14
feb
Actualidad Económica

Quienes sienten la emoción de separarse de su país y constituir uno nuevo suelen dar por supuesto que su bienestar está garantizado en el tránsito. Sin embargo, la economía no depende de los buenos deseos, ni va a ir bien solo porque se trace una audaz estrategia. A veces se olvida que la prosperidad procede también de factores que no se controlan. Así como la economía de Quebec declinó en favor de Ontario tras sus referéndums soberanistas de 1980 y 1995, lo mismo ocurriría en aquella región que se separase de la Unión Europea (UE), ya fuera Escocia, Córcega, Padania, Cerdeña, Flandes, Baviera o el Tirol del Sur. La independencia de una región perteneciente a un estado de la UE presenta el grave riesgo de perjudicar la sostenibilidad económica de ese territorio. Una de las razones reside en la conveniencia de que un país disponga de cierta masa crítica de PIB, para que su tejido productivo se desarrolle por sí mismo.

Una variable clave para conocer la viabilidad económica de una región que abandone la UE se cifra en su capacidad exportadora. Un pequeño nuevo estado tiene muy difícil resultar competitivo en sus exportaciones cuando, tras declararse su soberanía, los productos enviados a los países vecinos se graven con aranceles. También perjudica la salida del euro, porque poseer una moneda propia y presumiblemente más débil aumenta el coste del producto a fin de prevenir posibles variaciones bajistas.

El ranking de hoy analiza la fortaleza de las exportaciones de las cuatro comunidades autónomas (CCAA) de mayor PIB per cápita: Madrid (35.913 €), País Vasco (34.142 €), Navarra (32.141 €) y Cataluña (31.119 €). El valor de las exportaciones de esas regiones entre el 1 de enero de 2020 y el 30 de noviembre de ese mismo año ha ascendido, en Cataluña, a 60.506 millones de euros, lo que representa el 25,4% del total nacional; en Madrid, a 26.460 millones (11,1%); en el País Vasco, a 19.221 (8,1%;), y en Navarra, a 8.150 (3,4%).

Fuente: Actualidad Económica

El primer destino de las exportaciones de estas cuatro CCAA ha sido la UE, concentrando el 63,5% del total en el caso de País Vasco; el 62,7% en el de Navarra; el 59,8% en el de Cataluña, y el 56% en el de Madrid. Si estas regiones se independizaran, dejarían de pertenecer a la UE, y tendrían que afrontar aranceles cuando exportasen a los 27 países a los que ahora más venden. Si revisamos las zonas de destino de las exportaciones españolas, se aprecia que las que no forman parte de la UE solo compran el 39,3% del total. Sin embargo, el factor más grave para esas hipotéticas nuevas soberanías radica en que las ventas al resto de España también se verían obligadas a satisfacer aranceles, cuando el volumen de estas partidas es muy importante. Así, en 2018, Cataluña exportó al resto de España por valor de 36.392 millones de euros, una cantidad similar a la transferida a la UE, y un 50% superior a la de otras zonas del mundo. Estas cifras muestran que la penalización que sufrirían las exportaciones iría en detrimento de la viabilidad de todo nuevo Estado desgajado de la UE.

La idea del economista Ernst Friedrich Schumacher de que lo pequeño es hermoso quizá la compartan los coleccionistas de miniaturas artísticas, pero no agradaría de igual modo a los contribuyentes disconformes con que su territorio se convierta en una nueva pequeña nación. Además, la tentación del gobernante que estrena la soberanía suele consistir en lograr un Estado fuerte y controlador. Un reto que, al necesitar tantos recursos, hace del nuevo país un infierno fiscal, lo que, a su vez, añade costes a los productos que se exporten. Es decir que, en cualquier caso, la que sí sale perdiendo tras la salida es la competitividad.


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