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Expansión

Por: Carlos Rodríguez Braun

Aunque se ha dedicado especialmente a la empresa privada, intervino también en la empresa pública e integra el grupo de benefactores gracias a los cuales el INI, que tanto costó a los contribuyentes y consumidores de nuestro país, dejó de estar controlado en exclusiva por políticos, burócratas y sindicalistas. No tiene de ellos buena opinión Espinosa de los Monteros, y hace bien.

Me ha gustado su crítica a esos privilegiados que han causado y causan mucho daño a los trabajadores. Se escandaliza, con razón, ante esos petulantes que, siendo partidarios incluso del comunismo, el sistema más criminal que jamás haya sido perpetrado contra los trabajadores, están todo el rato acusando a los demás de ser peligrosos retardatarios. Su denuncia incluye a los indignados, a su mensaje demagógico y totalitario, a quienes lo comparten o comprenden, pero también a la CEOE y a los políticos que han hecho lo posible para aniquilar los valores liberales en la educación de nuestros niños y jóvenes, y para extender la ficción letal de que aquí todo estriba en luchas para conseguir conquistas o derechos que estriban en violar los derechos de los demás. Es particularmente valiosa su defensa de los contribuyentes, grandes olvidados de la política, sobre todo en campañas electorales como las que hemos vivido este año, repletas de mensajes engañosos que transmiten la idea de que el gasto público es gratis. La intoxicación de la izquierda en este sentido ha sido especialmente nociva. Sus años en el consejo de Inditex le han hecho comprender algo que no es sencillo de percibir: nada está dado, y no hay recurso más valioso que los seres humanos y su espíritu empresarial. Recuerdo que cuando llegué a España a comienzos de 1977 varios supuestos expertos aseguraban que nuestro país tenía que abandonar su industria textil, que evidentemente no podía competir con los países subdesarrollados con salario muy bajos. Más de una lumbrera de mi profesión aseguró entonces, con toda vehemencia, que el textil no tenía futuro en España y, sobre todo, ¡no tenía futuro en Galicia! También me hizo reflexionar la idea, ampliamente compartida, de que gobernar una nación es como dirigir una empresa. Creo que no es así, porque el Estado es una institución única, por su monopolio de la violencia legítima, porque puede obligar a la gente a pagar, cosa que ninguna empresa puede hacer, salvo que cuente, precisamente, con el aval del poder político. Sin embargo, en cierto sentido tiene razón, porque en política cuentan los valores morales que Carlos Espinosa de los Monteros explica que le enseñó la vida gracias a la empresa. Seguramente en la política cuentan, y faltan, mucho más.