran para los emigrantes de cualquier tipo es hermoso y beatífico pero no es realista. Los emigrantes tienen teléfonos móviles y hablan con los que ya están aquí, algunos del sur ven incluso nuestra televisión y se empapan de cómo vivimos. La tentación de dar el salto desde sus parajes subdesarrollados de África a la avanzada Europa es demasiado grande. Por eso incluso aquellos que proceden de países que no están envueltos en ningún conflicto están dispuestos a pagar un montón de dinero a los traficantes que los introducen en Europa e incluso a jugarse la vida al cruzar el mar.

Pretender que ante la pobreza de África o de Asia la Unión Europea practique una política de brazos abiertos de par en par es irrealista y contraproducente. Permitir que pasen las centenas de miles que quieren hoy llegar a nuestras tierras tendría un efecto llamada multiplicador. El medio millón de emigrantes “económicos” que, según algunas estimaciones, han entrado en los últimos meses pronto se convertiría, si se les regularizase a la carrera, en dos millones, que luego serían cinco y luego diez… África está muy poblada y, a pesar de sus progresos recientes, aún tiene mucha miseria. Reducirla no es cuestión de unos pocos años.

La clave está en saber quién es refugiado y quién emigrante. Suecos y alemanes vienen siendo muy compresivos en la distinción, otros como los húngaros o eslovacos argumentan que la mayor parte de los que llegan a la frontera son emigrantes estrictamente económicos, que no son perseguidos, y temen, junto con otros países entre los que estarían Francia, que el flujo masivo tendría consecuencias electorales poco gratas.


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