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abr
Panam Post

Hace unas semanas escribía sobre la difícil situación en la que se encuentra la legislatura del presidente de los Estados Unidos. El coronavirus se ha impuesto con firmeza entre el magnate neoyorquino y la Casa Blanca, ante la incapacidad de contener los efectos de un brote vírico, implacable ante políticas convencionales que no consiguen frenar esa elevada tasa de contagio. Una situación que, pese a las intenciones, se ha convertido en la mayor amenaza para los Gobiernos que, como el de Donald Trump, se encuentran bajo la responsabilidad de una gestión que poco puede hacer ante la incapacidad de contener dicha pandemia.

Con unas elecciones a la vuelta de la esquina, el presidente Trump tenía el viento a su favor para renovar su permanencia en la Casa Blanca. Con una economía que se mostraba boyante, registrando tasas de crecimiento muy dinámicas, superiores al 2 %, y un nivel de desempleo que descendía por debajo de los mínimos históricos, la reelección de Trump, en un escenario en el que además se había enfrentado al impeachment demócrata en hasta dos ocasiones, era un trabajo hecho a meses de los nuevos comicios, en los que Joe Biden, tras eliminar a Sanders de la carrera, se presentaba como la última piedra en el camino.

Sin embargo, Joe Biden ha pasado de ser el primero, a ser el menor de los problemas para el presidente de los Estados Unidos. Justo en plena campaña electoral, el presidente republicano se ha visto inmerso en la gestión de una dura crisis que estaba acabando con la vida de miles de personas en una de las principales ciudades del país, Nueva York. Con todos los hospitales colapsados, el presidente se tuvo que enfrentar a la difícil situación de cerrar una economía que, hasta ahora, se mostraba como su principal baza para la reelección. Una situación que puso sobre las cuerdas al presidente, en la lucha contra un virus que ni su inmensa capacidad, como presidente de los Estados Unidos, pudo parar.

Como dije en una ocasión, hay gráficos que muestran las intenciones de Trump, ante un brote vírico que, de primeras, se mostró como una simple gripe, pero que acabó siendo una dura pandemia. Y es que, desde que el virus alcanzó suelo norteamericano, el presidente Trump trató de paralizar cualquier confinamiento posible, ante la buena marcha que cosechaba la economía, así como la positiva reacción de la misma a esas bajadas de tipos que tanto solicitó Trump a la Reserva Federal, de la mano de su presidente Jerome Powell. Unas rebajas de tipos que pretendían dar más aire fresco a una economía que se resistía a descender por debajo del umbral de crecimiento del 2 % interanual.

Así lo recogen gráficas. Como una que se publicó, en la que se desagrega la percepción del coronavirus en las distintas capitales norteamericanas, en función del partido al que votaban los ciudadanos. Así, se toma como índice de referencia la capital, Washington D. C., calificando la percepción en esta sobre el COVID-19 de los votantes demócratas en un 60 %; mientras que, por otro lado, la percepción republicana sobrepasaba levemente el 20 %. Como podemos ver, una percepción distinta para los votantes. Sin embargo, la confirmación llegó con un gráfico que publicaba el propio The Economist, donde se hacía lo mismo, pero con los desplazamientos.

Dicho gráfico registraba los movimientos geográficos, en función del color del estado en el que se estaban produciendo. Es decir, en función de si el estado era demócrata o republicano, se registraban las salidas y los movimientos geográficos que sus ciudadanos ejercían durante el confinamiento. Así se puede observar cómo aquellos territorios en los que se vota al Partido Republicano, presentan más movimientos de sus ciudadanos que, en contraposición, aquellos que votan al Partido Demócrata. Nuevamente, una percepción más liviana en aquellos votantes de Trump, ante la relajación constante y la llamada a la calma que emitía el Presidente en sus declaraciones.

Como recoge esta semana la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO), Estados Unidos, ante la paralización a la que se está viendo sometida su economía, proyecta un incremento en el déficit que provocaría que el déficit fiscal se triplique hasta alcanzar los 3,7 billones de dólares. Así como, por otro lado, un desempleo que, lejos de esos registros históricos que nos dejaba la economía norteamericana durante el año pasado (3,8 %), se elevaría hasta alcanzar el 16 %; precedido por una destrucción de 27 millones de empleos que, desde el inicio del confinamiento, se han destruido por el parón de la economía.

En resumen, la economía estadounidense apaga su crecimiento, a la vez que salen a la luz los claros desequilibrios que, ante un histórica expansión de la economía norteamericana, se mostraban ocultos. Los nuevos datos muestran esa temida dificultad a la que Trump ansiaba huir con sus mensajes optimistas, pero que, ante la realidad del virus, se mostró incapaz de hacerlo. Ante lo ocurrido, las elecciones se quedan en el limbo, a la espera de ver lo que ocurre. Pero como ya dije en su día, los datos que muestra la oficina presupuestaria, en un escenario como el actual, van desmostando una campaña que, hasta ahora, había podido con todo; todo ello, a la espera de ver cómo sientan los estímulos que están por llegar.


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