05
mar
Diario de Navarra

Ya conocemos la cúpula eclesial que va a estar al frente de la Iglesia Católica española hasta 2023, momento en el que habrá que elegir un nuevo secretario general, ya que tanto el presidente como el vicepresidente tendrán mandato, por primera vez, por cuatro años, y por ello permanecerán en sus respectivos puestos hasta marzo-abril de 2024. Y la conclusión sobre quiénes han sido los elegidos es muy clara: los obispos se han dejado llevar, una vez más, por el principio jerárquico. Porque los dos elegidos, tanto el nuevo presidente (Omella) como el vicepresidente (Osoro) son los únicos cardenales junto con un Blázquez que ya pasa definitivamente a la condición de emérito y un Cañizares al que le restan meses para presentar la renuncia por motivos de edad y que ya había sido en dos períodos diferentes (2005-08 y 2017-20) vicepresidente del máximo órgano del episcopado.

La mayor prueba de que el principio jerárquico se iba a imponer está en el hecho de que el candidato del sector conservador ha sido hasta el final el franciscano Jesús Sanz Montes, que ostenta la condición de arzobispo, cuando en realidad este sector hubiera preferido como presidente a Mario Iceta, obispo de Bilbao. Pero un simple obispo no podía competir con todo un “príncipe de la Iglesia”: si en su momento (marzo de 2005) Blázquez, por aquel entonces precisamente obispo de Bilbao, fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal, fue porque el candidato a revalidar mandato (el cardenal Rouco) no logró ni en primera ni en segunda votación los dos tercios que en aquel momento establecían los estatutos de la Conferencia para lograr un tercer trienio consecutivo (le faltó un solo voto). Una vez eliminado Rouco, y aunque Cañizares tenía mayor jerarquía que Blázquez, el carácter excesivamente beligerante de éste (junto con la poca prudencia que siempre le ha caracterizado), llevó a que el elegido fuera un simple obispo (Blázquez).

Ahora nos contarán lo típico: que Omella es el “hombre del Papa en España” (¿entonces por qué no le hizo arzobispo de Madrid en agosto de 2014, nombrando en su lugar a Osoro?), que cuenta con mucho predicamento entre los obispos por su carácter dialogante (cuando en realidad desde que llegó a Barcelona se ha limitado a estar callado). La realidad es que, con casi una decena de sedes episcopales por cubrir entre obispos que ya han presentado su dimisión o que han quedado vacantes (véase al caso de Coria-Cáceres al haberse marchado a Toledo Francisco Cerro), el Papa, a diferencia de lo que hizo Pablo VI en tiempos del cardenal Tarancón o Juan Pablo II en tiempos de los cardenales Suquía y Rouco, la Santa Sede no ha hecho nada por asegurar que su supuesto “hombre en España” (Omella) fuera el finalmente elegido. Máxime cuando el anterior nuncio, Renzo Frattini, presentó la renuncia por motivos de edad en abril del año pasado. Pero la realidad es que el nuevo nuncio (Bernardito Aunza) no llegó a España hasta hace solo unos meses, y que se ha limitado a hacer un solo nombramiento episcopal (el citado Francisco Cerro, nuevo arzobispo de Toledo) en los meses que lleva en nuestro país, cuando podía haber hecho, como mínimo, cinco más.

Siguiendo esas mismas tradiciones, Carlos Osoro, cardenal-arzobispo de Madrid, ha sido elegido vicepresidente de la Conferencia Episcopal. Aunque ya lo había sido entre 2014 y 2017, debe recordarse que, desde los tiempos del cardenal Tarancón, casi siempre el presidente de la Conferencia Episcopal ha sido el arzobispo de Madrid (Casimiro Morcillo entre 1969 y 1971, Vicente Enrique y Tarancón entre 1971 y 1981, Ángel Suquía entre 1987 y 1993 y Antonio María Rouco Varela entre 1999 y 2005 y también entre 2008 y 2014). Le ha costado lo suyo, porque, mientras Omella ha salido elegido presidente en primera votación, Osoro ha tenido que esperar a la tercera votación de nuevo con Sanz Montes como rival. A partir de aquí, ¿qué cabe esperar de esta nueva cúpula episcopal Fundamentalmente, dos cuestiones: talante dialogante (Omella y Osoro se han distinguido siempre por sus buenas relaciones con la izquierda política) y mayor profundización en el carácter puramente burocrático de la Conferencia Episcopal, cada vez menos órgano de comunicación del catolicismo español y, en cambio, más un mero cuerpo burocrático. Tiempo al tiempo.


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