25
jun

Los partidos políticos son una de las organizaciones humanas que, probablemente, más frustraciones causan. Constituyen la canalización del idealismo y de las esperanzas de mejora de las personas que creen en la democracia parlamentaria. Por eso, sus limitaciones e imperfecciones duelen. Tanto desde The Economist como desde la academia (pensemos en Yasha Mounk) está de moda poner en duda la salud, e incluso el futuro, de la democracia liberal, con su combinación de representatividad de la voluntad mayoritaria y derechos individuales inviolables, sus instituciones independientes y su separación de poderes. Algunas de las causas alegadas son coyunturales (la crisis puso en cuestión su capacidad de generar la prosperidad acostumbrada); otras, propias de la entropía de cualquier sistema (que requiere de reformas y ajustes); mientras que otros señalan limitaciones propias del diseño. Lo cierto y observable es el crecimiento de movimientos “iliberales”, que rechazan la legitimidad del sistema actual, entre otras cosas, por no respetar la voluntad popular.

Dentro del esquema de la democracia liberal moderna, los partidos políticos tienen un papel fundamental. Se tratan de la correa de transmisión entre la ciudadanía y la decisión, porque aún no hemos encontrado un modo de mejorar la democracia parlamentaria o representativa. En este modelo, un conjunto de gente capacitada se ocupa a tiempo completo de informarse, deliberar y resolver sobre todos esos temas en los que los demás no somos —ni podemos pretenderlo— expertos. La participación ciudadana, así, consiste en seleccionar a quienes sí saben. El mecanismo consolidado para lograrlo pasa por elegir entre listas de candidatos ideológicamente homogéneos. El cauce para construir esas listas son los partidos.

Como consecuencia de lo anterior, estas formaciones resultan también claves en la configuración del poder ejecutivo. Por tanto, la manera en que funcionan internamente, y cómo elaboran esas listas, es decisivo, tanto para la salud de la democracia representativa como para la eficacia del sistema.

Un partido constituye una herramienta para cambiar la sociedad, y también un compromiso entre necesidades incompatibles. Por un lado, debe ser monolítico para poder ejecutar una visión política global, pero también ha de dar espacio a las visiones particulares y contar con la flexibilidad para adaptarse a los miles de casos (ayuntamientos, diputaciones, comunidades) en los que las condiciones difieren de las generales. Tiene que tratarse de una herramienta jerárquica, en aras de la eficacia, pero ser capaz de identificar e implementar las mejores ideas de todos en pos de la eficiencia. Ha de motivar a sus miembros, reconociendo la participación y la cualificación, pero también cuando convenga, adoptar a terceros que aporten ventajas tácticas o una gran cualificación. En definitiva, debe soplar y sorber.


Los partidos constituyen una herramienta para cambiar la sociedad, y también un compromiso entre necesidades incompatibles


Además, admitámoslo, un partido es un conjunto de humanos. Y los humanos forman grupos por afinidad temperamental o cultural, no sólo ideológica. Tienden a apoyarse en quien les muestra aprecio, tenga razón o no en sus planteamientos. Buscan el respaldo, necesariamente, de quienes conocen, y el número de personas a quienes se puede conocer resulta limitado. Salirse de esos parámetros es posible, pero cuesta mucho esfuerzo, algo que no todos pueden o quieren asumir. Por todas esas razones, las cúpulas de los partidos acostumbran a ser menos porosas y representativas de la organización de lo que uno esperaría.

Cada partido encuentra un modo de equilibrar estas demandas imposibles. Unos dan un papel enorme a las votaciones de los afiliados, pero luego no las usan, con lo que el poder queda concentrado en la cúpula. Otros, directamente, apartan las decisiones importantes de las manos de las bases. Y algunos utilizan modelos de representación tan complicados que se revelan fácilmente manipulables por la jerarquía. Para evitar acusaciones de partidismo, dejemos que el lector asigne los distintos patrones a sus partidos favoritos.

Hablábamos antes de las listas, que, en España, de cara a las elecciones, son cerradas. El aparato del partido las define, con distintos mecanismos a la hora de, una vez más, implicar a las bases. En todo caso, se trata de una hoja de parra que restringe la aparición de “espontáneos” al mínimo. La única diferencia entre formaciones radica en si el aparato que controla las listas es nacional o autonómico… y el grado de transparencia de la hoja de parra. No hay ningún partido nacional del que se pueda decir que construye sus listas directa y completamente por elección de los afiliados, y sin interferencia directiva.

Por otra parte, resulta lógico. Ya hemos dicho que un partido constituye una herramienta de poder para cambiar la sociedad. Esa frase esconde un sujeto: una plataforma de poder para los que dirigen el partido. Si este tiene que canalizar esa acción en las instituciones a través de personas que la dirección ni elige ni conoce, la eficacia va a brillar por su ausencia. Porque un conjunto de gente elegida así (no dedocráticamente) no puede ser homogéneo ideológicamente ni ordenado a nivel jerárquico, ya que los candidatos no deben su posición a quienes dirigen el partido, sino a quienes les eligieron. Un liderazgo realmente emergente garantiza el conflicto, al menos ideológico, y normalmente, también entre grupos de afines.

Lo curioso es que, cuando se habla de cómo debería ser la democracia (y cuando se crean ponencias parlamentarias sobre la reforma de la ley de partidos o de su financiación), todas las formaciones hablan de la necesidad de primarias y de democracia interna, más allá de lo que marca la Constitución como obligatorio. Y, probablemente, todos se estén mostrando sinceros, pese a la complejidad de gestión añadida que implica algo así. En un mundo ideal, es lo que debería ser.

En el mundo que tenemos, hay lo que hay. Se tratan de una herramienta imperfecta. Y esas imperfecciones resultan problemáticas porque reducen la capacidad de los partidos para ejercer su papel de representación de la voluntad popular, tanto como su eficacia en el ejercicio de esa delegación.

Afortunadamente, sólo algunas de esas imperfecciones son inevitables. La mayor parte derivan de esa dinámica entre las diferentes necesidades de los partidos como organizaciones, las cuales también los impulsan, periódicamente, hacia una mayor transparencia y participación. En especial, cuando la sociedad se lo exige.

Son la herramienta que tenemos. Es mejor usarla y ayudar a mejorarla que permitir que el populismo la desprestigie hasta oxidarla.


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