30
sep
Republica.com

El autoritarismo y la represión del régimen sirio han provocado, al sublevarse parte de la población en la estela de la primavera árabe, unos 300.000 muertos y unos diez millones desplazados de los cuales unos cuatro se han marchado al extranjero. Parte de estos son los que quieren desesperadamente entrar en Europa.

Es sabido asimismo que el presidente Assad ha utilizado armas químicas contra rebeldes y población civil. Su padre tampoco se anduvo con chiquitas cuando arrasó una ciudad rebelde que creaba problemas. Por todo ello, Estados Unidos y Occidente decidieron hace un par de años que todo tiene un límite, que existían razones morales suficientes para derrocar a Assad y parar estas barbarie y sangría.

No contaban con dos cosas que han hecho cambiar drásticamente la situación. La primera es la actitud de Putin. Rusia es aliada tradicional de Siria, tiene en ella su única base naval en el Mediterráneo y no parecía muy inclinada a permitir que el dictador amigo suyo hiciera mutis. Luego, ha venido la segunda. En los adversarios de Assad en la guerra civil siria hay grupos que quieren deponerlo y establecer un régimen más aceptable pero también están en otra parte del país los terroristas fundamentalistas del Ejército islámico que vienen cometiendo atrocidades constantes y que se han apoderado de una parte de Siria y de otra de Irak.

Entra en escena Putin que predica con sus acciones y estos días verbalmente en la televisión americana con motivo de su viaje a la ONU, de donde llevaba diez años ausente, que hay que ser realistas, que lo importante ahora es luchar contra el ejército islámico y que, para derrotarlo, obsesionarse con hacerlo sin Assad, fijarse como objetivo inicial echarlo del poder es irrealista y contraproducente. En su argumentación señala que hay que colaborar con Assad (Moscú ya ha enviado unos dos mil quinientos asesores a Damasco), coordinar los esfuerzos para luchar contra los extremistas islámicos y habrá tiempo para pensar en lo que se hace después.

La tesis del ruso es tachada de cínica por algunos y está basada en una descarnada realpoltik. Choca con lo que viene sosteniendo Estados Unidos, Gran Bretaña etc… que manifiestan que aliarse con un dictador que ha gaseado a su gente etc…, no es de recibo, que es impensable, después de tantos muertos, sufrimientos… volver al status quo anterior, que sería una traición a los millones de sirios que han tenido que abandonar su país etc…

Llevan razón, pero la realidad es terca. A Moscú le preocupa el terrorismo islámico y a Occidente si cabe más. Por ello comienzan a surgir voces que piden que se oiga a Putin y que luego veremos cómo se actúa, acabar con el Isis sería la prioridad absoluta. En consecuencia, Washington, imagino que a regañadientes, ya ha aceptado que la salida de Assad no tiene que ser instantánea como venía exigiendo. No ha manifestado que haya que colaborar con Assad pero ya celebra conversaciones con Rusia para que las acciones aéreas militares de la coalición contra el Isis, Francia ha comenzado sus bombardeos, no interfieran con la actividad de asesoramiento de los rusos a Assad y con la instalación de misiles de Moscú en suelo ruso.

Obama, que ve que los bombardeos sobre las posiciones del Isis frenan a los terroristas pero no los destruyen, ha dado un cierto giro en su posición. Putin se apunta un tanto muy cacareado en su país. Hay varios columnistas occidentales que dan a entender, rememorando la frase de un político estadounidense sobre un dictador iberoamericano hace décadas, que Assad puede ser un hijo de puta pero que en estos momentos resulta ser nuestro hijo de puta.


Deja un comentario