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El orden internacional actual, un constructo de la posguerra, está conociendo una serie de tensiones importantes –el Brexit, la guerra comercial entre EE.UU. y China, la anexión rusa de Crimea, nuevos choques entre Washington y Teherán, fisuras en la Alianza Atlántica, espionaje masivo entre países aliados, la guerra de los drones, conflictos estancados y olvidados en Somalia, Sudán del Sur, Libia, República Centroafricana, Siria, la fallida región del Sahel, las reivindicaciones territoriales y la guerra helada  en el Ártico, etc.– que han suscitado un debate entre expertos acerca de si este escenario ha llegado a su fin, o si, simplemente, se tratan de alternativas normativas concretas dentro de él para ir acomodándolo a la nueva y cambiante distribución de poder en el mundo actual. Distribución debida a la emergencia de actores revisionistas que empujan en ese tablero internacional. El déficit de liderazgo político es uno de los principales factores que catalizan esa incertidumbre en el orden global, por su estrecha relación con el crecimiento de la competencia geoestratégica, la pujanza de los nacionalismos, y los ataques a la democracia liberal perpetrados por corrientes ideológicas de marcado corte extremista.

Antes de esbozar las causas de que el futuro del sistema internacional resulte tan incierto, viene bien realizar un breve recorrido por sus precedentes. Nació con los Tratados de Osnarbuck y Munster (1643-1648), que desembocaron en la famosa Paz de Westfalia, cuyos principios fundamentales se resumen en la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados y la soberanía e igualdad soberana de estos. Con ello, se sentaron unas bases que fraguaron con la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y que, incluso, siguieron después de la Guerra Fría. El bando de los vencedores primero, y el de los vencidos después, entendieron que el cese de las hostilidades pasaba por la vía de la cooperación y, más todavía, por la de la integración. Esta convicción llevó a la firma y/o creación de tratados y organismos internacionales como la propia Unión Europea, el Acuerdo de Bretton Woods, la Carta de las Naciones Unidas, la Convención de Ginebra, el Tratado de Roma (que supuso la fundación de la Unión Europea), la Ronda Uruguay (dio lugar a la Organización Mundial de Comercio), la Organización para la Unidad Africana, etc. La adhesión a estos acuerdos implicaba la aceptación de la cláusula pacta sunt servanda –los pactos deben cumplirse– en las relaciones entre los Estados. Otra nota característica de muchos de ellos era la virtus, no tanto la necessitas. Dicho de otro modo, la primacía de lo ético sobre lo meramente legal-jurídico era bien recibida en el escenario de la posguerra, en el que se buscaba de manera casi imperativa la paz, y ello llevó a apostar por la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad en las relaciones internacionales, un enfoque plasmado siglos atrás en el pensamiento escolástico ius-naturalista de la communis opinio, según el cual, la apertura radical del hombre a la verdad permite una auténtica transformación y marca las pautas sucesivas de realización, como las que han conducido a los diferentes tratados configuradores del orden internacional de la posguerra.

Crisis de liderazgo político

El primer factor causante de la incertidumbre en las relaciones internacionales, mencionado con asiduidad en los medios de comunicación, es el déficit o la crisis de liderazgo en la pecera política global. Dirigir un país va mucho más allá de la mera gerencia. Un político gestor se olvida con bastante facilidad del valor del ciudadano en cuanto tal, y lo considera más bien un consumidor, cliente y/o usuario. Por ello, antes que gestor, un mandatario tiene que ser un servidor público capaz de pararse para escuchar las demandas de la gente, ce que veut le peuple. Porque, a fin de cuentas, no interesa tanto el rendimiento de la gestión, sino la percepción del ciudadano respecto al líder. Por tanto, la contestación social ante los políticos de otros países depende en gran medida de la impresión que se tenga de ellos.

Sin embargo, la crisis de liderazgo precede a la de los líderes. No solo en el orden internacional se constata una escasez de estos, sino también –como nexo causal– en el ámbito interno nacional. Hay un déficit de referentes dignos de admiración por propios y extraños. Sirva como ejemplo que la altura de los últimos tres primeros ministros británicos –David Cameron, Theresa May, Boris Johnson– está a años luz de la elegancia de Churchill; Donald Trump dista mucho del muy aplaudido Ronald Reagan; Angela Merkel carece del pulso de Margaret Thatcher; Pedro Sánchez llegó a la Moncloa con un toque de atención en su expediente por no hacer justicia a ciertas declaraciones referentes a los pactos con partidos políticos de raigambre comunista e independentista; y los chalecos amarillos están mostrando que Emmanuel Macron no ha logrado conectar con “ce que veut le peuple français” (lo que quiere el pueblo francés).  No se trata de que los políticos actuales ejerzan el mismo liderazgo que sus antecesores –porque las circunstancias político-sociales no son tampoco las mismas– sino de que, simplemente, se erijan en líderes a la luz del momento histórico en que les toca gobernar, con los mimbres necesarios para garantizar la estabilidad y el respeto por el orden internacional de nuestro tiempo. Conseguir la estabilidad en las relaciones internacionales se convierte en una tarea ardua si, como estamos constatando, las élites políticas de muchos países se construyen gracias al apoyo de las redes sociales, a hacer un uso exagerado de la demagogia, y a adoptar posiciones políticas marcadamente populistas.

Este perfil de falso líder no resulta de fiar para aquellos llamados a convertirse en sus socios y que no comulgan con el populismo. Esto provoca choques, políticas de bloque entre países, y dificulta que estos puedan entablar grandes acuerdos y/o tratados en la agenda internacional.

Competencia geoestratégica

El déficit de liderazgo político internacional está también relacionado con el actual incremento de la competencia geoestratégica, la causante del estancamiento de conflictos como los de Siria, Libia, Irak, etc. A falta de acciones coordinadas y de unas líneas claras, se producen muchas veces colisiones entre los actores foráneos implicados, fundamentalmente vinculados a los cinco miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –EE.UU, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia. En este bloque, las pretensiones geopolíticas de dos (Rusia y China) comprometen con frecuencia los intereses de los tres restantes. A estos se suma otro grupo de países con ambición hegemónica regional –Irán, Turquía, Arabia Saudí, Corea del Norte, Israel– que van aliándose indistintamente con el bloque China-Rusia o con el de EE.UU.-Unión Europea. No obstante, esas alianzas son cada vez más imprevisibles, debido a que ciertos gobiernos, véase el de Donald Trump, ponen en cuestión algunos acuerdos base que han facilitado las relaciones entre países y la estabilidad de regiones como Oriente Medio. Esto se refleja, por ejemplo, en el desplazamiento de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, capital sagrada de las religiones abrahámicas (cristianismo, judaísmo e islam), disputada y reivindicada desde hace varios siglos. También en el llamado Acuerdo del siglo, un plan de paz fallido para el conflicto Israel-Palestina (aunque esta última no estuvo en la presentación) y con clara pretensión electoralista a favor de su muñidor, Trump, y de Netanyahu (cuando se urdió, el primero luchaba contra el impeachement, el segundo está acusado de corrupción, y ambos tienen que concurrir a sus respectivas elecciones presidenciales para renovar sus mandatos, por lo que la escenificación de tal acuerdo era necesaria y favorable); o en el asesinato en Irak a manos estadounidenses del general Qasem Soleimani, responsable de las operaciones internacionales de la Fuerza Quds iraní, que llevó a Oriente Medio al borde de una escalada de desestabilización, y que violó uno de los principios del orden internacional, a saber, la soberanía e igualdad soberana de los Estados. Por otro lado, en Oriente Medio, sigue la clásica competencia entre el bloque árabe-suní, liderado por Arabia Saudí, y el persa-chií, capitaneado por Irán. Esa rivalidad Riad-Teherán, unida a las divergencias de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, supone uno de los grandes obstáculos para llegar a acuerdos diplomáticos en la región.


El perfil de falso líder genera desconfianza y provoca políticas de bloques entre países, sin que puedan entablar grandes acuerdos


Esta competencia geoestratégica llega a África, concretamente a la zona subsahariana, a través de la lucha por controlar sus abundantes recursos naturales y su mercado cada vez más creciente. Los aliados tradicionales (Europa y EE.UU.) están siendo relegados por los emergentes, principalmente China, pero también Rusia, en temas de seguridad y defensa. China va ganando terreno por su política de no injerencia en los asuntos internos de los países, con la que no incomoda a los regímenes dictatoriales del continente, cosa que sí hacen los socios tradicionales como la Unión Europea. África es, para China, la región perfecta de cara a exportar lo que llaman el modelo chino de desarrollo político y económico. Por otro lado, China necesita a África para que en Naciones Unidas vote a su favor acerca de la soberanía sobre Taiwán. El cálculo de intereses en la zona dificulta una respuesta coordinada a los grandes desafíos para el desarrollo que está afrontando África subsahariana.

De manera similar, en América Latina no existe un acuerdo diplomático para abordar la escalada de tensiones internas que varios países (Bolivia, Chile, Venezuela, etc.) están atravesando en los últimos años. Merece especial mención el caso de Venezuela, ya que varios Estados revisionistas (Irán, Turquía, Rusia, China) se han posicionado en contra del bloque Washington–Bruselas, que pide reconocer a Juan Guaidó como presidente legítimo.

Curiosamente, Europa no ha podido evitar convertirse en escenario de la guerra fría tecnológica entre Washington y Pekín. La tecnología china de 5G liderada por la compañía Huawei ha sorprendido a EE.UU. hasta tal extremo que el presidente Trump está presionando, sin mucho éxito, a sus aliados europeos para vetar su entrada al viejo continente. Francia, Reino Unido y Alemania no defienden esta maniobra, lo cual ha llevado a que Washington inicie una guerra de aranceles, sobre todo contra China, pero también contra algunos países europeos, entre ellos, España.

Esa competencia geoestratégica hace temblar la plataforma institucional creada para salvaguardar el orden internacional de la posguerra, en gran medida porque se pierde la confianza en los socios y aliados, y se extiende el pesimismo en cuanto a que los otros vayan a cumplir lo pactado y establecido en los tratados internacionales. Nadie quiere ver erosionado su espacio de influencia. En este sentido, el déficit de liderazgo político a nivel internacional produce una gran mella en ese plano institucional y explica en gran parte la actual competencia geoestratégica.

Emergencia de los nacionalismos y ataques a la democracia liberal

La crisis de liderazgo político internacional también se explica por los nuevos nacionalismos que están surgiendo en varios países. Se los califica de nuevos porque, por ejemplo, en el caso de Europa, siempre ha habido este tipo de movimientos. Así, por más que a veces pueda parecer que este fenómeno solo se da en España, en Bélgica, Francia, Italia, Reino Unido, Dinamarca o Finlandia existen desde hace varias décadas. No obstante, estos movimientos suelen aprovechar la coyuntura política de inestabilidad –políticos con un liderazgo encogido–para redoblar las presiones y hacerse oír.

Sin embargo, no solo existen los nacionalismos internos de los países, sino también la generalización de los populismos, que, a día de hoy, guardan una relación muy próxima con el nacionalismo moderno. Tanto unos como otros generan convulsiones en Europa, y otras naciones no afines –como China y/o Rusia– aprovechan esas fisuras para infiltrarse y violar indirectamente el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados, comprometiendo con ello su seguridad y estabilidad. La intromisión rusa en las últimas elecciones presidenciales de EE.UU. –a las que concurría un candidato populista como Trump– obedecen a la dinámica que se acaba de señalar. En el conflicto catalán, llama mucho la atención que la empresa T–Systems, con una participación del 31% del Estado germano, colaborara de manera secreta en el diseño de los planes del Govern, habida cuenta de que Alemania es un país aliado de España.

Dado ese déficit de liderazgo político, algunos jefes de gobierno intentan reclamarlo para sí, se autoproclaman los salvadores, y se apropian de un perfil de líder fuerte. Esos políticos populistas tienen en común, además, la aspiración de hacer a sus países grandes otra vez, con la promesa de reformarlo todo. Pero, como advirtió Shakespeare, “la vaga pretensión de reformarlo todo es, en realidad, una llamada a la destrucción total”. Trump parece que lo tiene bastante claro: EE.UU. ha estado mutilado y andaba con muletas en sus relaciones comerciales con China, en la OTAN, en el Pacto Nuclear con Irán, etc., y ahora toca, tomándole la palabra a Shakespeare, “recuperar la gloriosa arrogancia y hacer temblar al mundo entero ante su poderío”, a través de sanciones y más sanciones económicas. En la misma línea se encuentran Salvini, Johnson, Erdoğan, o el dúo Sánchez- Iglesias, todos ellos de profunda raigambre populista y en las antípodas de los padres fundadores de la Unión Europea (Adenauer, Monnet, De Gasperi, Schuman, Churchill…).

En las relaciones internacionales, el nacionalismo no constituye la mejor de las opciones si se quieren alcanzar acuerdos y crear confianza entre Estados, debido a la imprevisibilidad que comporta. Además, el nacionalismo de un país genera una respuesta nacionalista en otros e, incluso, a nivel interno. En resumidas cuentas, elnacionalismo genera nacionalismo. Y en un mundo globalizado como el actual, una posición similar es insostenible, porque el futuro de los países está cada vez más fuera que dentro de sus fronteras.

Ya no resulta novedoso constatar que los nuevos nacionalistas atacan con frecuencia a la democracia mediante continuas interferencias en el poder legislativo. Shakespeare acertó, otra vez, al señalar que el dictador llamará a sus señorías y clamará: “Mi boca será el Parlamento de Inglaterra”. De hecho, la actualidad política española refleja a la perfección esa realidad.

Sin liderazgo político, lo más probable es que los movimientos nacionalistas y/o populistas sigan extendiéndose, ya que no habrá contraargumentos verdaderos y capaces de entusiasmar que los puedan frenar.

En definitiva, el orden internacional presente está atravesando una situación complicada, en la que la estructura institucional y los tratados establecidos para preservar el mundo de la posguerra se hallan constantemente discutidos.

El liderazgo en las relaciones internacionales hoy se está desarrollando, casi de manera exclusiva, en el ámbito de las finanzas, donde manda la necesidad. Sin embargo, el auténtico liderazgo político es uno humanista, basado en la virtud: en la apertura radical a la verdad, al bien, a la justicia, a la solidaridad. Ahí está el camino.


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