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Hace unas semanas, una amiga, que no entiende mucho de política, me contó que había visto en la televisión la llegada de 50 médicos cubanos a Italia para ayudar al país europeo a enfrentar la crisis que viven por cuenta del coronavirus. «Son unos héroes», dijo. Hay una palabra más cruda, pero tal vez más exacta: son esclavos, le respondí.

En estos días, diferentes medios informan de la llegada de las «misiones médicas» cubanas a diversos lugares del mundo para «ayudar» a enfrentar la pandemia, pero lo que no aclaran la mayoría de ellos es que se trata de esclavitud. El tema, incluso, ha sido abordado en las relatorías especiales de la ONU sobre formas contemporáneas de esclavitud y trata de personas.

El personal sanitario enviado en estas misiones -como llama el régimen castrista a los grupos de sanitarios que manda al exterior- está sometido durante su estancia fuera de la isla a presiones y seguimientos por parte de la dictadura. Muchos cubanos que han participado en ellas denuncian que sus teléfonos incluso estaban intervenidos y que toda relación que entablaran en el país anfitrión era vigilada. 

Los lugares en los que viven, en la mayoría de los casos, los entregan directamente los cubanos encargados de la misión: así se ejerce un mejor control para evitar deserciones. Irse a otro país no libera a estos hombres de la inteligencia castrista.

Es cierto que podrían escapar, están muy vigilados pero no amarrados, y una vez que ya viven en otro país, pueden huir de sus jefes y no volver al infierno en el que se ha convertido la isla. Muchos así lo han hecho. Entre 2006 y 2017, mientras permaneció vigente en Estados Unidos el programa de parole para profesionales médicos cubanos, 8.000 sanitarios decidieron acogerse y no regresar; empezar sus vidas en el país de las oportunidades. Sin embargo, tomar esa determinación no resulta tan fácil, pues la dictadura usa a sus familias como rehenes.

Los sanitarios que van a las misiones son obligados a dejar a sus parejas y a sus hijos en la isla, solo se les permite visitarlos esporádicamente, un viaje que se considera un premio al buen comportamiento. Si la actuación del profesional en el exterior no complace al castrismo, se le niega la visita a su familia. 


Si el sanitario decide desertar y liberarse, su familia pagará las consecuencias en la isla


La dictadura lo ha planeado todo de tal modo que si el sanitario decide desertar y liberarse, sus seres queridos pagarán las consecuencias en la isla. No olvidemos que, en Cuba, el castrismo lo maneja todo, desde la escuela a la que va un niño hasta el plato de comida que cada día tienen en su mesa los ciudadanos, de modo que es muy fácil para la dictadura castigar a la familia del desertor y, con eso, dejar claro que no se trata de una buena idea zafarse del régimen.

Renunciar a una misión está catalogado como “abandono de misión de trabajadores civiles”, y el Código Penal de Cuba en su artículo 135 (1) estipula que “el funcionario o empleado encargado de cumplir alguna misión en un país extranjero que la abandone, o, cumplida ésta, o requerido en cualquier momento para que regrese, se niegue, expresa o tácitamente, a hacerlo, incurre en sanción de privación de libertad de tres a ocho años”. De modo que el cubano que decida abandonar la misión no podrá regresar a la isla, y eso significa no volver a ver a su familia. 

Por otro lado, como esclavos que son, en vez de sueldo, reciben solo las migajas que el castrismo quiera tirarles. La dictadura se queda por lo menos con el 70% del salario que el gobierno anfitrión abona. En la mayoría de los casos, el pago se hace directamente a la dictadura y ellos deciden cuánto darle a los sanitarios. En aquellos pocos casos en los que el gobierno extranjero paga directamente a los médicos, estos deben entregar por lo menos el 70% al régimen.

Además, los que han logrado huir de estas misiones denuncian que el castrismo «congela» una parte del pequeño salario que resuelve entregarles, y estos profesionales solo pueden recuperarlo una vez retornen al país, aunque, en muchas ocasiones, no reciban el total del dinero que les «congelaron». 

En 2019, ni bien se había posesionado como presidente de Brasil, Jair Bolsonaro denunció la situación que viven los médicos de las misiones y exigió un cambio. «No podemos admitir esclavos cubanos en Brasil ni podemos continuar alimentando la dictadura cubana», dijo el mandatario, quien repetía en los medios que no entendía cómo una doctora cubana es forzada a abandonar a sus hijos en la isla cuando va a trabajar a Brasil y que tan solo le permitan ir a visitarlos esporádicamente.

«Tampoco es justo confiscar el 70% del salario de una persona. No podemos ser conniventes con trabajo análogo a la esclavitud. Se trata de un asunto humanitario», señalaba el presidente brasilero, que decidió poner condiciones a la dictadura cubana para mantener en su país las famosas misiones. Bolsonaro exigió, entre otras cosas, que a los médicos se les dejara viajar con sus familias y que el Gobierno brasileño les pudiera pagar el sueldo directamente, para asegurarse de que el castrismo no se quedara con la mayor parte del dinero.

Como era de esperar, la dictadura cubana se negó a cumplir estas exigencias y retiró a su personal sanitario de Brasil. El castrismo no iba a liberar a sus esclavos y a quedarse sin el dinero que estos le representan. Más de 8.000 médicos cubanos salieron de Brasil en 2019, y a 2.000 de ellos se los ubicó luego en misiones en Venezuela.

Brasil no se trató del único país de Latinoamérica que se negó a ser cómplice de esta esclavitud. Después de los cambios de gobierno ocurridos en Ecuador y Bolivia, sus nuevos presidentes también cancelaron los acuerdos hechos al respecto con la dictadura cubana. Y es que, además de que constituye una esclavitud, resulta ampliamente conocido que, dentro de las misiones médicas, hay también infiltrados del régimen dedicados a realizar labores políticas, revolucionarias y de inteligencia para el proyecto socialista internacional. De modo que, tras la caída de los amigos del castrismo, de Ecuador salieron 382 médicos cubanos; y de Bolivia, 725.

Lastimosamente, por la crisis que ha generado la pandemia y, seguramente, por ignorancia en algunos casos, en estos últimos días, cada vez más países se vuelven cómplices de esta esclavitud moderna. «Ya son 24 las brigadas de colaboración médica de Cuba destinadas a enfrentar el Covid-19 en el mundo», tuiteó esta semana el ministro cubano del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, Rodrigo Malmierca.

La dictadura castrista aprovecha la ocasión, en la que los países no disponen de suficientes sanitarios que hagan frente a la crisis, para ganar dinero a costa de los profesionales de la salud que tiene como esclavos. Pero, además, ya que son expertos en publicidad y en dar giros de 180 grados a las situaciones, intentan quedar como un país con un excelente sistema de salud, que incluso puede permitirse el lujo de, en medio de una crisis, mandar sanitarios a otros países. 

Ha llegado el momento de que el mundo entero condene tajantemente la esclavitud a la que están sometidos los cubanos. No es posible que en Occidente, en 2020, haya países como Italia alquilando cubanos esclavizados.


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