18
mar

“Lo que podríamos estar presenciando […] es el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma de gobierno humano”. Con estas palabras sugería Francis Fukuyama una victoria del liberalismo económico y político a finales del siglo pasado. El autor estadounidense no atinó mucho en su análisis de entonces. A diferencia de lo que él pensaba, parece que la evolución ideológica y, por tanto, también política de la humanidad tiene aún largo recorrido. ¿El motivo? Que aún está pendiente de definirse la concepción del ser humano que se siga de la revolución tecnológica a la que estamos asistiendo.

A lo largo de la historia, especialmente de la reciente, ha habido un fenómeno que se ha repetido una y otra vez. Desde que se iniciase la primera revolución industrial, hemos sido testigos de cómo cada uno de estos puntos de inflexión ha traído consigo nuevas formas de pensamiento. Las innovaciones en el ámbito industrial y tecnológico han propiciado el surgimiento de nuevas realidades. Y estas han exigido del hombre la tarea de repensar cómo contestar adecuadamente a la pregunta sobre la mejor manera de estar en el mundo. Esta cuarta revolución industrial también está generando nuevas situaciones que reclaman de nosotros una reflexión sobre el hombre renovada, capaz de dar respuesta a cómo debe guiarse en su existir en medio de este mundo 5.0.

Resulta innegable que la tecnología, los dispositivos electrónicos, el internet de las cosas, la inteligencia artificial, son realidades que están integrándose en nuestra vida con una rapidez vertiginosa. Antes, se trataban de una opción para los más aventurados, mientras que ahora se han erigido en una obligación para todos. Tienen cabida en la vida de cualquier hombre de nuestro tiempo y parece que resistirse a ello constituye misión imposible. Sin embargo, las posturas respecto de esta tecnologización son diversas y marcarán el futuro de las ideas políticas.

Por un lado, nos encontramos con los llamados ‘transhumanistas’. Nick Bostrom, junto con algún otro colega de Oxford y del resto del globo, presentan esta corriente como un movimiento cultural e ideológico que busca ‘mejorar’ al ser humano —hasta convertirlo en un poshumano— mediante el uso de la tecnología. Los transhumanistas, a la vista de los límites del hombre, se rebelan ante ellos y buscan soluciones que los rompan en mil pedazos. Así, el nuevo superhombre —o algo más que eso— ya no es aquel que puede desembarazarse de la tradición moral que le precedía, sino el que atraviesa y supera las barreras físicas que lo empequeñecen haciéndolo mortal, incapaz y sufriente. La profesora Elena Postigo, dedicada desde hace años a temas de bioética y transhumanismo, se refirió en una de sus conferencias más recientes a los proyectos en los que trabajan hoy las asociaciones transhumanistas:  exploran la posibilidad de alargar los telómeros del ADN para aumentar la esperanza de vida, de introducir implantes nanotecnológicos capaces de controlar nuestras emociones, o de criogenizarnos después de la muerte a la espera de la fórmula de la inmortalidad.


La cuarta revolución industrial hace necesario el debate de quién es el hombre


Frente a estos tecnolibertarios, como algunos los llaman, se sitúan los bioconservadores, de los que el mismo Fukuyama es uno de los máximos representantes. Esta corriente aboga por recuperar la noción de naturaleza humana, por muy vagamente que la explique, y ven en la tecnología, sobre todo en la biotecnología, una amenaza para el futuro del hombre en singular y de la sociedad en general. Su manera de lidiar con la revolución tecnológica consiste en rechazarla. Se muestran muy críticos, por poner un ejemplo, con la neurofarmacología. Piensan que la liberación de serotonina que facilitan algunos antidepresivos puede llegar a convertirse en una droga para la autoestima y sustituir los medios que antaño teníamos para construir esta última (trabajo bien hecho, logros personales… En definitiva, cualquier esfuerzo que hubiera merecido la pena).

Estas dos posturas pugnan por determinar quién es el hombre y hacia dónde deben dirigirse los pasos que se darán, a todos los niveles, en las próximas décadas. Sin embargo, entre una y otra, surge una tercera posición, que no demoniza la tecnología pero sí considera imprescindible que esta se adecúe a la naturaleza del hombre tal y como la entendían los clásicos, y muchas generaciones posteriores a ellos. Engloba a los que no rechazan por completo lo tecnológico, pero entienden la necesidad irrenunciable de que esta revolución se desarrolle de la mano de la ética. Y no una cualquiera, sino la que contempla el actuar de un ser humano limitado, frágil y mortal, y no se subleva contra esta condición. Las aplicaciones terapéuticas de la tecnología o las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial pueden resultar muy ventajosas para el hombre. Sin embargo, desde el momento en que vienen a tratarlo como un objeto y no como un sujeto, se transforman en enemigas que lo llevan a vivir confundido y no pleno.

En definitiva, si en la segunda mitad del siglo pasado se discutía principalmente sobre cuál era el gobierno ideal, esta cuarta revolución (esta vez tecnológica) hace necesario el debate sobre quién es el hombre. De la concepción del ser humano que tengan los que administran la tecnología dependerá en gran medida la forma de gobierno que se abrirá paso en el futuro cercano. ¿Seguiremos las premisas de quienes consideran al ser humano un objeto a mejorar? ¿Seremos capaces de volvernos hacia nosotros mismos y aceptar la vulnerabilidad que nos hace humanos y que nos abre a la acogida y al don? Se equivocan quienes piensan que la filosofía, y más concretamente la ética, son ciencias inútiles y desfasadas. Ahora más que nunca, como diría Postigo, resulta necesaria una reflexión sapiencial profunda de quién es el hombre y hacia dónde se dirige.


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