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abr
Murcia Plaza

“No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás” (Éxodo 20:3-6). Como también lo recogen otras citas, así dispone el rechazo a la idolatría el Antiguo Testamento. En concreto, ésta se cree que fue escrita hace unos 3.500 años. Entonces, como ahora, el hombre se dirige no a uno, sino a muchos dioses en los que deposita sus esperanzas, su protección… La riqueza y el poder son dos ejemplos de elementos que a menudo ocupan esos altares en nuestro corazón, pero poco se habla de una entidad cuasi omnipresente y que ambiciona ser omnipotente: el Estado.

Obsérvese el cierto paralelismo entre lo divino y lo terrenal en su mecanismo. El Estado es hoy el principal depositario de nuestras esperanzas, el receptor de nuestra voz suplicante. Una figura a la que despreciamos o, en el mejor de los casos, ignoramos, cuando el sol brilla, y al que recurrimos cuando el cielo se oscurece. ¿Merecen los médicos llevar la etiqueta de ser meros empleados públicos o una precaria remuneración tras años de formación y enormes responsabilidades? ¿Es de justicia que los militares y policías sean apestados sociales? Al parecer, en España, sí… hasta que de ellos depende nuestra seguridad y nuestra vida. En verdad, la oración de petición abunda y la de acción de gracias brilla por su ausencia. Aunque quizá esto esté cambiando al batir de las palmas desde los balcones… Esto, que también sucede en el creyente, no ha de sorprendernos. La incoherencia y la ingratitud son tan humanas como la resolución que habría de existir por combatirlas. Y tampoco habría de sorprendernos esta confusión de afinidades y lealtades, pues a la propia Iglesia le llevó más de un milenio disociar el poder temporal de lo espiritual.

Esta reflexión quizá sirva para contemplar el tiempo que vivimos los cristianos durante la época del año más importante: la Pascua de Resurrección. Un momento de júbilo, pero al que no se llega sino por la Pasión y Muerte de Jesucristo. Precisamente hoy, Viernes Santo, es el día que conmemora la pasión de Jesús y su muerte en la cruz, símbolo de los cristianos y que hoy lo es también para todos ante los estragos que está causando la pandemia del coronavirus. Y he aquí una notable diferencia entre Pilato y Jesús, entre el Estado y la divinidad: que, poder salvífico aparte, el segundo nos muestra el significado del sufrimiento. Uno que experimentan muchos españoles ante la pérdida de un ser querido y a los que, ojalá, este significado les trajera consuelo.

Por último, una petición en este Viernes de Pasión a quien lea estas torpes líneas: que practiquemos la compasión, una palabra que viene del latín cumpassio y que significa no la mera ‘empatía’ que todos sacamos a relucir en situaciones como la presente, sino el sufrimiento conjunto a través del acompañamiento y la comprensión, con el fin de aliviar una situación dolorosa. Un nuevo modus vivendi que habría de perdurar tras confinamiento, la soledad y el dolor. Más allá de una victoria como la de la Resurrección, que, aunque no al tercer día como ésta, llegará pronto. Ánimo.


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