21
may
Actualidad Económica

La Unión Europea es el mayor entramado regulatorio del planeta, al ostentar una hipertrofia normativa sin igual. También destaca su fuerte paternalismo, derivado de unos estados del bienestar de dimensiones descomunales, que, como si de una niñera se tratara, informan y obligan sobre qué deben —y sobre todo qué no deben— hacer sus ciudadanos. Así lo señalaba la semana pasada Epicenter, red de think tanks liberales a la que pertenece Civismo, en su última edición del Índice del Estado Niñera (Nanny State Index). En él, los diferentes países de la UE se clasifican en función de la libertad (regulatoria, fiscal, etcétera) que tienen respecto al consumo de tabaco, cigarrillos electrónicos, alcohol y bebidas azucaradas.

El informe señala una tendencia impositiva que crece rápidamente. Los mayores gravámenes sobre estos productos se sitúan en Finlandia y Suecia. En cuanto a la fiscalidad de las bebidas azucaradas, sobresalen Irlanda y Reino Unido. Este último y Francia presentan, además, la legislación más restrictiva sobre el tabaco.

En cuanto a la clasificación en sí misma, Finlandia es el estado más estricto de toda la UE, posición que mantiene desde 2017. Le siguen los países bálticos y Hungría. Resulta reseñable el caso de Estonia y Lituania, que empeoran 6 y 12 posiciones respectivamente en sólo dos años. En este último, a causa de la prohibición total de anuncios de alcohol y el aumento de la edad mínima para consumirlo, hasta los 20 años. También es significativa la posición de Reino Unido e Irlanda, dos de los países con menor regulación y carga fiscal de la UE, pero que parecen empecinados en actuar como niñeras en estas materias.

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En el extremo opuesto se halla Alemania, que ha superado a la República Checa como el país que menos se entromete en lo que sus ciudadanos deciden fumar o beber. Les siguen Eslovaquia y Austria, que mejora su posición. Por último, España figura en el sexto mejor puesto, al haber adelantado cuatro en esta edición, y convertirse así en uno de los países más liberales, sorprendentemente. Esto se debe, sobre todo, a los bajos impuestos sobre el alcohol —tenemos el tercero más reducido de la UE en cerveza, y el quinto en bebidas espirituosas—. A su vez, como en muchos otros países del sur de Europa, el vino está exento.

Siendo por sí misma reprochable, resulta especialmente grave que la intromisión estatal en la vida privada de los ciudadanos no tenga una correlación con el gasto público en Sanidad como porcentaje de PIB, cuando dicho gasto es el principal argumento esgrimido por el legislador de cara a elevar los precios —vía impuestos—, estigmatizar a los consumidores y sus comportamientos, etcétera. En definitiva, es muy cuestionable que a la niñera estatal le preocupe tanto el bienestar de la gente.

Quizá crear una mala conciencia en el ciudadano es útil a Hacienda para justificar la imposición de una tasa más. ¿Pero a ustedes les parece que nos suben el impuesto por nuestro propio bien? Tal vez perdemos libertad cuando no ponemos objeción al Estado cuando se arroga el criterio moral y dictamina el “ideal de ciudadano”.


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