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ene
OkDiario

La economía española, atendiendo a las últimas estadísticas que ha hecho públicas la oficina estadística europea, Eurostat, acusa una fuerte destrucción de capacidad productiva, en contraste con el resto de los países miembros de la Unión Europea.

Así pues, la tasa de paro que presenta el país está en claro ascenso y se sitúa por encima del 16%; muy por encima de la tasa de paro que muestran otras economías como Alemania u Holanda.

Pese al menor acoplamiento en la destrucción de empleo y la caída registrada en el PIB, el comportamiento procíclico que caracteriza a nuestra economía nos lleva a, con casi 400.000 empleos destruidos, registrar la mayor destrucción de empleo de todo el bloque comunitario.

En estos momentos, y si hiciésemos la medición al estilo americano, la tasa de paro que presentaría el país, teniendo en cuenta los afectados por ERTE, así como por cese de actividad, sería del 21,5%.

Esta es la tasa de paro efectiva que, según Fedea, mostraría nuestro país, de computarse todas las personas que en estos momentos no se encuentran trabajando.

Como vemos, una tasa de paro muy resaltable, especialmente si tenemos en cuenta que, incluso sin contabilizar a estos más de 700.000 trabajadores que se encuentran en ERTE, así como a los que han solicitado el cese de actividad, y con un 16,4% de tasa de paro registrada, España ya se posiciona a la cabeza como el país con la tasa de paro más elevada de todo el bloque.

España tardará años en recuperar el 100% que se ha perdido por la crisis del coronavirus. No hay que olvidar que el 30% de las empresas nacionales se encuentra en situación de quiebra. Todo ello, en adición a otros indicadores que, como los beneficios empresariales, han caído cerca de un 70% en este ejercicio. Si tenemos en cuenta que sin empresa no hay empleo, el dato de paro, cuando la situación vuelva a la normalidad y atendiendo a las principales previsiones que realiza el banco central, podría elevarse hasta superar el 20%.

Eurostat también sitúa a la economía española a la cabeza en materia de desempleo juvenil. Ni Grecia, siendo el país que encabezaba dicho ranking en años pasados, presenta unos datos tan pesimistas como los que muestra hoy el mercado laboral español en materia juvenil. Así pues, hablamos de una tasa de paro juvenil que supera ya el 40%, superando ampliamente las distintas tasas que, en su contraste, presentan otras economías homólogas.

Como vemos, y al igual que ocurría en 2008, la factura que deja el COVID a la economía española no es pequeña, precisamente. Ese peor comportamiento que nos caracteriza, así como la menor capacidad para aplicar políticas contracíclicas por ese diminuto fondo de maniobra, producto del derroche que también nos ha caracterizado años atrás, nos lleva a una situación en la que recuperar la economía se torna más complicado que para otros países europeos.

A la factura del COVID, debemos sumarle que España entraba en esta crisis con una tasa de paro estructural que ya se situaba en el 14%, así como una tasa de paro juvenil que ascendía por encima del 30%; todo ello, en adición a un tejido empresarial muy vulnerable y zoombificado. Por esta razón, esta mayor destrucción no supone un deterioro, sino un ensanchamiento de unas debilidades estructurales de las que adolece nuestra economía.

Esto se debe, en parte, al vulnerable tejido empresarial con el que cuenta nuestra economía, así como el hecho de que hablamos de un país en el que el 99,9% de su tejido empresarial se compone de pymes, así como empresas con mayor grado de vulnerabilidad ante una posible situación de crisis. Si a esto le añadimos que el 99% de las empresas destruidas por la crisis son pymes, así como el hecho de que España, con un mayor número de pymes que otros países europeos, presenta mucho más empleo ligado a esta tipología de empresa, ese carácter procíclico que tanto caracteriza a nuestra economía, y que nos lleva a destruir más empleo que otros países, encuentra una parte de su explicación en este análisis.

Hablamos de un país que, en cada crisis que atraviesa, se deja un gran número de empleos, así como un gran número de empresas. Esto, como decíamos, no es más que el producto de contar con debilidades estructurales que, por motivos políticos, no terminan de solventarse. Por esta razón, de no aplicar esas conocidas reformas que -como la flexibilidad que han supuesto los ERTEs para las empresas– tanto precisa nuestra economía, el titular que hoy encabeza este artículo se repetirá en cada crisis que, independientemente del motivo, atraviese nuestra (debilitada) economía.


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